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Infraestructuras e instituciones en la transformación digital

19/01/2018 07:30 CET | Actualizado 19/01/2018 07:30 CET
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"Por qué fracasan los países" es una obra que se cita de modo recurrente en artículos de todo tipo, principalmente de carácter económico y político. Los autores, D. Acemoglu y James A. Robinson, se plantean como elemento central de la obra la investigación de las razones que hacen que los países sean prósperos, analizando factores geográficos, políticos, de disponibilidad de recursos naturales...

La conclusión del libro señala a las instituciones como responsables del fracaso o éxito de una nación, distinguiendo entre aquellos países que son capaces de dotarse de instituciones de carácter inclusivo, al servicio del interés general, y los que cuentan con instituciones extractivas, que velan tan sólo por los intereses de unas élites.

Un cuarto de siglo antes que Acemoglu y Robinson escribieran su libro, Curzio Malaparte identificó el papel crítico que tienen las infraestructuras en el funcionamiento de las naciones, por delante de las instituciones. El pensador italiano situaba en las infraestructuras el poder transformador de la sociedad. En su obra "Técnica del golpe de Estado", Malaparte desplegaba su teoría sobre un poder logístico residente en las infraestructuras, bajo la cual la conquista del poder no pasaba tanto por adueñarse de la organización política y burocrática de la sociedad, las instituciones, como de su organización técnica.

Las plataformas digitales tienen el objetivo de fusionarse con nuestras infraestructuras básicas como sociedad

A primera vista existe una contradicción aparente entre las teorías de Acemoglu y Robinson, de un lado, y de Malaparte, del otro. Si las instituciones son la clave del éxito de las naciones, las infraestructuras no podrían ser el elemento central del proceso de cambio hacia el mismo. La transformación digital de la sociedad y economía, sin embargo, podría señalarnos hacia una complementariedad y conciliación entre ambas teorías.

Las plataformas digitales tienen el objetivo de fusionarse con nuestras infraestructuras básicas como sociedad, que bien es intuido por investigadores, bien declarado abiertamente por las mismas. Eugevny Morozov identificaba como objetivo de Google a largo plazo "dirigir la subyacente infraestructura de la información de nuestra vida diaria". Por otra parte, Facebook aspira a convertirse en la plataforma relacional del mundo cuando señala como su objetivo a largo plazo "desarrollar la infraestructura social para darles a las personas el poder de construir una comunidad global", o Uber anhela coordinar nuestras infraestructuras globales de transporte al indicar en su web como su misión "llevar transporte, para todos, en todas partes". Y así, indefinidamente, podemos aludir a plataformas digitales que desean ser las infraestructuras únicas de compras, gestión de energía, alojamiento, ...

Las plataformas digitales están teniendo éxito en la progresiva toma de las infraestructuras económicas y sociales. Estamos asistiendo, sin lugar a dudas, a un relevo de los individuos que tienen el control de las infraestructuras. Sin embargo, y a pesar del bombo, la transformación de la sociedad y economía dista de ser total. La era digital nos apuntaría a una incompletitud de la teoría de Malaparte.

Es cierto que las plataformas digitales han sabido desplegar monopolios o cuasi-monopolios en ciertos ámbitos de infraestructuras, en buena medida, como señala Stiglitz, gracias a las prácticas de arbitraje regulatorio. Sin embargo, desaparecidas las lagunas regulatorias aprovechadas en primera instancia, las posiciones de dominio alcanzadas han resultado ser insuficientes para una toma total del poder y estarían amenazadas. El control de las infraestructuras es un paso necesario en el camino hacia la transformación económica y social, pero no suficiente para su afianzamiento.

El imperativo de complementar el control de las infraestructuras con el poder institucional, ha sido novelado en "The Circle", escrita por Dave Eggers. El dominio absoluto de la empresa central de la distopía sobre el proceso de transformación social y económico se alcanza cuando penetra en las instituciones haciendo obligatorio el uso de las infraestructuras. El hilo de la trama de la novela sería, por tanto, deudor de la misma base lógica que impulsa en Estados Unidos a las plataformas digitales a alcanzar records absolutos en los gastos de lobby y a ofrecer sus soluciones para la modernización administrativa. Ambas evidencias serían una confirmación de las tesis de Acemoglu y Robinson, sólo el dominio de las instituciones es habilitador de la consolidación de la transformación. No obstante, no se hubiera llegado a esta fase de la transformación sin el previo control de las infraestructuras.

En resumen, ambas teorías estaban en lo cierto y, al mismo tiempo, son insuficientes. Malaparte tenía razón en lo relativo a la necesidad de dominar las infraestructuras para impulsar la transformación, pero solo desde las instituciones puede afianzarse la transformación digital. En el proceso de afianzamiento, tanto pueden renovarse alguno de los actores que iniciaron el cambio infraestructural como verse desplazados parte de los que tenían previamente el dominio institucional.

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