Antonio Maestre: "Las emociones de nuestra socialización masculina encajan muy bien con la ideología fascista"
El periodista y escritor publica 'Me crie como un fascista', una suerte de "ensayo íntimo y narrativo" para tratar de explicar el auge de la extrema derecha.

Acaso la mayor ruptura con la socialización masculina tóxica de la que habla Antonio Maestre (46 años) se ejemplifica en lo que sucede justo antes de subir a su piso, en Fuenlabrada, ese "soy yo" espetado a un telefonillo y tras el que nadie puede evitar caer en la empatía. Si es él o ella, sea quien sea ese "yo" convencido, ¿cómo diablos no voy a abrirle la puerta de mi casa? Pero, por desgracia, esa lógica aperturista es tan solo una excepción. El periodista y escritor quería escribir un libro sobre el auge de la extrema derecha en el mundo, comprender por qué sucede, y tras años de estudio pero, sobre todo, gracias a una terapia y a una depresión, entendió que quizás la mejor forma de acercarse a ese fenómeno era a través de una narración de sí mismo. Porque, como hombre, y además blanco, Maestre se crio como un fascista. Su nuevo ensayo, 'Me crie como un fascista' (Seix Barral) habla no solo de eso, sino de cómo luego supo escoger el camino hacia la deconstrucción y no tanto hacia la victimización. No es sencillo reconocerse ya no solo machista, sino fascista, y, con todo, el libro funciona como un espejo en el que todo hombre puede verse reflejado. Y aprender de él.
- ¿Por qué sentiste la necesidad de desnudarte tanto en este libro? Entiendo que reconocerse machista ya es difícil, pero decirse fascista parece un paso más allá.
El ejercicio retórico de decir que era un fascista viene dado por el intento de comprender la radicalización ultra a través de las emociones. Cuando reflexioné sobre cuál era la mejor manera de escribir el libro, me di cuenta de que lo que quería era comprender las emociones ajenas a través de las emociones propias. Para mí, una de las causas fundamentales del aceleracionismo ultra de este tiempo es el supremacismo masculino y la reacción machista al auge feminista, por lo que creí que la mejor manera de contarlo era mirar en las emociones que yo había vivido durante mi socialización masculina. Una vez que llegué a esa conclusión, lo único que me quedaba era intentar hacer una introspección sincera sobre cuáles eran esos comportamientos de socialización tóxica y masculina que había vivido.
- Primero fue entonces la idea del libro y luego vino la introspección.
Fue parejo, porque yo no habría podido hacer esto si no llego a tener un problema emocional importante que me llevó a terapia, a tener una depresión y a una especie de diálogo conmigo mismo a todos los niveles. Esto me enseñó a poder mirar hacia esas emociones, hacia esos espacios de socialización masculina tóxica que había vivido durante toda mi vida de una manera natural. Fue parejo porque la idea del libro sí surgió antes de tener ese momento de quiebra emocional, pero luego el propio libro se fue desarrollando y modulando mientras yo iba haciendo lo mismo conmigo. Por eso el libro tiene tanto de mí, muchas veces incluso de manera inconsciente. Al final, no encontré otra manera de contarlo sin mirar dentro de esas emociones, pero porque tienen un sentido político, sirven para narrar el auge reaccionario.
- Nos criamos como fascistas, ¿pero nos educan también como fascistas?
Sí, pero no de una manera voluntaria. Es decir, no existe una voluntad educativa, política o familiar de hacerlo así, sino que cuando a la educación patriarcal le das un sentido emocional y a esas emociones con las que nos educamos, un sentido político en lo ideológico, ambas encajan muy bien. Las emociones que nosotros vivimos durante la socialización masculina y las emociones que se politizan en la ideología fascista encajan muy bien. Educarse en los valores patriarcales tiene que ver con la ausencia de emociones o de intentar ocultarlas, de ocultar la vulnerabilidad, mostrarte fuerte siempre ante esas situaciones, las agresiones, la violencia, la humillación... Todo eso late en la socialización de grupo de los hombres. Lo que hace el discurso fascista es apelar a esas emociones que nosotros tenemos prácticamente metabolizadas por nuestra educación y les da un sentido político. Así es más sencillo que consiga llegar a nosotros. Esto no quiere decir que todos los hombres educados en los valores patriarcales sean sensibles a esa ideología, pero lo tienen más fácil para por lo menos comprender el sentido que el fascismo otorga a esas emociones.
