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La educación de las niñas

29/05/2015 07:16 CEST | Actualizado 29/05/2016 11:12 CEST

Si hay un tipo de actividad que, según el paisaje de nuestras ciudades, no parece haber sufrido con la crisis es el dedicado a la estética en general, y a las uñas en particular.

El fenómeno de la uñamanía me tiene fascinada. Hay toda una revolución... colores, diseños, texturas, técnicas. El negocio del cuidado de las manos ha crecido un 6% en los últimos años y el de las lacas de uñas, un 9,6%. De hecho, se presenta como la manifestación moderna del llamado "efecto de la barra de labios": en tiempos de crisis el consumo de pintalabios sube; al fin y al cabo, es una manera económica y rápida de cambiar de imagen y de sentirse más guapa, lo que también ayuda a levantar el ánimo. Pues bien, ahora en vez de labiales lo que se venden son pintauñas, y manicuras y pedicuras han pasado a formar parte del listado de cuidados cotidianos para un buen número de mujeres... y cada vez más hombres.

Hace unos días, en uno de esos locales, asistí a dos escenas que me chocaron enormemente. Cuando llegué, había una niña -no tendría más de 10 u 11 años- haciéndose las manos y los pies. El padre, sentado a su lado, departía en amena conversación con la profesional que la atendía. Por lo que pude deducir de las conversaciones, la niña era una habitual del establecimiento.

Poco después, otra clienta que ya se despedía quiso reservar hora para depilar a su hija... de 8 años. La encargada se lo desaconsejó. -"Es demasiado pequeña"-, le dijo; pero la señora insistió, alegando que los niños en el colegio se metían con la niña. Por el modo de decirlo, sin embargo, más bien parecía que era a ella a la que molestaba el vello infantil.

Sin ánimo de prejuzgar ninguna situación particular -que desconozco-, no pude evitar pensar en la presión que se pone, que se sigue poniendo, en el aspecto de las niñas -mucho más que en el de los niños-, en cómo eso puede acabar condicionando su educación y, en definitiva, en la persistencia del sexismo en el entorno que nos rodea.

Los datos son más que tenaces. Numerosos estudios muestran periódicamente el peso de los estereotipos en la publicidad, hasta el punto de que hay organismos dedicados a hacer un seguimiento permanente de cómo se refleja a la mujer en los anuncios de todo tipo. Por suerte, hace tiempo que se superó la imagen de la esposa abnegada y sumisa de la época de Mad Men como modelo de mujer perfecta, aunque sigue siendo frecuente asociar cualquier objeto de deseo, desde un bombón hasta un coche o una cerveza a un escultural cuerpo femenino.

Lo mismo ocurre con los medios de comunicación, tanto en espacios informativos como de ficción. Por un lado, hay muchas menos mujeres que hombres informando y creando opinión, hay muchas menos mujeres reflejadas como expertas o representantes de profesiones u organizaciones de cualquier tipo. Y sobre todas ellas, claro, se pone a menudo más énfasis en cómo lucen que en qué dicen. Un presentador de la televisión australiana quiso demostrarlo de un modo divertido: durante todo un año apareció en pantalla con exactamente el mismo traje -de vez en cuando se cambiaba de corbata-. Nadie pareció percatarse ni hizo la menor mención hasta que él no lo reveló, mientras que en ese mismo tiempo sus compañeras sí eran juzgadas y criticadas por su ropa y su peinado.

Por otro lado, los medios presentan habitualmente a las mujeres en situaciones de inferioridad con respecto a los hombres, ya sea en los ámbitos de poder y prestigio o en el privado, y en general tienden a perpetuar los estereotipos sexistas.

Un estudio reciente muestra asimismo esta asimetría en el mundo del cine. El informe revisa el número de personajes femeninos, los papeles que representan y el sexismo que muestran, así como el género de los cineastas en un buen número de países, entre los que se encuentran Estados Unidos, Francia, Reino Unido, India, Alemania, Rusia o Japón. Y las conclusiones vuelven a ser apabullantes: las mujeres están infrarrepresentadas en volumen numérico, aparecen normalmente en funciones de menor calidad o poder y se presta una atención desmesurada a la apariencia física, hasta cinco veces más de la otorgada a los varones y mucho más incluso que en la vida real. En realidad, nada que no imaginemos o sepamos ya, pero no deja de ser una constatación tras la otra.

Viva sigue la polémica y la reclamación de las actrices de Hollywood, hartas de las banalidades que les preguntan los periodistas en la alfombra roja y de que solo se interesen por sus vestidos, que ha dado lugar a la cruzada en Twitter #askhermore.

Es obvio que la belleza ha sido y seguirá siendo una aspiración del ser humano a lo largo de la historia y de la geografía. Es obvio también que en esta época de absoluto dominio de lo visual vivimos inmersos en una auténtica adulación a todo lo que es bello, producto y motor además de toda una gigantesca industria global.

A todos nos gusta sentirnos guapos, atractivos y admirados... pero a la hora de educar a nuestras hijas, deberíamos poner algo menos de énfasis en la apariencia y algo más en otras cuestiones, como hacemos con los niños. Si queremos, algún día, alcanzar la igualdad real, tendremos que empezar por reducir, desde lo más básico que es el hogar, las actitudes que perpetúan estereotipos y que contribuyen a que la sociedad, y nosotras mismas, utilicemos diferentes baremos de medir.