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Los toros y Rafael Sánchez Ferlosio

09/08/2012 08:22 CEST | Actualizado 08/10/2012 11:12 CEST

Creo que era Javier Marías quien decía no hace mucho que ya no hay debate, que ya nada provoca reacciones enfrentadas, siempre útiles para retratar una sociedad y sus circunstancias. Cuando alguien como Rafael Sánchez Ferlosio se toma su tiempo para escribir un artículo (¡tardó un par de meses en escribir sobre la JMJ!) hay que leerlo dos o tres veces y, como poco, comentar la jugada, aunque sea en el bar con los colegas. Es así que Ferlosio publicaba en El País el pasado domingo 5 de agosto de 2012 un texto que en ningún caso debería pasar inadvertido: Patrimonio de la Humanidad. Está escrito con un ritmo y una agilidad mental fuera de toda discusión, pero es que además en el fondo del asunto aparecen una serie de cuestiones alrededor del, digamos, "problema taurino" que el autor de El Jarama arroja como un guante a la cara de los políticos e intelectuales carpetovetónicos que, con mejor o peor fortuna, defienden la llamada Fiesta Nacional. Y no sólo a ellos.

Para empezar, Ferlosio entra como un bulldozer en la cuestión "cultural". En un primer párrafo demoledor, el autor ya deja muy claro el planteamiento general de lo que a partir de ahí va desarrollando. Es casi imposible resumirlo (consulten el enlace, si tienen a bien) pero llama la atención que, ¡por fin!, alguien se cargue de un plumazo el sensiblero argumento de "la tortura no es cultura" al que se han agarrado insistentemente los antitaurinos catalanes para elevar la cuestión a su Parlamento y conseguir así la tan odiada, por el más rancio españolismo, prohibición de las corridas de toros. "A la mera palabra 'cultura' (dice Ferlosio) se le cuelga impropiamente una connotación valorativa de cosa honesta y respetable". Y más adelante entra a matar: "La cultura es desde siempre, congénitamente, un instrumento de control social o político-social cuando hace falta". Negar, pues, a la tauromaquia su carácter "cultural" no es suficiente. Y que conste en acta que un servidor considera lícita la compasión por el animal que sufre en el ruedo, pero el problema es de una dimensión bastante mayor que la de la simple burrada cruel. Es ⎯anticipémoslo ya⎯ una cuestión de dignidad humana.

¿De dónde viene el equívoco? Simplemente, y así lo apunta nuestro hombre, de "esa actitud, tan del PSOE de González, de privilegiar la Cultura como cosa excelsamente democrática y así se ha popularizado la manía de estar viendo cultura por todas partes, con nuevas y baratas invenciones". Las generaciones de rojos y progres que nacieron después de la guerra civil pero aún tuvieron tiempo de correr delante de los grises, e incluso de dar con sus huesos en la cárcel, veían los toros como parte fundamental del "pan y circo" franquista. Y cuando parecía que el espectáculo moriría con nuestros abuelos, llegaron los años ochenta y con ellos el boom de la Cultura de la Transición (ver CT o la Cultura de la Transición, VV. AA. Guillem Martínez, coord., Debolsillo, Barcelona, 2012). La horrorosamente llamada "Movida" no fue un movimiento homogéneo ni mucho menos y fue entonces cuando algunos de sus más famosos representantes sufrieron un ataque de neoespañolismo agudo y se pusieron una gorrilla, un puro entre los dientes, agarraron la copa de coñac y se sentaron en los tendidos de Las Ventas. (Sirvan como ejemplos la canción Que Dios reparta suerte de Gabinete Caligari y la película Matador de Almodóvar.) De repente, las corridas ya no eran un símbolo franquista detestable sino un signo de moderna identidad nacional, una parte inseparable de la Cultura Española que, además, servía para superar las viejas rencillas entre las Dos Españas. Al PSOE de González le vino de perlas la jugada y reutilizó, con renovados bríos, la tauromaquia como cultura y así cumplir con esa "función gubernativa [que] tiende siempre a conservar y perpetuar lo más gregario, lo más enajenante, lo más homogeneizador". (Aquí añade Ferlosio que esa función está "hoy muy cabalmente representada por ese inmenso CERO que es el fútbol". Y nosotros aún diríamos más: "¡Y las olimpiadas!").

