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¿Es la universidad una torre de marfil?

16/02/2015 07:25 CET | Actualizado 17/04/2015 11:12 CEST

La universidad americana obedece a un modelo marchito y elitista, inspirado por la universidad de Harvard. Este modelo estaría basado en la existencia de campus residenciales, clases reducidas y estudiantes que viven a cuerpo de rey durante 4 o 5 años de su vida. Un modelo agotado pero imitado, en mayor o menor medida, por la mayoría de las universidades en este país, que demuestra que sus administradores siguen viviendo en una torre de marfil y no se enteran de nada.

Un modelo que ha degenerado en instituciones más preocupadas por construir instalaciones deportivas y piscinas suntuosas que por la educación. Un modelo preocupado por que el campus sea un lugar donde pasarlo bien y la fiesta sea continua. En definitiva, el mismo modelo que ha hecho que la prestigiosa agencia de calificación Moody's haya rebajado sustancialmente las expectativas de las empresas que operan en el sector de las universidades.

Esa es la tesis de partida del documental de la CNN titulado La torre de marfil (The ivory tower) que cuestiona la viabilidad de este modelo que ha posicionado al modelo de universidad americana como el más exitoso de la historia.

Una de las mejores cosas de la sociedad americana es su habilidad para cuestionarlo todo en tiempo real. La amplia difusión de que ha gozado un documental de este tipo (yo lo vi en un viaje de avión entre blockbusters) dice buenas cosas acerca de la vitalidad de su esfera pública.

En cualquier otro lugar, teniendo en cuenta la admiración que la universidad americana despierta en todo el mundo, se ahogarían en la complacencia. Sin embargo, en Norteamérica abundan los libros y documentales de este tipo que cuestionan la eficiencia y critican la desigualdad que engendra el sistema.

La crítica se basa principalmente en que es un modelo excesivamente caro para los tiempos que corren, que genera deudas entre los estudiantes que tardarán décadas en pagar y que, en suma, no es un modelo que pueda producir un alto retorno de la inversión a mucha gente. No está claro que la mayoría de las universidades ofrezcan la triada clásica, conocimiento, contactos y un diploma, a un precio razonable y que garantice la igualdad de oportunidades.

¿Puede un estudiante medio pagar una deuda de 140.000 dólares al final de sus estudios teniendo en cuenta que, según el documental, aproximadamente un 40% de los mismos están subempleados o con trabajos de poca cualificación cuando finalizan sus estudios?

Aparentemente no, según el documental hay una burbuja universitaria que no tardará en explotar, ya que no puede ser que el coste de ir a la universidad haya aumentado un 400 o 500% en cuestión de dos décadas mientras que, al mismo tiempo, los estados han reducido su contribución.

En el documental se omiten muchos aspectos positivos de la universidad norteamericana. La calidad de los programas de postgrado, la 'meritocracia', la internacionalización de muchos de sus campus, la fortaleza de la investigación, el estímulo constante para una búsqueda incansable de métodos de enseñanza más innovadores y el afán por experimentar o por hacer que los estudiantes aprendan a través de la experiencia.

Eso no quiere decir que las críticas del documental no sean legítimas. Sin embargo, el excesivo énfasis que pone en la gratuidad o semigratuidad del sistema da la impresión de que hay una cierta élite universitaria que se encontraría cómoda con un sistema a la europea casi gratuito pero donde la excelencia a menudo no es el ideal.

Igual, si conocieran el modelo europeo actual de universidad, se lo pensaban dos veces a la hora formular estas críticas.