- En el libro defiendes que reconocerse fascista y hablar de esa educación patriarcal no quiere decir que haya que victimizar a los hombres. Pero tampoco uno se educa en el fascismo por convicción personal. ¿Cómo se maneja esa delgada línea entre ser educado en la fascistización y el decidir serlo?
En el libro trato de hacer un ejercicio de comprensión de por qué sucede esto, pero nunca de justificación. Quiero entender por qué ocurren estas cosas. He estudiado la extrema derecha durante muchos años y me interesa saber por qué ocurre, pero huyo de la justificación. Porque en ese proceso dilemático en el que podemos llegarnos a ver, el hecho de habernos educado de esta manera o tener problemas socioeconómicos graves nunca puede justificar que vuelques tus problemas en la humillación y el sometimiento de un colectivo vulnerable. Eso no puede justificarse en ningún caso, es una decisión voluntaria que tomas por una cuestión de privilegio individual, o porque quieres seguir manteniendo una situación de preminencia en la sociedad. Y para ello decides que la mejor manera para lograrlo es hacer caso a esas pulsiones de tu educación pasada y darle un sentido político al humillar, despreciar o negar derechos a colectivos vulnerables, a las mujeres, los migrantes... En ningún caso puede justificarse porque existen otras muchas salidas. Yo lo explico con una analogía con esa justificación de que los que cometen agresiones sexuales también ellos las sufrieron en el pasado. Según eso, las mujeres víctimas de agresión sexual también lo harían, y obviamente y según la estadística eso no sucede. Puede ser más complicado eludir esa ideología, pero eso no significa que no se pueda hacer y, sobre todo, que se consiga activando la empatía.
- ¿Cómo se puede educar en esa empatía para evitar que el fascismo se convierta en una convicción?
Mi solución a todo esto es esa, activar la empatía, ahora bien, no sé cómo puedes educar a los demás en ella porque no tengo la educación ni instrucción psicológica ni educacional para ello. Pero yo lo he hecho a través de mi propia experiencia. El aprender a expresar emociones, a pedir ayuda, hablar con familiares... Eso te hace también ser más consciente de lo que necesitan los demás. Hablo también de activar la empatía hacia las mujeres que sufren agresiones leyendo a mujeres, hablando con las mujeres de tu entorno y siendo consciente de que es muy raro que en tu familia o tu grupo de amigas no haya alguna que haya sufrido algún episodio de violencia o agresión sexual. Cuando hace eso, no te queda otra más que comprender por qué sucede y dejar de pensar solo que es una proclama política y darte cuenta de que hay algo estructural en ello.
- Dices ahora que es reduccionista limitar el auge del fascismo a causas socioeconómicas, que tiene que ver más con el machismo y la misoginia. ¿En qué momento cambiaste de opinión y te enfocaste más en lo cultural?
No es solo cultural, es multifactorial. Las crisis económicas o la situación socioeconómica influyen, pero en este tiempo creo que lo cultural es prioritario. Creo que me equivoqué en los análisis que hacía antes porque intentaba exportar los marcos pasados de los ascensos o de los momentos de supremacismo de la reacción y del fascismo y los intentaba adaptar. Cuando intentas adaptar algo a martillazos acaban produciéndose quiebras. A pesar de que hay grandes estudiosos que durante mucho tiempo han hablado de lo socioeconómico como causa fundamental, en este momento no sirve para explicarlo, porque ha habido otros procesos socioeconómicos de crisis o de quiebre fundamental de la estructura del sistema capitalista que no han derivado en un proceso reaccionario. Si analizamos qué es lo que diferencia el momento actual de la crisis de 2008, el clivaje que explica el proceso de reacción machista es el auge feminista. Esto lo teorizaba Susan Faludi en Backlash: a cada momento de auge feminista, momento de reacción machista. En otros periodos de la historia esto podría ser residual, pero ahora es fundamental. Pero esto tampoco es una enmienda a la totalidad de todos los estudios teóricos sobre el fascismo, solamente es mi hipótesis actual. Ahora veo más importante la cuestión cultural, la hegemonía cultural, también por el auge de las redes sociales y su capacidad para generar emociones, que en otro tiempo no existía.
