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El señor de la casa

06/07/2014 09:50 CEST | Actualizado 04/09/2014 11:12 CEST

Esta historia me llevará a un tiempo muy lejano. Un tiempo anterior a aquel en el que la tierra de mi padre, en el pueblo de Alokolum, se convirtiera en destino de miles de desplazados a causa de la guerra. Un tiempo en el que vivíamos en nuestro hogar, cultivábamos la tierra, íbamos a buscar agua al pozo, cortábamos y acopiábamos leña y, al atardecer, contábamos historias junto al fuego. Un tiempo en el que todos los acholi éramos una familia y comíamos malakwang, verduras, junto a nuestros vecinos, puru awak, cultivadas con la ayuda de los aldeanos. Cuando usábamos la palabra omera, hermano, y de verdad lo sentíamos aunque ese hermano viniera de fuera. Ahora todo ha cambiado. Hoy, Alokolum es un cúmulo de casas de chapa donde la gente se esconde tras las ventanas para observar con disimulo quién pasa por la calle. La cortesía es cosa del pasado. Los aldeanos se comportan como si desconfiaran los unos de los otros. Ahora solo se habla de magendo, de cómo ganar dinero, y no de cómo está la familia.

Esta historia es sobre ti, Lugul. Voy a contarla porque creo que merece ser escuchada. Mucha gente habló sobre ti, pero dejaron que tu historia se quedara enterrada con los muertos. La tuya no es la clase de historia que se narra junto al fuego y pasa de generación en generación. Pero es una historia que debe conocerse. Por eso, voy a contarla tal y como fue. Aunque no esté junto al fuego. Ahora vivo en Kampala, a trescientos kilómetros del lugar que una vez llamé mi hogar. Solo vengo a Alokolum una vez al año. Vengo a visitar las tumbas de las personas que amé, y no puedo contener las lágrimas que brotan de mis ojos al recordar sus vidas, aunque puede que nunca hable de ellos porque me resultaría demasiado doloroso. Pero de tu historia sí hablaré, Lugul. Mereces que alguien la recuerde porque tú nunca pudiste contarla. Todo el mundo fue testigo de lo que hiciste, pero nunca diste tu versión. A veces me pregunto cuál es la lección que se esconde tras ella.

Nadie sabía de dónde venías, pero todos te llamaban omera. Algunos decían que eras de Paminyai, pero nadie podía confirmarlo. Algunos decían: «Lugul es lapoya», un enfermo. Otros afirmaban que estabas poseído por los cen, los espíritus. Nunca le contaste a nadie de dónde venías ni por qué llegaste a Alokolum. Yo solo te veía durante el día, y nunca llegué a saber dónde pasabas las noches. No tenías casa propia, pero todo el mundo te recibía en la suya. Llegaste a formar parte de todos nuestros hogares, pero casi todos los días ibas a comer a la cabaña de mi madre.

Mi padre decía que los niños no debían acercarse a ti porque querrías enseñarles a cocinar, y que no sabías que por acercarte al fuego de la cocina se te quemaba el pene. Pero dijeran lo que dijeran, nada te impedía hacer aquello que más te gustaba. Seguías yendo a por agua y recogiendo leña para cualquiera que te lo pidiera. Las mujeres te adoraban. Regina, una mujer que apenas tenía comida en el granero, te llamaba todos los días para que la ayudaras. Pero pronto te diste cuenta de que no podía darte nada de comer al final del día, y al terminar te marchabas a otras casas. Algunos decían que Regina no tenía escrúpulos y que pronto te haría un hombre. Otros decían que, aunque tenías pene, eso no era suficiente para convertirte en hombre. Nunca entendí lo que significaba aquello. Todavía hoy me pregunto qué significa.

Siempre admiré la facilidad con la que cortabas la leña, aunque las demás niñas decían: «Es un hombre, por eso tiene tanta fuerza». Me hubiera gustado que los demás hombres de Alokolum cortaran la leña y que nosotras solo tuviéramos que cargarla, pero ellos nunca lo harían porque les habían enseñado que cortar y acarrear leña era trabajo de mujeres. Mi madre nunca envió a Okello, mi hermano mayor, a buscar agua. También eso era trabajo de mujeres, así que nunca esperé que lo hiciera. Sin embargo, tú conocías bien el camino hasta el pozo porque traías bidones llenos de agua todos los días, como a mi madre le hubiera gustado que hiciera mi padre, pero solo era una ilusión. Al igual que a su madre, siempre le habían dicho que debía darle a su marido todo lo que necesitara. Yo la veía trabajar muy duro todos los días mientras mi padre se iba con los otros hombres a beber lacoyi, cerveza casera, al caer la tarde. Al final del día, él se quejaba de que estaba exhausto, y mi madre nunca dijo una palabra.

Mi madre te llamaba todos los días para que vinieras a casa cuando íbamos a comer. Sabía que necesitabas un lugar al que llamar hogar. Te llamaba «su ayudante» porque la ayudabas cuando necesitaba cualquier cosa. Yo salía a buscarte y, cuando te encontraba, te llevaba y empezábamos a comer. Siempre decías apwoyo, gracias, después de cada comida. Mi padre nunca le dio las gracias a mi madre y me resultaba divertido oír cómo apreciabas su comida. Mi padre siempre se quejaba de la sal o del odii, la salsa de cacahuete, pero tú nunca lo hacías.