Esta crítica política es, cuando menos, muy rara de ver en los medios de comunicación patrios. Debemos felicitarnos por ello, sí, pero a Ferlosio no se le acaba aquí la munición. Cita la cachaverosódica propuesta de Esperanza Aguirre de que las corridas de toros sean consideradas "Patrimonio de la Humanidad" y lo hace convencido (y de hecho nos convence) de que la intención es darles a los catalanes una lección de cultura. Cuenta Aguirre también con una corte "de apologetas castellanos como algo más filosóficos o sofisticados, que o bien niegan el placer del sufrimiento o le dan una connotación espiritual". Y aquí hacen una triunfal aparición, como si fueran un cartel estelar en la Feria de San Isidro, Víctor Gómez Pin, Fernando Savater y el mismísimo Ortega. Dice el primero que "el sacrificio sería simplemente el precio por un rito de marcado peso simbólico y artístico". ¿Simplemente? "Complicadísimamente", responde Ferlosio. Savater, por su parte, pasa olímpicamente del sufrimiento y se hace novio de la muerte: "Sí, en el toreo está presente la muerte, pero como aliada, como cómplice de la vida: la muerte hace de comparsa para que la vida se afirme". A propósito de esta tremebunda frase, me comentaba Javier F. Soto que el filósofo se pilla los dedos. ¿Acaso no serviría también para justificar el tiro en la nuca de ETA? ¿Es arte el atentado de Hipercor o el asesinato de Lluch? La muerte es una novia muy celosa, decía Moncho Alpuente cuando hablaba de Millán Astray y las múltiples mutilaciones sufridas por coquetear con ella. Casi como si le contestara, Ferlosio subraya los "inmensos servicios prestados [por la muerte] al congénito narcisismo de los poetas".

Y aquí debemos hacer un alto en el camino para dirigirnos directamente a Fernando Savater y pedirle que intente, en la medida de sus posibilidades, responder a lo anterior. Si alguien está tan convencido de un argumento de tal calibre, debería al menos aplicarlo a cualquier circunstancia o (y seamos un poco macarras) tragarse sus palabras. Mientras esperamos ansiosos esa respuesta, Ortega nos da la medida de lo que España es: "No puede comprender la historia de España quien no haya construido, con rigurosa construcción, la historia de las corridas de toros". El ortegajo, como lo llama Ferlosio, es (y sigamos siendo macarras) de mear y no echar gota. Y ya sólo por curiosidad: ¿alguien responderá con el sobado argumento de Goya y Picasso y sus representaciones de corridas? En ese caso sería muy de agradecer que salgan a relucir Los desastres de la guerra y el Guernica y lo bien que nos vendrían para elevar la categoría moral de las intervenciones en Afganistán o Libia...

El argumento final de Ferlosio en su artículo utiliza un texto del periodista Javier Ortiz en el que no se habla de la tauromaquia desde el punto de vista del sufrimiento animal sino desde el comportamiento de los hombres. El 'desplante' de los toreros, "el ahí queda eso", dice don Rafael, "me parece el paradigma del alma-hecha-gesto de la españolez". Poco se puede añadir a esto. Muchas veces hablamos de "americanadas" para referirnos despectivamente a cualquier producto (ya sea una Coca-Cola o una matanza en un cine) que venga de USA, pero pocas veces vemos lo que la españolez gesticulante puede llegar a significar. Gran parte de la política y la cultura españolas adquieren su masa y su peso específico gracias a esa especie de bosón de Higgs chuleta que es la españolez y su machismo subyacente.

Entonces, ¿se puede añadir algo más? Pues sí: Ferlosio remata la faena (¡permítasenos la expresión taurina!) con firmeza imbatible: "Mi ferviente deseo de que los toros desaparezcan de una vez no es por compasión de los animales sino por vergüenza de los hombres". Ahora ya sí que sí, ya no queda más que decir. Bueno, quizá sólo desear que Ferlosio siga escribiendo y ponga todas las picas que este Flandes tanto necesita.