- En un momento dado, pones como ejemplo de las causas socioeconómicas el cierre de las cuencas mineras o el caso más particular del final de la pastelería de tu infancia. ¿Podemos entender entonces que, aunque lo económico genera en el instante esa reacción, la realidad es que el machismo está siempre ahí dentro, esperando a que pase algo para salir a la superficie?
De hecho, al final del libro pongo una frase de Adorno, que, aunque no es la cita textual, viene a decir que la propaganda fascista lo único que hace es operar sobre las causas existentes y darles un sentido político. El fascismo, la ideología fascista, lo que hace es esperar su momento. Está todo el tiempo lanzando sus inputs y proclamas hasta que encuentran su momento, su zeitgeist político. Y para la clase trabajadora siempre hay momentos difíciles. Siempre hay lugares en los que la situación es terriblemente compleja. Ahora se habla por ejemplo del problema de la vivienda. Yo no me pude ir de casa hasta los 35 años. Para nosotros nunca ha sido fácil. Pero lo que explica que ahora haya prendido tiene que ver, a mi entender, con ese auge del feminismo y el momento de reacción. Se suele decir que no hay nadie que haya entendido mejor a Gramsci en el momento actual que la extrema derecha y creo que es bastante acertado. Han activado absolutamente todos los elementos de la batalla cultural con mucha certeza, con mucha eficiencia y, sobre todo, con mucho dinero, porque las redes sociales, elemento catalizador principal de este combate cultural, están copadas por tecno-oligarcas que no creen en la democracia y que han dado apoyo sin ningún tipo de problemas a todas estas opciones de extrema derecha.
- Desde el punto de vista de un hombre joven blanco, con todos sus privilegios, es más sencillo caer en esa idea de un pasado mejor, uno en el que, como piensan muchos, había más opciones para por ejemplo trabajar. Claro que era porque la otra mitad de la población se quedaba en casa.
Luego aparte hay un concepto que Timothy Snyder llamó sadopopulismo, que viene a decir que en un momento en el que hay incertidumbre económica, el discurso de extrema derecha lo que hace es decirle a las clases trabajadoras y populares: 'Tú no tienes posibilidades de prosperar y yo tampoco te garantizo que vayas a hacerlo, pero lo que sí te garantizo son dos cosas, que los que odias (mujeres, lo woke, el colectivo LGTBI, migrantes...) van a vivir peor que tú y que las estructuras patriarcales se van a mantener'. Es decir, aunque tú, clase trabajadora y popular, no vayas a prosperar, al menos eso que se ha puesto en cuestión, lo de la mujer sometida a ti, que te cuida, te limpia y está en casa para desfogarte cuando consideres, va a permanecer.
- No es tanto una ausencia de competición, sino el simple deseo del hombre de tener a la mujer en casa. ¿Es algo intrínseco?
Hay un deseo de mantener los privilegios mantenidos durante muchísimo tiempo en casa. Yo la nostalgia la defino como una fake news de la memoria; no es real, no existe un pasado mejor al que volver, no. Lo que existen son unos esquemas tradicionales que favorecen a unos pocos en unas determinadas circunstancias. Eso se ha puesto en cuestión porque ahora hay que repartir de una manera mucho más general. Si las mujeres exigen igualdad de derechos, eso exige que los hombres no tengan los mismos beneficios que tenían antes. Entonces lo que la nostalgia dice es: 'No volvamos al pasado porque era mejor, volvamos porque unos viven peor que tú'.
- Cuentas cómo tu grupo de amigos se hizo "añicos" en el momento en el que decidiste mostrar solidaridad con la única amiga del grupo que se quejó por los comentarios machistas y misóginos que se realizaban. ¿Se podría haber evitado esa ruptura? ¿De qué manera?
