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Sobran emprendedores en España y faltan empresas de entidad

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Me sigue sorprendiendo la fe ciega que tienen algunos en el emprendimiento, al que ven casi como la única vía posible para resolver todos los males económicos de este país.

Con vehemencia, nos vienen a decir esos profetas del venture capitalism que España, un país aquejado sobre todo por la baja productividad, por centrarse en actividades de escaso valor añadido y por la insuficiente presencia internacional de sus empresas (entre otros males), empezaría a ver el futuro de otra manera si los chavales, que sólo aspiran a convertirse en funcionarios o que ingenuamente esperan a que alguien les ofrezca un puesto generosamente retribuido en una gran y prestigiosa empresa, volcaran sus energías en crear su propia compañía, liberando así energía, creatividad y riqueza por doquier.

Pero mucho me temo que la cosa no es tan sencilla. Incluso diría que es al revés. En España, hemos sido siempre unos campeones en eso del emprendimiento. Si uno mira la composición de nuestro tejido empresarial, se convencerá pronto de que vivimos en tierra de emprendedores. De los algo más de tres millones de empresas que hay, 1,8 millones no tienen asalariados, y casi un millón y medio más no llega a 10 trabajadores. Sólo 120.000 compañías pasan de esa cota de 10 empleados, y sólo 1.700 empresas se pueden considerar grandes empresas (que tienen más de 500 empleados).

Es decir, que básicamente tenemos un país de gente que se lo ha montado por su cuenta, conduciendo un taxi, abriendo un bar o una frutería, montando una franquicia de informática o de perfumes de marca blanca, haciendo chapuzas a domicilio, diseñando casas, escribiendo libros o artículos, o dando clases particulares.

De los algo más de tres millones de empresas que hay, 1,8 millones no tienen asalariados, y casi un millón y medio más no llega a 10 trabajadores. Sólo 120.000 compañías pasan de esa cota, y sólo 1.700 se pueden considerar grandes empresas.

Es verdad que nuestros emprendedores no tienen mucho que ver con esos mitificados pioneros de Silicon Valley que se han forrado creando redes sociales o aplicaciones que usa gente de medio mundo. Pero conviene tener en cuenta que el emprendedor no sólo es el chico listo que acaba su ingeniería para dar con un algoritmo multimillonario, que en Silicon Valley sólo un ínfima parte de las historias acaban bien, y que nosotros carecemos de los inversores, que son el caldo de cultivo empresarial del valle californiano.

Por las características de la economía española -tan minifundista-, y por nuestro carácter marcadamente individualista, hemos sido básicamente un país de empresarios de uno mismo. El problema, pues, no es que falten emprendedores. El problema es que esos proyectos unipersonales casi nunca sobreviven más de cinco o 10 años, y en muy raras ocasiones acaban escalando para convertirse en empresas de cierta entidad.

El problema de nuestras compañías es de tamaño y de longevidad. Y éste sí que es un asunto crucial, pues se sabe que, cuanto mayor es una empresa, más productiva es, más fácilmente encuentra financiación, y más proclive será a hacer productos innovadores, entre otras cosas porque acabará compitiendo en un mercado global y más exigente. Además, el nivel de sueldo, la carrera profesional y la formación de los empleados también dependerán mucho de las dimensiones de la compañía para la que trabajan.

El tamaño medio de las empresas de las economías que admiramos, incluida la estadounidense, es significativamente mayor que el que se puede encontrar en España. Un dato: por término medio, las compañías españolas dan trabajo a 4,6 personas, mientras que las alemanas, por ejemplo, emplean a una docena.

El problema de nuestras compañías es de tamaño y de longevidad. Y éste sí que es un asunto crucial, pues cuanto mayor es una empresa, más productiva es, más fácilmente encuentra financiación, y más proclive será a hacer productos innovadores.

¿Por qué pasa esto? Por un lado, nos hacen falta mejores y más ambiciosos gestores. Muchas empresas son familiares, y crecer significa para sus dueños perder el control y "meterse en líos"; de ahí que, llegado a un punto, la opción preferida sea mantenerse. Pero también hay factores en la regulación laboral o fiscal que frenan el crecimiento.

Un par de ejemplos: muchos gestores no ven con buenos ojos que, a partir de 50 puestos de trabajo, sus empleados tengan la posibilidad de crear un comité de empresa. También muchos evitan pasar de los seis millones de euros de facturación porque, llegados a esa cota, el control fiscal y la probabilidad de inspección aumenta considerablemente. Son sólo dos casos de normativas bien intencionadas, pero que habría que repensar para que no se conviertan en obstáculos para el crecimiento.

También convendría fomentar la colaboración entre empresas y empresarios. Nadie sabe hoy de todo, ni es capaz de afrontar sólo un proyecto de dimensión internacional. Sin embargo, muchos gerentes no quieren trabajar codo con codo con otros porque temen perder el control del cliente o del proyecto.

Como decía más arriba, las economías que mejor funcionan son aquellas en las que el proyecto del emprendedor trasciende y acaba convirtiéndose en el embrión de una empresa mediana o grande. Silicon Valley no es grande por los miles de soñadores que cada año prueban suerte en sus redes de emprendimiento. Silicon Valley es grande porque, al final, hay algunos que acaban convirtiendo su sueño en una gran empresa global con miles de empleados, una estructura internacional y miles de millones dedicados al I+D que harán sus productos imbatibles.

Apple, Google, Linkedin, Salesforce, Netflix, Juniper, Tesla, Facebook... lo atestiguan.

 

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