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Por qué Nadia Murad y las víctimas del genocidio yazidí deberían recibir el Premio Sájarov

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Foto: EFE

Conocí a Nadia Murad el pasado mes de febrero en el Parlamento Europeo, cuando participó en un acto sobre los crímenes contra la humanidad perpetrados por Daesh en Oriente Medio. Tuve el privilegio de conversar largamente con ella, traductor de Kurmanji mediante, en una comida privada en la que Nadia apenas mordisqueó algún dulce. Es muy, muy menuda. Su rostro doliente solo se iluminó a ráfagas cuando me mostró fotos de cómo eran ella y las chicas de su pueblo antes de que los asesinos del Califato llegaran a Kocho en el verano de 2014. Iba a terminar secundaria y quería estudiar Historia en la Universidad. Ahora su único empeño es que se haga justicia, volver a su tierra y enterrar a sus muertos. Su largo pelo negro, que suele llevar recogido en una trenza, es el único recuerdo de aquella joven coqueta de 19 años.

Nadia es una superviviente del genocidio que Daesh lleva más de dos años ejecutando contra la minoría yazidí en Irak. Desde que los yihadistas, enardecidos por la conquista de Mosul, lanzaron una voraz ofensiva para expandir su dominio hasta las montañas, hogar durante siglos de los yazidíes, y asaltaron en agosto de 2014 sus pueblos en el Monte Sinjar, en el norte de Irak, segando la vida de cientos de hombres y raptando a cerca de 6.000 mujeres y niños.

Los barbudos de Daesh desprecian profundamente a los yazidíes por su religión. En su fanatismo demente, los consideran no solo infieles por no profesar su versión del islamismo, sino "adoradores del diablo". Para ellos, las mujeres y niñas yazidíes son literalmente objetos. Matan ante ellas a maridos, hijos, hermanos. También a las mujeres mayores que ya no tienen valor sexual. Las desposeen de todo bien y les arrancan hasta el último atisbo de dignidad o humanidad. Les dan un ultimátum para convertirse a la religión verdadera. A las más pequeñas, criaturas de 7 o 9 años, las toman como esposas. Las compran y venden una y otra vez, por el equivalente a 10, 15, 20 dólares. O las intercambian por móviles, o entregándolas como regalos. Las violan sin cesar, de uno en uno o en grupos de hasta veinte (la violación, siempre un arma de guerra que destroza a las mujeres y aniquila a sus pueblos), y las someten a todas las vejaciones imaginables, manteniéndolas al límite del hambre y la sed. Esclavas multiuso (desde cocinar y limpiar hasta confeccionar chalecos explosivos), si las atrapan intentando escapar, pueden esperar los castigos más aberrantes.

No es, ni ha sido nunca, una guerra contra el Islam, Es una guerra contra los asesinos, los fanáticos y los totalitarios. Estén donde estén, vengan de donde vengan y se llamen como se llamen. Sin excusas.

Muchos de ustedes se preguntarán todavía: pero ¿quiénes son los yazidíes?

La religión yazidí, una fe milenaria que pervive en zonas de Irak, Siria y Turquía, preserva elementos y prácticas pre-Islámicas y del zoroastrismo. La ley islámica no reconoce a los yazidíes como "pueblo del libro", por lo que han sido objeto de persecución violenta durante siglos, aunque se las han arreglado para sobrevivir en zonas montañosas. La reciente presión política prácticamente los ha eliminado de Turquía, y el salvaje genocidio puesto en marcha por Daesh desde 2014 amenaza con su extinción en Irak.

Daesh ha perpetrado incontables atrocidades en nombre de un falso Islam que los desacredita y condena de raíz. Pero tenemos que recordarnos una y otra vez que lo que combatimos y representa Daesh es el terrorismo, el fanatismo y la intolerancia, incompatibles con los valores compartidos de democracia, libertad, solidaridad y defensa de los derechos humanos que defendemos. No es, ni ha sido nunca, una guerra contra el Islam, Es una guerra contra los asesinos, los fanáticos y los totalitarios. Estén donde estén, vengan de donde vengan y se llamen como se llamen. Sin excusas.

Aún quedan 3.400 mujeres y niñas secuestradas, esclavizadas por los terroristas yihadistas. Los cerca de 1.600 que lograron escapar malviven en campos improvisados en el Kurdistán iraquí. Apenas un millar ha logrado llegar a Europa, concretamente a Alemania, donde su Gobierno está desarrollando un programa especial de acogida, asilo e integración.

No dejo de preguntarme si, en el cruel ranking del sufrimiento, el acoso, la tortura y la humillación, podríamos encontrar mayores víctimas que las muchachas yazidíes: miembros de una minoría religiosa milenaria en vías de extinción programada, en el epicentro del conflicto y la devastación, lo último de lo último como mujeres y como menores. Objeto de secuestro, violación sistemática, maltrato, agresión y tráfico de seres humanos. Y me pregunto también: si Alemania ha sido capaz de tomar conciencia y medidas concretas y efectivas para protegerlos, dándoles asilo, techo, ayuda económica y asistencia médica y psicológica, ¿no podremos los demás países europeos contribuir a hacer lo que es justo? No duden que haré todo lo que esté en mi mano para que el nuevo Gobierno de España, en cuanto se constituya, actúe en consecuencia.

Con frecuencia nos quejamos en las instituciones europeas de nuestra limitada capacidad de acción. Pero lo cierto es que disponemos de algunos instrumentos poderosos, de enorme alcance político, mediático y social. Y, sin duda, el Premio Sájarov a la libertad de conciencia , otorgado anualmente por el Parlamento Europeo, es uno de ellos. Un premio que "se concede a personas que han contribuido de manera excepcional a la lucha por los derechos humanos en todo el mundo y llama la atención sobre las violaciones de los derechos humanos, además de respaldar a los galardonados y su causa".

¿Por qué propongo que el Premio Sájarov 2016 sea para Nadia Murad? Porque, aun siendo una de esas miles de víctimas de la brutalidad y la barbarie yihadista, aunque masacraron a sus padres y seis de sus hermanos ante sus ojos y fue durante meses esclava sexual de doce esbirros de Daesh, comprada y vendida varias veces... Nadia ha decidido que ya no lo es. Ya no es una víctima. Se ha convertido en un agente activo del cambio frente al extremismo violento, en un referente ejemplar, en un instrumento de transformación del mundo: portavoz de todas las mujeres yazidíes que han sufrido y sufren todavía esta brutal esclavitud sexual, defensora de los derechos humanos, la libertad de conciencia y los derechos de las minorías, Nadia ha levantado su voz ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ante el Parlamento británico, el Bundestag, los senados de Francia y EE.UU., se ha reunido con el presidente del Parlamento Europeo, el presidente de Egipto y el primer ministro noruego... y ha emprendido un camino sin vuelta atrás para llevar el genocidio yazidí ante el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Un genocidio reconocido por un informe de la ONU, el Parlamento Europeo, la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, el Gobierno de EE.UU. y la Cámara de los Comunes de Reino Unido. Un proceso en el que la representará la abogada Amal Clooney.

"Daesh me quitó mi familia, mi futuro, mi vida. Pero lo que tengo en mi corazón, y siempre he tenido y tendré, es fe en la justicia<", me dijo Nadia. "Y todas las mujeres y niñas que siguen en sus manos tienen a la justicia de su parte".

¿No les parece que tenemos razones suficientes para activar este instrumento magnífico y otorgar a Nadia Murad y al pueblo yazidí el Premio Sájarov 2016? Yo creo que sí. Porque, como la justicia, nosotros estamos, y seguiremos estando, de su parte.

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