Yo te diría que de ninguna, sobre todo porque eso ocurrió en un momento en el que ya había una deriva. Cuando alguien hace un comentario machista en su entorno laboral, familiar o de amistades genera un conflicto. Lo que suele ocurrir entonces es que el resto, que se siente incómodo, calla para que la paz, o esa falsa paz, ese falso armisticio, se mantenga, pero el conflicto ya se ha iniciado. La única manera de que eso no siga prendiendo, que no consiga crear hegemonía cultural y política, es no rehuir el conflicto, sino confrontarlo. Al hacerle frente pueden suceder dos cuestiones: que la persona que ha hecho ese comentario machista o racista dé un paso atrás para mantener la convivencia, o que el conflicto se encone y estalle. En el caso que cuento, la única manera de que se hubiese mantenido esa paz sería haber rehuido el conflicto que otros habían iniciado, pero yo ya no estaba dispuesto a hacerlo, ni yo ni mi amiga, que era la que sobre todo lo sufría.
- Quizás tus amigos estuvieran también atravesados por un proceso como el tuyo, es decir, ese desplazamiento hacia la socialización masculina tóxica por no sentirse desplazados. Quizás no tenían mecanismos para salir.
Estoy convencido de ello, no de que estuvieran en un proceso de revisión, pero sí de que se habían educado en ese sentido. Pero claro, cuando tú tienes dos oportunidades... Mi amiga habló en el grupo y dijo: 'Oye, os estáis pasando'. Ahí tienes una oportunidad para entender que estás molestando a tu amiga, no a un ente etéreo, general, inasible, sino a tu amiga. Tienes un momento para dar atrás. No lo haces y luego otro amigo dice: 'Oye, os está diciendo que le está molestando, ¿por qué no paráis?' Ya tienes dos momentos para dar un paso atrás. Es lo que yo digo de la libre elección y la activación de la empatía. Si alguien te dice que algo le molesta eso debería ser un motivo más que suficiente para que dejaras de hacerlo. Quizás si ahora mis amigos me escuchan o me leen, pueden iniciar ese proceso de revisión, pero es que son adultos funcionales. Si alguien te dice que le estás molestando e insistes, ya estás tomando una decisión libre.
- Cuando uno se reconoce como machista, según tú tiene dos opciones: victimizarse o deconstruirse.
Es una vía muy clara. Tú puedes hacer un comentario machista, racista o clasista puede que sin ser consciente, por lo que has vivido, por muchísimas circunstancias. Eso lo puede hacer cualquiera en cualquier momento. Pero si alguien te lo hace ver e insistes, ya estás fallando doblemente. Y si te lo hacen ver más personas de diversa manera y no solo insistes, sino que te vuelves más virulento, estás tomando una decisión libre, personal, y no se puede en ningún caso justificar ni empatizar con ello.
- En el libro tratas también el tema de las llamadas 'cancelaciones'. ¿El señalamiento ayuda a fomentar la deconstrucción en los hombres?
Lo que intento hacer es hablar de un problema que genera la izquierda. Hablo de señalamientos dirigidos, el esencialismo, la pureza como única vía para intentar encontrar la verdad. Creo que tanto en la izquierda como en algunos grupúsculos feministas se ha generado una sensación esencialista en la que solo se puede participar en los debates si formas parte de unos grupos, si hablas de una manera, si te expresas de una forma en la que no se permite la falibilidad, el cambio; no se permite absolutamente nada que no esté marcado por aquellos que fijan la esencia pura y el camino digno. Surge el punitivismo y el pánico moral a expresar ideas en el espacio público. Yo cito mucho a Mark Fisher y su ensayo 'Salir del castillo de vampiros' porque me parece nuclear para entender las dinámicas de las redes, de las identidades de la izquierda en el debate digital y de cómo eso ha generado prácticamente la exclusión de la discusión y la disidencia. Cuando las redes sociales marcan el debate de las izquierdas o del feminismo generan espacios en los que es imposible llegar a acuerdos y lo único que se busca es la destrucción de la diferencia. La destrucción de la diferencia es una dinámica fascistizante. De hecho, cuando esas dinámicas han ganado espacio dentro de la izquierda, han sido utilizadas luego por el fascismo. Si no dejas que en los debates haya pluralidad, las estrategias de señalamiento para la exclusión supone replicar dinámicas fascistas. En el momento en el que señalas, ya no hay posibilidad de juicio; el señalamiento es la sentencia, y eso es completamente contrario a las doctrinas y valores que defiende la izquierda.
- Yendo un poco más allá, si el señalamiento es sentencia, en la izquierda debería defenderse también la reinserción.
