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Más desigualdad, menos justicia, menos democracia

21/01/2014 08:13 CET | Actualizado 22/03/2014 10:12 CET
Este encabezamiento de mi comentario podría ser el

resumen de lo que está

aconteciendo en todo el mundo desde el desencadenamiento de la crisis y la

consolidación de un capitalismo turbo-financiero. En tres décadas, de 1945 a

1975, se redujo a la mitad la desigualdad en la Europa occidental gracias a la

aplicación de las políticas redistributivas consagradas tras el final de la Segunda

Gran Guerra, y tras la aceptación de que el libre mercado comporta muchas

facilidades para la competitividad y el intercambio

económico, pero no resulta muy

concernido por los temas de justicia social. El artículo 9.2 de la Constitución

Española (copiado de manera tardía, gracias al franquismo, de artículos

semejantes de las constituciones alemana o italiana

aprobadas a finales de los

40), dice: "Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que

la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales

y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la

participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y

social". En ese apartado se resume todo el proyecto

de democratización de la vida

política y social que impulsó la ciudadanía europea

tras vencer al fascismo y como

alternativa a una economía estatalizada. El modelo

de "Europa Social" que desde

allí se extendió, representó durante muchos años un

faro en un mundo en el que

seguía predominando la injusticia y la desigualdad.

Hoy, estamos constatando que cada vez parece haber

menos posibilidades de

que ese modelo de convivencia y de justicia social

que durante decenios simbolizó

la Unión Europea, pueda mantenerse. En efecto, desde 1975 ha ido aumentando

la desigualdad entre los sectores más y menos favorecidos en toda Europa, y de

hecho volvemos a estar en niveles de desigualdad que nos retrotraen a la primera

mitad del siglo XX. España, que se integró con esperanza a la Unión Europea en

1986, y logró poco a poco ir recuperando el gap de

su tardía incorporación a la

democracia, ve hoy cómo los logros sociales conseguidos en poco tiempo, se

deterioran rápidamente y se ven estructuralmente amenazados.

Es bastante evidente que todo ello tiene sus raíces

en un cambio muy profundo

del sistema económico y de las fuentes que los grandes intereses buscan para

satisfacer sus ansias de beneficio. Es evidente que

esas fuentes de beneficio se

buscan cada vez más en la economía financiera y cada vez menos en la economía

productiva. Las ventajas son evidentes, sobre todo

si uno lo ve desde el punto de

vista fiscal. El dinero circula, no tiene patria, cuesta mucho seguir su rastro en

plena maraña legal. Crece la evasión y, sobre todo,

la elusión fiscal. Prestar dinero

es mejor que pagar salarios, pagar impuestos, o preocuparse por conseguir cuotas

de mercado. Los poderes públicos están crecientemente en manos de los grandes

fondos de inversiones. Y deben plegarse a sus condiciones. Los medios de

comunicación, en plena crisis de soporte, van viendo absorbidas sus empresas por

los poderes financieros, poniendo en cuestión la independencia de la información.

En este contexto, el propio concepto de trabajo que

fue construyéndose en la era

industrial, y que vinculaba el trayecto vital al trabajo, va perdiendo sentido, y en la

misma proporción pierden fuerza el conjunto de políticas sociales que se crearon,

articulando trabajo con educación, con salud, con prestaciones de desempleo o

con pensiones. El trabajo está pasando de ser dependiente, permanente y

continuo, a ser no dependiente o falsamente autónomo, intermitente y precario. En

ese contexto, las estructuras de defensa de los derechos que se habían ido

creando van viendo amenazada su posición. Unos pocos, los más poderosos,

tienen mucha voz. Se les hace mucho caso, Muchos otros, los menos poderosos,

tienen muy poca voz. No se les oye. No cuentan.

¿Qué hacer? Demostrar que más desigualdad es menos

futuro. Luchar por más

transparencia, para que se pueda saber quién defiende qué, y qué intereses hay

detrás. Luchar de manera global por la legalidad fiscal. Avanzar en la creación de

una tasa sobre las transacciones financieras. Y sobre todo, ser consciente que

luchar por la democracia no es sólo luchar para que

cada cuatro años haya

elecciones, sino para asegurar los valores que la democracia incorpora. Que son

la justicia y la igualdad. En España necesitamos más transparencia que evite

que se repita el insoportable nivel de corrupción al que hemos asistido en los

últimos años, de clara colusión entre intereses económicos y uso sesgado y

desviado de las competencias que todos hemos delegado en los servidores

públicos. Necesitamos cambios en la legislación sobre partidos, para cambiar

tanto las vías de financiación de los mismos, evitando los contubernios y

mecanismos de presión aplazada que las donaciones acostumbran a generar, y

formas de elección de nuestros representantes que permitan mejores formas de

"accountability", de rendición de cuentas, para que

tengan que explicarnos qué

han hecho con nuestra confianza y con nuestros impuestos. Sería asímismo

importante avanzar en la defensa de los bienes comunes, de esos recursos

básicos (agua, energía, vivienda,...) sin los cuáles

la supervivencia y la cohesión

social no están garantizadas. Necesitamos en fin, un reset democrático, que

legitime de nuevo la política y lo público, como espacio de respuesta colectiva a

los problemas comunes.

El documento de Oxfam que se presenta a la cumbre de Davos entiendo que va

en esa misma línea. Aporta datos, incorpora grosor moral a sus propuestas, y

pone de relieve que si la sociedad civil global organizada es capaz de interactuar

de manera conjunta, conectando sinsabores, luchas y

conflictos, pero también

solidaridades, recursos e iniciativas a nivel global, también podría hacerlo los

poderes públicos, consiguiendo que los buenos propósitos que muchas veces en

cumbres de este tipo se plantean, puedan ser luego

seguidos e implementados.

Más igualdad es más justicia, más democracia.

Este artículo forma parte del informe de Oxfam Intermón Gobernar para las élites: riqueza extrema y abuso de poder.

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