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Françoise Hardy, una historia de amor

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Han pasado cincuenta años desde que su voz y una canción que hablaba de los chicos y chicas de su edad acompañara a una generación que proclama su derecho a ver el mundo con otros ojos. Un tema de la adolescencia que terminará por convertirse en la balada fundacional de una nueva época. Acaba de volver a la primera plana musical con un disco dedicado al amour fou y sus alegrías y tristezas y una novela del mismo título. Una historia de amor que ha cumplido medio siglo.

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Portada del primer disco de Françoise Hardy que proyecta su imagen como ídolo adolescente.

Las páginas del Vogue la señalaron como la French girl, el símbolo de la modernidad made in france que se presentaba en el Hotel Savoy de Londres como embajadora de la nouvelle vague de la moda francesa enfundada en el esmoquin de Yves Saint-Laurent o vestida por Paco Rabanne con futuristas minifaldas metálicas. Anteriormente Bob Dylan ya le había enviado poemas de amor en las contraportadas de sus discos y hasta reclamó su presencia para su presentación en el Olympia de París en 1966. Aquel mismo día, entre el público que asiste a la presentación del músico americano en la sala parisina, se encuentra un joven cantautor llamado Raimon que debutará en el mismo espacio unas semanas más tarde.

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Françoise Hardy embajadora de la llamada generación ye-yé.

Françoise Hardy llegaba al mundo unos meses antes de que los aliados desembarcaran en Normandía. El futuro icono pop iba a crecer entre una madre posesiva y un padre ausente. Unas relaciones familiares nada idílicas de las que ha acabado dando buena cuenta décadas después, en el libro Le désespoir des singes et autres bagatelles, unas excelentes memorias escritas de su puño y letra. Para su primera incursión literaria, un título misterioso, como no podía ser de otra manera, un enunciado que escondía el nombre de un árbol de origen ultramarino que se encuentra en un parque cercano a su casa y objeto de sus meditaciones.

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Portada de las memorias de la cantante y debut literario como escritora.

Con la figura fantasmagórica de un patriarca del cual no oculta su homosexualidad o la muerte por eutanasia de su madre, la princesa del pop melancólico de los sesenta ponía al día su diario más íntimo y doloroso. Confesiones que desvelaban ahora con más claros que penumbras la otra mitad de la adolescente, y luego estrella sofisticada, que sedujo a los objetivos de fotógrafos y directores de arte de revistas gracias a un rostro andrógino que anunciaba la confusión de los sexos y un cuerpo de cover girl mutante enfundada en los trajes astronautas de Courréges.

En 1962 Françoise Hardy transformaba en himno generacional una canción que contaba los problemas de los chicos y chicas de su edad y que soñaban con las heroínas de Françoise Sagan. A la rebeldía existencialista de la generación de Juliette Gréco sucedían los gritos y susurros a cuarenta y cinco revoluciones por minuto de la generación ye-yé. Primero en Francia y después, en el resto del mundo, el flechazo sería fulminante y el protagonista de la película Las invasiones bárbaras contará en primera persona lo que supuso la llegada de la nueva Ondina para toda una generación. Una de sus canciones, L'amitié, le sirve como testamento musical en uno de los finales más emotivos que nos ha ofrecido el cine en los últimos años.

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Fançoise Hardy será una de las protagonistas principales de la revista Salut Les Copains

La bella Hardy se convierte en objeto de deseo a uno y otro lado del Atlántico mientras el objetivo de su novio, Jean-Marie Périer, la transforma en icono pop en las portadas de la revista Salut les copains o del sello discográfico Vogue. Périer sueña con hermanarla con Mick Jagger en una versión rock de Les enfants terribles de Jean Cocteau y David Bowie empapela su habitación de adolescente con su imagen en forma de poster. Una fascinación que ha señalado a sucesivas generaciones de músicos anglosajones, de Brian Jones a Blur, de Malcolm McLaren a Perry Blake.

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El fotógrafo Jean-Marie Périer colabora con sus fotografías a construir su imagen de icono pop.