Es que cuando adoptamos dentro de la izquierda los valores del punitivismo, estamos replicando las ideas fascistas. El punitivismo no es una idea dentro de la izquierda que pueda ser defendida. Las posiciones que defienden personas como Clara Serra, Nuria Alabao y Laura Macaya me parecen esenciales para entender cuáles son los procesos necesarios. Tú tienes que enseñar un camino, pero dar también una salida. Si enseñas un camino, pero para lo único que sirve es para disciplinar, no hay nada educativo en esa vía, nada por lo que merezca la pena transitarlo. El esencialismo y el punitivismo son dos de las máculas más importantes de la izquierda en este periodo, y hay que revertirlas. Son funcionales a las dinámicas fascistas, y quien más rédito va a sacar de ellas desde luego no es la izquierda, sino aquellos que viven de nichos y lo único que buscan es sacar un capital político, económico, etcétera.
- Hay quien dice que no está mal que el miedo cambie de bando.
Yo no entiendo las dinámicas dentro de la izquierda que funcionan en base a inculcar miedo. Del miedo no se saca nada bueno políticamente. Si durante mucho tiempo un grupo ha vivido con miedo, no creo que la mejor salida dentro de la izquierda sea inculcar miedo a otro colectivo. Si es un intento por la justicia vengativa, entiendo humanamente todo lo que pueda latir en esas circunstancias, pero simplemente no es constructivo, no tiene la capacidad para ser transformador. Precisamente la mejor manera de construir algo que sea transformador es cambiar la voluntad de todos aquellos que se sienten concernidos por las ideas de justicia social que el feminismo defiende. Eso es lo mejor y más constructivo. Lo otro puede generar una pulsión placentera temporal, pero no tiene capacidad para construir nada poderoso.
- Haces mención también ya no solo a la falta de sexo afectivo sino incluso a la ausencia de una narrativa sobre sexo afectivo. Pero es que lo más probable es que entonces, y quizás tampoco ahora, sepamos bien lo que es el sexo afectivo. ¿Ves diferencia entre nuestra generación y las de ahora? Sigue sin haber demasiada educación sexual afectiva.
Hay una cosa que es fundamental. Cuando la extrema derecha hace de la educación sexual y afectiva una causa primordial de su lucha cultural, significa que es un caballo de batalla relevante e importante. Uno de los elementos primordiales en los que basaron su estrategia al principio era la eliminación de la educación sexoafectiva en las escuelas. Independientemente de cuánto se haya avanzado, porque lo desconozco, me consta que hay quien lo intenta, pero políticamente hay muchas estructuras de poder que van en la línea contraria. El simple hecho de que haya una batalla nos dice de la relevancia que tiene para romper las cadenas de las estructuras patriarcales que todavía existen en cómo nos relacionamos los hombres con el sexo. En el libro hablo precisamente de cómo nosotros hasta a la hora de narrar las relaciones inventadas con nuestros amigos para ganar estatus, lo hacíamos con una relación violenta. Creo que eso no ha cambiado demasiado, porque existen otros parámetros, como el acceso a la pornografía de una manera generalizada, que hace que, por mucho que avances, haya un contrapunto que lo hace más complicado todavía.
- Decía Warren Buffet que sí había lucha de clases y la ganaban ellos, los ricos. En la batalla cultural, ¿se va ganando o perdiendo?
La batalla cultural con relación al feminismo y al supremacismo masculino funciona como las olas. Yo creo que hemos estado en el pico de una ola con la reacción machista, pero estamos otra vez en descenso. Si al final se viese como un gráfico, acabaríamos más alto en derechos de lo que empezamos hace diez años. Se está ganando en general, aunque haya momentos en los que, por la coyuntura, parezca lo contrario. Pero en este sentido específico del feminismo y los derechos de las mujeres frente a los hombres, se está ganando. Otra cosa es que se haya utilizado para conseguir un proceso de reacción que haya aumentado el auge de la extrema derecha de manera coyuntural. Pero en un momento en el que hemos visto cómo Donald Trump es un activo tóxico para la extrema derecha, la caída de Víktor Orbán, la pérdida de un referéndum por Giorgia Meloni, prácticamente el repudio internacional de Benjamin Netanyahu más allá del control que tiene sobre ciertas esferas del poder... El momento álgido de reacción está empezando a caer.
