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¿Qué necesitas?

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Foto: Getty Images.

En la vida de todas las personas surgen multitud de acontecimientos, buenos, malos o regulares, que van llenando de experiencias a cada uno. No es fácil saber cómo y de qué manera van a influir en la forma de ser ni en las decisiones futuras, pero no cabe ninguna duda de que todo tiene importancia, mayor o menor, en cómo será el futuro. La vida transcurre como una continua sucesión de vivencias encadenadas.

Sin embargo, hay momentos o situaciones en los que la vida se rompe. Una muerte, un traslado, una enfermedad, o cualquier situación traumática, pueden ser causantes de que la vida no vuelva a ser la que era. Después, cuando se mira con la distancia del tiempo, se ve claramente que aquello significó un punto de ruptura en la vida y que esa trayectoria se quebró sin solución.

Claro que, si ya es tan solo un recuerdo antiguo, el daño está hecho. Se puede reparar la herida en un proceso de psicoterapia profunda, pero las consecuencias causadas que se vivieron en el pasado, están ahí. Como psicoterapeuta humanista integrativo, me dedico diariamente a acompañar a mis pacientes a sanar aquellas heridas y a reparar sus consecuencias. Es este aprendizaje lo que me lleva a la reflexión que quiero plasmar en este artículo.

¿Qué podemos hacer para que esa ruptura no se produzca o al menos se minimicen sus consecuencias? Me refiero claro está, al momento en el que se produce. Muchas de estas situaciones son trascendentales en niños, también en la adolescencia y menos, aunque también se dan y pueden ser importantes, en la etapa adulta.

Me encanta una frase de Peter Levine, psicotraumatólogo norteamericano, gran estudioso del trauma, que dice algo así: "El trauma no se produce por la situación traumática en sí, sino por la falta de reconfortamiento durante e inmediatamente después". Es decir, cuando alguien vive un acontecimiento de pérdida o de gran sufrimiento, es fundamental contar con un apoyo afectivo cercano y sólido, que soporte el gran impacto que esta situación tiene en la persona que lo padece. Que le acompañe en ese tránsito con amor, comprensión, sintonía y paciencia. Que la persona que sufre pueda contar con un soporte afectivo que esté ahí, transmitiendo un apoyo sólido y fiable durante ese camino. Cuando hablamos de emociones, éstas deben ser auténticas y no fingidas, debe haber muchísima honestidad emocional en ese acompañamiento para que le sirva de verdad a la persona.

En la niñez, esa persona de soporte debería ser su padre o su madre, pero ¿qué pasa cuando el suceso es que uno de los dos o los dos mueren? ¿Qué pasa cuando uno de los dos se muere o desaparece y el otro está tan desolado que no supone ningún apoyo real y efectivo para el niño, que está ante un cataclismo de alta intensidad?

En otras ocasiones los padres están físicamente, pero justifican o racionalizan el acontecimiento sin darse cuenta de que el niño tiene unas necesidades concretas y una forma de vivir las situaciones diferente a la de los adultos, y que necesitan un soporte bueno para ellos. Tenerles en cuenta, a su medida. Estar cerca y acompañarles sin obligarles a que entiendan. Permitiéndoles que expresen sus emociones sin juzgarles ni enfadarse con ellos.

De forma similar podríamos ver las carencias que alguien puede tener en la adolescencia o en la etapa adulta. Las figuras que podrían y deberían darle ese soporte, o no están físicamente o no les aportan lo necesario a nivel emocional.

¿Cómo se puede evitar el trauma? ¿Cómo se puede hacer para reducir o evitar que las personas que viven en nuestro entorno cercano, sufran heridas profundas?

Cuando estoy acompañando a un paciente, con frecuencia me surge una pregunta: ¿Qué necesitas? Esa puede ser la principal actuación de ayuda que podemos darle a alguien que está cerca y puede necesitar nuestro apoyo.

Ese paso es tremendamente importante pues, aunque no hubiera nada más, la persona que recibe esa pregunta al menos sabe que estás ahí, disponible para él o ella. Que le has brindado ayuda. Que no está solo o sola. Además, la pregunta le ofrece la posibilidad de aceptar o rechazar el ofrecimiento. Eso es muy importante para que lo que surja a continuación sea relacionalmente sano. Debemos ofrecer, no invadir. Podría no ser su momento para aceptar o simplemente necesita un tiempo para descubrir cuáles pueden ser sus necesidades.

Puede pasar que la persona esté tan colapsada emocionalmente que no pueda responder a esa simple pregunta. Entonces podremos tomar la iniciativa aportando un acompañamiento afectivo y protector, siempre con un respeto absoluto a su situación. Es fundamental que cada intervención sea con la intencionalidad puesta en la persona que sufre. Que el ayudador no actúe para sentirse mejor él sino para que se sienta mejor la persona a quien apoya.

Y recordad, si como persona cercana a alguien que sufre no sabes cómo puedes ayudarle, siempre está la psicoterapia. Los psicoterapeutas nos preparamos profesionalmente para realizar esa ayuda de forma sana y efectiva, tanto a la persona que ha sufrido el impacto como a la que está a su lado sin saber qué puede hacer para ayudarlo.

¿Qué necesitas? ¿Cómo puedo ayudarte?