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Ansiedad, una plaga que tiene solución

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Hablaba entrecortadamente, tratando de contener la emoción. Siempre había querido dar una imagen de fortaleza ante los demás, y ahora ya no podía. A pesar de nuestra experiencia, nos sigue sobrecogiendo el sufrimiento de otra persona cuando trata, a toda costa, de mantener la entereza aunque sus emociones y sus fuerzas ya no se lo permiten. Sin embargo, manifestar esas emociones es beneficioso, y un paso necesario en el proceso de resolución del sufrimiento.

Adrián (nombre figurado) había acudido a nuestra consulta recomendado por otra persona. Le había costado dar el paso, pero los síntomas, que había tratado de controlar por todos los medios, le sobrepasaban. Al hablar de ello, reaccionaba como un niño, en el mejor de los sentidos. Tratando de no llorar, se enjugaba abruptamente las lágrimas con la manga de la camisa e intentaba poner cara de tranquilidad, pero las emociones le desbordaban.

Explicó, como pudo, que llevaba varias semanas teniendo sensaciones extrañas que no entendía, se ponía nervioso sin motivo, se asustaba mucho, llegaba a sentir mucha agitación y sensaciones de mareo. Le ocurría, sobre todo, cuando salía a la calle por lo que cada vez temía más salir de su casa. Aún no lo sabía, pero Adrián estaba sufriendo lo que se denominan trastornos (o ataques) de pánico con agorafobia, es decir, síntomas fuertes de ansiedad unido a temor a estar en espacios públicos. Este es uno de los numerosos trastornos de ansiedad que, después de los depresivos, son los de mayor incidencia en la población.

Simplificando mucho, la ansiedad es miedo. La mayoría de las veces un miedo de origen desconocido (desconocido para la persona que lo sufre), miedo a los aparentemente incontrolables síntomas de ese miedo y, en la mayoría de las ocasiones, temor al rechazo de los demás si le ven en ese estado emocional alterado y vulnerable.

El miedo no es natural ni necesario

Tras escuchar los detalles, le ayudamos a reflexionar. "¡¿Miedo?!" Exclamó, y se dispuso a negarlo categóricamente. Pero tras un rato de conversación, algo resonó en su cabeza y titubeó. "Bueno... la verdad es que siempre me ha preocupado la opinión de los demás..., también tengo miedo a enfermar..., y a que me humillen..., y a no ser capaz de llevar mi vida adelante", reconoció finalmente.

- ¿Pero el miedo se puede solucionar? - preguntó.
- Desde luego, si se sabe cómo - le aseguramos.

Se suele afirmar que el miedo es natural, o que uno elige tener miedo o no, o que es necesario, e incluso que nos ayuda. Esto es falso. Percibir el peligro nos ayuda, entender y evitar lo que nos perjudica, nos ayuda, el miedo no. Tener miedo nos hace sufrir, nos vuelve más torpes, inseguros, y genera muchos conflictos.

Adrián estaba sorprendido. Lo que le explicábamos era lógico y lo entendía. Una lógica aplastante que le devolvía la esperanza en muchos sentidos, pero temía no ser capaz de aprender a resolver el miedo. Sin embargo, todos los seres humanos están capacitados para aprender a resolverlo.

Aprender y entender

En días sucesivos aprendió a afrontar sus sensaciones físicas, a sentir el miedo, a perder el miedo al miedo, sintiéndolo conscientemente. Los síntomas remitieron con relativa rapidez. Al mismo tiempo aprendió a redescubrir sus temores ocultos, sus heridas psicológicas guardadas durante décadas. Y comenzó a encajar las piezas del rompecabezas de su mente. Ahora entendía de dónde venían las sensaciones que le agobiaban y cómo afrontarlas.

Con el paso de las sesiones, volvió a ser una persona vulnerable, ¡gracias a Dios!, y esto hizo caer todas las barreras. Comprendió que era competitivo con los demás por orgullo, y que era orgulloso por temor a que los demás le hicieran de menos. Y lo más importante, aprendió a resolver ese temor al menosprecio, lo que le reportó una inmensa sensación de libertad.

Resolver el temor, no reprimirlo, no negarlo, no superarlo, no asumirlo. Resolverlo.

Al final del proceso terapéutico, era maravilloso contemplar y hablar con el ser humano que había surgido tras las capas de orgullo, miedo y sufrimiento. Adrian parecía otra persona, aunque en realidad, volvía a parecerse a él mismo.