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Neandertales emplumados y diosas en minifalda

26/09/2012 08:59 CEST | Actualizado 25/11/2012 11:12 CET

Hay una idea que es común a casi todas las concepciones existentes sobre el lugar del ser humano en el mundo. Se trata de un hecho que parece obvio de tan evidente: que estamos solos, que somos los únicos seres inteligentes de nuestro mundo. Si algún día nos visitara una inteligencia alienígena o descubriéramos en el Cosmos la existencia de una civilización extraterrestre sufriríamos un auténtico trauma cultural y la mayor parte de religiones y cosmologías deberían replantearse uno de sus principios fundamentales.

Pero aunque no seamos capaces de viajar a través de las enormes distancias estelares, y mientras esperamos la visita de nuestros hipotéticos vecinos cósmicos, lo cierto es que sí que disponemos de una tecnología que nos permite viajar en el tiempo profundo. Nuestro mundo es maravilloso por muchas razones y no es la menor de ellas el hecho de que tenga memoria. Desde las humildes células que habitaron nuestro mundo hace varios miles de millones de años, hasta las glorias de la altiva Assur, nuestro planeta atesora sus recuerdos, preservados en el polvo del tiempo. La paleontología y la arqueología son las disciplinas científicas que nos permiten leer los recuerdos de nuestro mundo y nos habilitan para viajar en el tiempo.

En ese viaje al pasado hemos descubierto la existencia de otros humanos, a los que llamamos neandertales. Durante más de un siglo los neandertales fueron considerados como seres semi-humanos, que carecían de las más excelsas características del intelecto humano, a las que reunimos en la denominación de "mente simbólica". Incluso hay quien llegó a describirlos como "super-chimpancés". Pero las investigaciones de las últimas dos décadas han producido una serie de descubrimientos que han ido "humanizando" progresivamente a los neandertales. Ahora sabemos con razonable seguridad que dominaban el fuego, que enterraban a sus muertos, que podían hablar, que habían desarrollado una técnica compleja de tallar la piedra y, más recientemente, que también se adornaban, algo que parecía exclusivo de nuestra especie, el Homo sapiens.

Hace unos días, un prestigioso equipo internacional ha publicado los resultados de un exhaustivo estudio que aporta una sólida evidencia sobre el uso de plumas por parte de los neandertales. El estudio abarca datos procedentes de cientos de yacimientos distribuidos por toda Europa y se ha centrado especialmente en los espléndidos yacimientos de las cuevas de Gibraltar. Al parecer, los neandertales buscaban especialmente las grandes plumas de las alas de cuervos y aves de presa, sobre todo de especies cuyas plumas son de color oscuro. Los autores proponen, muy razonablemente, que los neandertales buscaban ese tipo de plumas con un propósito ornamental. ¡Qué imagen tan magnífica imaginarse a las mujeres y varones neandertales embellecidos con tocados de plumas!

Pensando en ello, no puedo dejar de imaginar qué habría ocurrido si los neandertales, que se extinguieron hace poco menos de treinta mil años, hubieran llegado hasta nuestros días. Seguramente, habrían destacado en algunos deportes como el balonmano, el rugby o el fútbol americano. Habrían resultado imbatibles en cualquier especialidad olímpica de lanzamiento y tendría que haberse establecido una categoría exclusiva para ellos en los deportes de lucha. También me habría encantado oírles cantar, con sus voces bajas y profundas, conocer cómo pensaban sus enormes cerebros y saber cómo sería la mirada enamorada de una mujer neandertal. Eso, por no hablar de la maravillosa serie de mestizos que seguramente existirían entre ambas humanidades. Quién sabe si no serían esos cuerpos, resultado de la mezcla de sangres, los que dominarían las pasarelas y pantallas de todo el mundo. Sin duda alguna, su presencia a día de hoy habría enriquecido grandemente nuestras vidas.

En realidad, todo ello no es algo difícil de imaginar pues nuestra especie es maravillosamente diversa, tanto física como culturalmente, y casi todas esas situaciones se encuentran hoy en nuestra sociedad. Claro que nuestra diversidad también ha dado lugar a páginas negras de esclavitud, intolerancia, explotación, marginación y guerras. Son las dos caras de la moneda. La diversidad humana, física o cultural, ha sido fuente de progreso y belleza pero también de mucho sufrimiento. Pero siempre ha estado en nuestra mano desequilibrar la balanza hacia uno u otro lado.

Soplan malos vientos hoy día. Se oyen voces, cada vez más alteradas, que ponen el acento en lo que nos separa. A lo lejos, se oyen batir los tambores del enfrentamiento. Unos y otros se amparan en dos diosas muy importantes y circunspectas. Yo las imagino viajando en primera clase, vestidas con severos trajes chaqueta y con carísimos maletines de piel en la mano. Son la libertad y la igualdad. Se trata de deidades fundamentales, cuyos asuntos son tan graves que cuando disputan entre ellas sus altares se riegan con sangre y lágrimas.

A mí, que siempre he sido un poco tarambana, me ponen mucho más otras diosas a las que imagino en minifalda, cogidas de la mano y con una sonrisa pícara en el rostro. Si se puede, preferiría quedar con ellas. Se llaman fraternidad y tolerancia.