Recuerdo el día que viniste a nuestra casa porque oíste gritar a mi madre. Mi padre la estaba pegando porque ella le había dicho que no tenían dinero para comprar lacoyi. Me alegré de que vinieras a detener aquello, aunque esa no fue la última vez que se pelearon. Te convertiste en el latek del pueblo, el que trae la paz. Siempre que había una pelea entre un marido y su esposa, tú acudías en ayuda de la mujer. No sé por qué tomaste esa decisión, pero estoy segura de que muchas mujeres estuvieron agradecidas. Empezaste a preocuparte por algo por lo que nadie se había molestado nunca, porque para ellos una pelea entre marido y mujer no era asunto de nadie más.

Yo tenía unos diez años cuando apareciste en Alokolum. Veía cómo llevabas la leña sobre la cabeza. Una vez le pregunté a mi madre por qué mi padre no lo hacía también. Su única respuesta fue: «En rwot gang», es el señor de la casa. Y cuando le pregunté por qué tú no eras un rwot gang, me regañó por hacer demasiadas preguntas. Aquel día decidí que serías mi amigo, y que quería saber por qué no eras un rwot gang.

Me escabullí de casa mientras mi madre preparaba la cena y fui a buscarte. No fue difícil dar contigo. Estabas en casa de Korina, partiendo leña con un hacha. Me quedé observando cómo levantabas el hacha sin ninguna dificultad, y cómo los troncos se partían en dos. Korina te pagó con arege, ginebra casera. Te sentaste junto a su cabaña, mientras los demás hombres se sentaban bajo el árbol del mango a beber su arege. No te fuiste con los otros hombres cuando llegaron. Te resultaba más interesante la conversación de las mujeres. Aunque los hombres te llamaran: «Lugul bin imat arege ii kin coo», Lugul, ven y bebe con los demás hombres, tú los ignorabas.

No dijiste nada cuando un hombre, ebrio de arege, dijo: «Lugul obedo dako ma lacoo», Lugul es un afeminado. Parecía que no te importaba lo que la gente te dijera. Nunca contestabas a los hombres cuando te insultaban. Te limitabas a murmurar algo y te ibas a otro sitio. Algunos hombres te llamaban cobarde. Yo no creía que fueras cobarde, pero quería que les contestaras con la misma crueldad. Parecía que no reparabas en mí cuando te seguía por el camino hacia el pueblo. Ni una sola vez te paraste a preguntarme por qué iba siempre detrás de ti. Simplemente te dabas la vuelta y me mirabas, y entonces una sonrisa asomaba a tus labios. Yo sabía que aquello era nuestro vínculo. Tú eras mi amigo y yo era tu amiga.

Cuando el nuevo Gobierno tomó el poder, te marchaste a la ciudad de Gulu. Mucha gente se fue del pueblo. Mi padre dijo que Alokolum era nuestro hogar y que debíamos quedarnos allí. Veíamos cómo la gente se alejaba con sus hatos sobre la cabeza para ponerse a salvo. Oíamos los disparos y el estallido de las bombas, pero permanecimos en Alokolum. Por las noches, salíamos de casa y dormíamos entre los arbustos. Nunca me quejé porque me sentía segura, aunque tenía miedo de poder encontrarme alguna serpiente entre las sábanas. Era feliz cuando regresábamos a casa porque no había ocurrido nada en el pueblo. Nadie dijo nada sobre por qué te fuiste. Te marchaste de la misma forma que habías llegado. Nunca más volvimos a verte en Alokolum. Uno de los aldeanos te vio una vez en Gulu, estabas ayudando con las labores de limpieza. Barrías las calles, recogías la basura, como habías hecho antes en Alokolum. Unos soldados te dispararon seis veces porque sospechaban que eras un espía.

Hoy estoy aquí de pie junto a tu tumba en la tierra de mi padre. Tu lápida está bien cuidada. Alguien ha arrancado las malas hierbas. Recuerdo cuando nadie estuvo dispuesto a que enterraran tu cuerpo en sus tierras. Trabajaste duro y ayudaste a todo el mundo con las cosas que la mayoría de ellos odiaba hacer. Mucha gente pensaba que estabas enfermo. Algunos decían que no te sentías a gusto con tu masculinidad. Ahora eso no importa. Cuando la noticia de tu muerte llegó a Alokolum, mi padre dijo que te daría un hogar en el que descansar. Dijo que eras un buen hombre y que el mundo no te había tratado bien. Nunca entendí ese cambio de actitud en él. Quizá, en el fondo de su corazón, te comprendiera, aunque nunca dejó de dirigirte severas palabras.

Ahora yace junto a ti. Murió en la guerra porque quiso ayudar a los heridos y a los enfermos. Quería permanecer junto a las gentes de Alokolum. No desistió ni siquiera cuando los soldados le acusaron de estar ayudando a los rebeldes, aunque eran los rebeldes los que asaltaban su casa y le robaban las medicinas. Los soldados le dispararon en la cabeza y le dejaron morir. Puede que mi padre se sintiera inspirado por ti para ayudar a los demás. Murió ayudando a la gente.

Pero esta historia no es sobre mi padre. Esta es tu historia. Es la historia del hombre al que aquellos aldeanos no llegaron a conocer. Ojalá muchos hombres pudieran hacer lo que tú hiciste. Nadie sabía de dónde viniste, pero encontraste un hogar en un mundo nuevo. Nadie te llamaba hombre porque ibas a sacar agua del pozo, porque cargabas con la leña sobre la cabeza. Hoy, eres para mí un héroe porque hiciste lo que querías hacer. Fuiste un rwot gang.

Este relato forma parte del libro 'Los deseos afines' de la editorial Dos bigotes.