- Defendía hace unos días el periodista e historiador Pablo Stefanoni que ya no se podía hablar de auge o declive de la extrema derecha, sino de su normalización en el sistema político.
Sí existe un corrimiento de la derecha hacia la extrema derecha, pero no tiene por qué estabilizarse en los parámetros en los que está ahora mismo. Yo llevo estudiando a la extrema derecha muchísimos años y si miras lo que defiende ahora la derecha tradicional es lo que defendían grupos neonazis hace muchos años, teorías como la del gran reemplazo que se ve en Ayuso o a veces en Feijóo de manera disimulada. Eso solo se veía en grupúsculos neonazis minoritarios en los años 90. O lo de la prioridad nacional. Eso se veía en carteles de Democracia nacional en otras épocas. Pero creo que también todo esto es coyuntural. Aunque existan elementos que evidencian que lo que defiende la derecha tradicional era inadmisible en el debate público en otro tiempo, eso también está virando. Si miramos ideas centrales o nucleares, en general estamos mejor que hace unos años. Es difícil verlo por la coyuntura, pero si coges algo de distancia...
- ¿Cómo llevas el año de estar combatiendo contra el fascismo, también mediante el reconocimiento personal, pero luego recibas tantos ataques desde tu mismo espacio, la izquierda política?
Es una de las cosas que peor he llevado. A veces se confunden mucho las diferencias políticas, ideológicas, con el intento por la destrucción personal. Yo nunca le desearía el mal a nadie con el que difiera políticamente dentro de mi mismo espacio, nunca jamás haría algo para que le fuese mal personal o familiarmente.
- Como pedir que le echen del trabajo...
Eso es una cosa muy grave, pero en mi caso he sufrido otras mucho más graves que no voy a contar para no darles relevancia. Yo he llegado a pedir a una persona que por favor bajaran el nivel de ataque personal contra mí porque mi madre estaba sufriendo un proceso de cáncer, con la quimio, estaba débil y sufría al verlo. Y lo que se me contestó es que daba igual, que lo importante era acabar personalmente conmigo y que dejase de tener representación en un espacio de televisión.
- Entiendo que podrías pensar que algo así viniera de alguien como Vito Quiles, pero ¿cómo explicas que pase desde tu misma trinchera?
Solo puedo entenderlo desde un punto de vista personal. Hay gente que considera que la única manera de ejercer la política es ganando por cualquier medio. Bueno, yo no soy así, entiendo la vida de otra manera, pero hay gente que considera que todo vale para ganar. Es una cuestión humana.
- Al final del libro comentas abiertamente tu situación de salud mental, hablando de la depresión y la medicación cómo un contexto esencial para entender el libro. Es, como hacía Eminem en el final de '8 millas', una manera de clamar: yo mismo me desnudo, ya no podéis decir nada de mí, no podéis encontrar hueco por el que entrar porque ya soy yo el que reconoce sus vulnerabilidades.
Es también una manera de decir: 'Me habéis roto y aquí estoy'. Podéis volver a intentarlo, pero aquí estoy. Es un ejercicio también de transparencia para los lectores, a quienes agradezco muchísimo que, con toda la oferta interesante que hay, se acerque a mi libro. Se lo agradezco tanto que creo que debo explicarle qué hay en el libro, por qué se cuenta así y cómo. Esa coda final intenta mostrar al lector que yo escribí eso en esa situación y que, si hay algo que considera incorrecto o demasiado emocional, tiene que ver con esa situación. Entonces puede aceptarlo, despreciarlo, despojarlo o contextualizarlo, pero que sepa que hay un motivo detrás para que el libro sea de esta manera y no un ensayo sobre la radicalización desde un punto de vista... Ensayístico, sino con una visión íntima y narrativa. Era imposible que lo escribiera de otra manera en la situación en la que estaba.
- ¿Se es más feliz habiendo reconocido las vulnerabilidades?
Totalmente. Poder llorar, sentirte triste, alegre, contento, decir lo que te preocupa en cada momento y no tener que cargar con ello en solitario... Te hace más feliz. Siempre es más fácil con más gente, en compañía, que solo.
