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El deporte como excusa para la violencia

07/12/2014 09:52 CET | Actualizado 05/02/2015 11:12 CET

Este artículo ha sido escrito de manera conjunta con Eva Cañizares Rivas, vicepresidenta de la Asociación Andaluza de Derecho Deportivo

"Lo que se intenta es dar una lección, no acabar con la vida de nadie". Así describe uno de los hinchas participantes en la pelea entre ultras atléticos y deportivistas lo que ocurrió en Madrid este domingo, un encuentro entre radicales que llevaba tres semanas gestándose. No fue una emboscada. Los grupos radicales de ambas hinchadas sabían que iban a verse la mañana del domingo y que nada tenía que ver con un partido de fútbol. Se trataba, una vez más, de violencia; el deporte era sólo la excusa.

Los rasgos diferenciadores de estos grupos ultras son el alto grado de autorganización y el hecho de exacerbar sus sentimientos de fidelidad al club, todo lo cual les lleva a percibir a los aficionados y, en especial, a los grupos ultras rivales como enemigos. De esa forma, su visión del deporte es una visión distorsionada y maniquea, donde lo que importa a toda costa es mostrar la superioridad del propio club frente a los rivales. Las peleas de los radicales están muy organizadas e incluso pactadas de antemano, para hacerlas coincidir con los partidos, existiendo en ocasiones acuerdo previo para el lugar, las normas y hasta para el tipo de arma que usar en la contienda. A ello se unen las redes sociales, los foros, mensajerías instantáneas como Whatsapp, etc, y la inmediatez que todo ello proporciona en las comunicaciones, siendo éstas las formas que tienen los ultras para organizarse y citarse con los grupos de los equipos rivales, así como, también, para avisar a otros grupos radicales afines para que les presten apoyo, siendo el vínculo que les une, más que el ideológico, el objetivo común de incitar a la violencia.

Estos episodios de violencia entre hinchas constituyen uno de los más graves peligros que acechan al deporte, y en particular al fútbol, porque ponen en riesgo el mantenimiento de éste, no solo como un deporte sano, sino también como fuente de ocio, de progreso económico y de cohesión social. Empiezan a ser muchos los casos de violencia en los estadios, y las autoridades públicas no han estado pasivas ante este creciente fenómeno. En 2007 se promulgó la Ley contra la violencia, racismo y xenofobia en el deporte, y casi simultáneamente se creó el Observatorio. Pero entre esas intenciones iniciales y la puesta en práctica de medidas efectivas para detener el fenómeno, hay un gran vacío, debido a la falta de recursos de dicho Observatorio, así como a la improvisación y descoordinación en la aplicación de sanciones.

En cuanto al ámbito penal de estas acciones, hay que distinguir entre violencia espontánea y violencia intencional, y es en esta última donde debe ubicarse la pelea del domingo, pues los miembros de las bandas rivales se habían citado premeditadamente para encontrarse en un lugar cercano al Calderón, y así iniciar el enfrentamiento. Esta forma de actuar entra en el ámbito de las conductas castigadas por el Código Penal en su artículo 557, donde se castiga a los que, actuando en grupo, alteren el orden público, causando lesiones a las personas o daños en las propiedades, agravándose la pena si los hechos se producen con ocasión de la celebración de eventos o espectáculos o en el interior de los recintos donde se celebren estos eventos.

Así mismo, los hechos ocurridos en las inmediaciones del Calderón también se pueden encuadrar dentro del supuesto del artículo 154 del mismo Cuerpo Legal, que castiga quienes tumultuariamente riñan entre sí utilizando medios o instrumentos que pongan en peligro la vida o integridad de las personas. Lo relevante de este artículo es que prevé que haya sanción incluso cuando no haya resultado lesivo, y, si lo hubiera, como por ejemplo el homicidio, se aplicaría la sanción que correspondiera a éste.

Ahora bien, es evidente que además de esta responsabilidad penal de los directamente implicados en las peleas, y de la responsabilidad de las autoridades públicas en poner los medios -y aplicarlos- para evitar que se repitan éstas, la responsabilidad también alcanza a los clubes, puesto que en la mayoría de los casos se lavan las manos alegando que no es culpa del club, sino de determinados hinchas violentos que nada tienen que ver con este deporte, pero a los que, paradójicamente, siguen admitiendo en sus gradas, en lugar de procurar que sus actuaciones públicas hagan gala de los valores que propugna el deporte y que su gestión se ajuste a criterios de juego limpio, de respeto a las normas deportivas, a los rivales y a los aficionados.