Cuando acaba su relación sentimental con Périer, la princesa del pop melancólico le promete que su rostro no será atrapado por ningún otro fotógrafo. Sólo él tendrá la llave para ir desvelando los misterios y mutaciones de su rostro año tras año. Disco tras disco. Su nuevo príncipe encantado es un joven parisino, gallardo y calavera, de canciones insolentes y futuro Van Gogh en la pantalla. Jacques Dutronc y Françoise Hardy aparecen como la pareja de moda, dispuestos a merendarse sus días de rosas y programas de varieté en la televisión francesa. Menos transgresores que la otra asociación sentimental, Gainsbourg-Birkin, pasean discretamente su amor particular y hasta dejan constancia en baladas de tono agridulce como Brouillard dans la rue Corvisard, que les escribe en clave desencantada Michel Jonasz. Pero como dice el poeta Aragon, Il n' y a pas d'amour heureux, y Hardy llenará su juke box de canciones tristes y veladas solitarias esperando que suene el teléfono. Pero al otro lado solo se escucha el mensaje de un contestador. A cambio Dutronc le ofrece uno de los textos más bellos, Partir quand même, como testimonio de las desdichas del amor. Todavía tendrán tiempo de recuperar juntos una balada de los años treinta, de aquella Francia del Frente Popular y las películas de Jean Gabin. La canción, Puisque vous partez en voyage, supone su último encuentro musical.

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Fotografía de Jean-Marie Périer ilustrando la portada del álbum recopilatorio Messages Pesonnels

No todos tendrán la misma fortuna. Gainsbourg se morirá sin que ella le pida un disco entero de canciones, como sí se lo pidieron, en a cambio, una Juliette Gréco o Isabelle Adjani. Y hasta un joven escritor, Patrick Modiano, se rinde a su esfinge y le escribe en exclusiva. Su encuentro con la nueva generación de músicos franceses producirá un encuentro inevitable con el nuevo príncipe de la Chanson-pop, Benjamin Biolay que le escribe algunas canciones para el álbum Tant de belles choses.

En 1968 dejaba las actuaciones en público que le habían hecho dar la vuelta al mundo en varias ocasiones. En España durante algunos años acude a los platós televisivos de Barcelona y Madrid y hasta cantará en uno de los entoldados -se llamaban Paradores- que se construyen durante las Fallas en Valencia en los años sesenta y donde se presentan las grandes atracciones musicales. Aunque tenía previsto actuar en dos galas, sólo llega a cantar en la primera. La segunda quedará suspendida después de que el entoldado, a causa de unos cohetes lanzados, quede como la Roma de Nerón. Hardy recordará el incidente como uno de los lugares más extraños donde había cantado. Pero el escenario no era su mundo, y los aplausos no le compensan tanto como a sus copains, Johnny Hallyday y Sylvie Vartan, dispuestos a morir con las botas puestas.

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Françoise Hardy, icono de la música pop y de la moda.

Hasta se deja tentar por la pantalla y John Frankenheimer la incluye como estrella debutante con ruido de motores de Formula 1 en Grand Prix y un pequeño cameo en la comedia What's New Pussycat? que escribe Woody Allen. Pero podrá más la Astrología que el celuloide y entre canción y canción se dedica a leer cartas astrales y a escribir algunos libros como experta en los signos del zodiaco.

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L'amour fou , título del último álbum de la cantante y de su primera novela.

Hoy Françoise Hardy pasea puntualmente su belleza crepuscular por los platos televisivos con motivo de la salida de algún nuevo trabajo musical o de su primera novela. CrItica la subida de impuestos del Gobierno socialista de Hollande y comparte tertulia con Michel Houllebecq o el poeta Philippe Sollers. Exquisita y popular, cercana y misteriosa. No sabemos si en algunas de sus predicciones astrológicas se le apareció su futura sucesora y ex primera dama de Francia. Para su debut musical, la exmodelo Carla Bruni reproducía con todo lujo de detalles el perfil estilístico que había acuñado casi cuarenta años atrás Françoise. El icono Hardy se perpetuaba así sobre la ex top model como dos gotas de agua. Por supuesto que Hardy no dejaría escapar la ocasión y a la revista Les Inrocks proyectaba su lengua vitriólica -reservada para la intimidad- sobre la señora Sarkozy, claro está, sin tener que pronunciar su nombre. Afortunadamente para nosotros, puestos a elegir entre el original y la copia, todavía podemos seguir disfrutando de la primera.

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