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Este curso las clases deberían empezar a las 10:00

01/09/2014 06:54 CEST | Actualizado 31/10/2014 10:12 CET

Que a los adolescentes les cuesta irse a la cama pronto, es un hecho. Desde bien temprano empiezan las peleas para quedarse un poquito más. Una última partida, el capítulo de la serie de la tele, un poco de botellón virtual con los amigos a través de whatsapp, un libro, una despedida que dura más de la cuenta, etc. Siempre falta un minuto más.

Empezamos ya el periodo escolar y este problema se agrava. Gracias a la picaresca se consigue alargar la jornada; linterna bajo las almohadas o la simple luz del smartphone nos permiten llegar a una hora donde realmente haya sueño. Pero el despertador es implacable y a las 7 de la mañana suena. O a veces antes, porque hay que ir al colegio y la ruta o el paseo para llegar a las 8 en punto a clase no permiten muchas veces ni desayunar (gran error) ni lavarse (nuevamente error, porque las hormonas están desatadas y la peste a sobaco en una clase de jóvenes de 14 o 15 años se hace irrespirable y el ambiente se puede cortar a cuchillo, masticable).

¿Por qué ocurre? ¿Por qué es tan frecuente? Según preparaba este artículo leí otro del doctor Santiago García Tornel, maestro de pediatras, en su blog Reflexiones de un pediatra curtido, que hacía una curiosa petición a la que me sumo a pie juntillas:

Ningún niño a clase antes de las 10 de la mañana.

Es sabido que la evolución de las hormonas sexuales y el desarrollo puberal hacen que le crezcan los aditamentos tanto a ellas como a ellos. Pero además de lo perceptible y del estirón están sus cambios internos. Hace poco observaba que se podía reconocer este verano si una niña tenía 14 años por llevar pantalón corto, muy corto, camiseta blanca y cara de mala leche. Si sonreía, entonces ya tenía 16 o 17. Pues bien, esos cambios de comportamiento y carácter habituales en los pasos hormonales hacen que también cambie su ritmo de sueño, pasan de dormir a unas horas de niño a desplazar 2 o 3 horas su tiempo de inicio del sueño. Interviene también la llamada arquitectura del sueño, el ritmo del cortisol y las hormonas sexuales. No es que necesite dormir menos, eso nos pasa a nosotros los viejos, sino que su tiempo de sueño se desplaza y, como cuando cambian el horario en otoño y primavera, sentimos un cierto desasosiego. Ellos, los jóvenes, lo notan a diario, como si se les estuviera cambiando el meridiano de Greenwich todos los días.

Por las mañanas, esa falta de sueño nocturna incide gravemente en el desayuno y en la higiene, como decía antes. Pero también, y sobre todo, en el rendimiento escolar. Los profesores, que son muy listos, y por eso son profesores, suelen poner a primera hora Educación Física y otras actividades más livianas. A nadie se le ocurre poner Matemáticas o Física a las 8 de la mañana. Bien, pues si ya lo sabían, ¿por qué no cambiamos ese penoso horario diseñado tan solo para que coincida con el laboral de los padres y no encaminado a su buen desarrollo y conocimiento?

Pidamos también un horario de conciliación real del joven con su cerebro, permitamos que desarrollen su futuro sin ponerles más trabas de las que hay, que ya se les está haciendo duro. Seguro que aplaudirán la medida.

¡Organicemos algo! Ya que está de moda, el primer día de clase, todos con un cubo de agua. Y a las 8 de la mañana, a echárselo por encima. Si no se consigue que cambien el horario, por lo menos entramos despiertos a clase.

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