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Talla arriba, talla abajo

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2016-05-26-1464279237-86640-montaje_libro.jpgPerra de Satán es una mujer moderna, inteligente, divertida, cabezota, irreverente, muy amiga de sus amigos y gran amante de la tarta de tres chocolates, razón por la cual su culo está bastante gordo. Cuando creé a Perra de Satán, su única función era la de ser mi alter ego en las redes sociales: eran tiempos en los que todo el mundo tenía un nick y yo no iba a ser menos. Lo que no me podía imaginar entonces es que la cosa llegaría hasta donde ha llegado, que Perra de Satán crecería tanto (claro, no ha parado de comer tarta en todos estos años) que absorbería por completo mi voz en Internet y se dedicaría a decir verdades sobre cualquier tema que le incumbiese, sin importarle el qué dirán, precisamente por eso: porque si dicen, es porque mis palabras les han hecho reaccionar.

Tampoco hubiera podido imaginarme ni en el mejor de mis sueños que mi Perra de Satán acabaría convertida en el personaje protagonista de mi primera novela. Perra de Satán, kilo arriba, kilo abajo no es otro estúpido "libro de gordas", pero mentiría si no dijese que he aprovechado ese altavoz para plantear mis pequeñas reivindicaciones.

Uno de los capítulos que más llama la atención es aquel en el que Perra sale de compras con su madre, por lo gracioso que puede ser recordar el infierno que nuestras madres nos hacían pasar cada vez que se venían de tiendas con nosotras, pero sobre todo por el propio infierno personal que cada gorda tiene que vivir cada vez que sale a por ropa nueva.

¿No os resulta cuanto menos curioso que, aunque es evidente que hay mujeres (y hombres, que este drama no entiende de sexos, pero pronunciaré mi discurso en femenino para adaptarlo a mi propia experiencia) que usan más de una talla 44, no todas las tiendas ni todas las marcas están dispuestas a fabricar "más talla"?

Mucha gente -yo la primera- ha vuelto alguna vez a casa totalmente devastada después de una tarde de compras, solamente porque no pudo encontrar un vestido que le valiese y le quedase bien.

Si a las grandes compañías textiles solo les interesase nuestro dinero, sería lógico encontrar en todas las tiendas tallas 46 y 48. Entonces, ¿qué misterio se esconde detrás de esa mujer que intenta subirse la cremallera de un vestido de la talla 44 mientras ruega a Dios que le cierre porque se está probando la talla más grande de ese modelo y quiere salir de esa tienda con la satisfacción de haber encontrado lo que necesitaba?

Mucha gente -yo la primera- ha vuelto alguna vez a casa totalmente devastada después de una tarde de compras, solamente porque no pudo encontrar un vestido que le valiese y le quedase bien. Y en el fondo, lo de volver sin bolsas es lo de menos, lo peor llega cuando nos preguntamos por qué no hemos sido capaces de comprarnos un maldito vestido. Lo lógico sería pensar "porque no busqué en el sitio correcto". Sin embargo, es mucho más probable que pensemos cosas como "porque estoy demasiado gorda", y así hasta el "odio mi cuerpo".

Os propongo un ejercicio de empatía: pongámonos en la piel de una mujer opuesta a nosotras. Mucha gente también sale de compras en busca de un modelazo y después de recorrerse varias tiendas y probarse seis o siete vestidos de la talla 38, termina eligiendo el que más le gusta y mejor le queda. Esa mujer se volverá a su casa sintiéndose la más feliz del mundo porque ha cumplido con su propósito. Sin embargo, el mensaje que su autoestima recibirá no será "¡muy bien, has cumplido con éxito tu tarea!", sino algo más parecido a "¡voy a estar impresionante!", "¡viva mi cuerpazo!", "¡amo mi vestido, me encanta comprar en esta tienda!".

Eso es, precisamente, lo que venden las marcas: te venden el subidón que produce haber podido comprarte un vestido en su tienda; te venden la reafirmación de tu ego ante una sociedad que reconoce esa cazadora amarilla sobre tus hombros y piensa: "¡sí, tú eres de las mías, ole y ole, somos las mejores!"; te venden la idea de que tú puedes vestir, y por lo tanto, ser, tan elegante como las modelos de las pasarelas, o las ejecutivas de éxito que van a fiestas en Nueva York; te venden, en definitiva, autoestima. Pero de la mala.

Y aunque a simple vista no lo parezca, esta es una de las principales causas por las que la gordofobia sigue presente en nuestra sociedad, y nos quiere colar eso de que es muy difícil diseñar ropa para personas que usan más de una 44 y además sale más caro. Razones políticamente correctas que ocultan la verdad de esas grandes compañías: no quieren que sus clientas se mezclen con gordas, porque eso destruiría la satisfacción de su experiencia al comprar.

Menos mal que todavía queda gente como yo, para nada delgadófoba, cuya primera novela hará reír a cualquier persona, independientemente de su talla.