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Las nueve amenazas para el matrimonio más ignoradas

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MARRIAGE PROBLEM
Peter Cade via Getty Images
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Me siento mal por la comunicación en el matrimonio, porque siempre le echan la culpa de todo. Generación tras generación y estudio tras estudio, las parejas han calificado la comunicación matrimonial como el mayor problema en el matrimonio. Y no lo es.

La comunicación matrimonial está pagando el pato. Es como el niño que responde cuando le pegan en el recreo. Los profesores al cuidado oyen el escándalo y giran la cabeza en el momento justo para ver la represalia. El niño no creó el problema, sino que estaba reaccionando ante él. Pero es a él a quien han pillado, así que lo mandan al despacho del director.

O, para el caso de la comunicación matrimonial, a terapia.

Me siento mal por la comunicación matrimonial, porque todo el mundo se alía contra ella, cuando lo cierto es que en el escenario del matrimonio, sólo está reaccionando ante alguno de los agitadores que empezó la pelea:

1. Te casas con alguien porque te gusta quién es. La gente cambia. Tenlo en cuenta. No te cases con alguien por quién es, o por quien quieres que sea. Cásate con alguien por la persona en que se va a convertir. Y luego pásate la vida acompañándole en su desarrollo, al tiempo que él te acompaña en el tuyo.

2. El matrimonio no acaba con la soledad. Estar vivo significa estar solo. Es parte de la condición humana. El matrimonio no cambia la condición humana. No puede evitar por completo la soledad. Y cuando nos sentimos solos, culpamos a nuestra pareja por hacer algo mal, o buscamos compañía en otra parte. El matrimonio debe ser un lugar en el que dos humanos comparten la experiencia de la soledad y, al compartirla, crean momentos en los que esa soledad se disipa. Durante algún instante.

3. La carga de la vergüenza. Sí, todos la llevamos. Nos pasamos la mayor parte de nuestra adolescencia y juventud intentando fingir que nuestra vergüenza no existe. Por eso, cuando la persona que amamos la provoca en nosotros, le culpamos por crearla. Y exigimos que lo arregle. No obstante, lo cierto es que ellos no la crearon y ellos no pueden arreglar la situación. A veces, la mejor terapia matrimonial es la terapia individual en la que trabajamos para curar nuestra propia vergüenza y para no transferirla a nuestros seres queridos.

4. El ego gana. Todos lo tenemos. Dimos con él sin buscarlo. Probablemente, apareció en el colegio, la primera vez que un niño se portó como un capullo con nosotros. O quizás incluso antes, si algún miembro de nuestra familia ya lo hizo. El ego era algo bueno. Nos mantuvo a salvo de las flechas y las lanzas emocionales. Pero, ahora que hemos crecido y nos hemos casado, el ego es un muro que separa. Es el momento de derribarlo. Basta con mostrarse abiertos en vez de a la defensiva, perdonar en vez de vengarse, pedir disculpas en vez de culparse, exhibir vulnerabilidad en vez de fuerza y delicadeza en vez de poder.

5. La vida es un caos y el matrimonio es vida. Por tanto, el matrimonio es un caos también. Y cuando las cosas dejan de funcionar a la perfección, empezamos a culpar a nuestra pareja por los problemas. Añadimos un caos innecesario al desastre de por sí inevitable que es la vida y el amor. Tenemos que dejar de señalar con el dedo y empezar a entrelazarlos. Entonces, seremos capaces de caminar y superar el caos de la vida juntos. Libres de culpa y de vergüenza.

6. La empatía es compleja. Por su naturaleza, la empatía no puede ocurrir simultáneamente entre dos personas. Siempre hay uno de la pareja que tiene que ir primero, y sin garantías de que sea recíproco. Se corre un riesgo. Es un sacrificio. Por tanto, la mayoría esperamos a que nuestra pareja dé el primer paso. El tira y afloja de la empatía puede llevarnos toda la vida. Además, cuando un miembro finalmente se tira a la piscina, puede darse un panzazo. Lo cierto es que las personas que amamos tienen fallos y nunca serán el espejo perfecto que nos gustaría. Pero, ¿podemos quererlos pese a todo y dar nosotros mismos el primer paso hacia la empatía?

7. Nos preocupamos más de nuestros hijos que de la persona que nos ayudó a crearlos. Nuestros hijos nunca deberían ser más importantes que nuestro matrimonio, pero tampoco menos. Si son más importantes, esos diablillos lo notarán y lo utilizarán para crear divisiones y polémica. Si son menos importantes, harán todo lo posible por que se les dé prioridad. La familia consiste en un trabajo continuo y constante para encontrar el equilibro.

8. La lucha de poder oculta. La mayoría de los conflictos en el matrimonios son, al menos en parte, una negociación en torno al nivel de interconexión entre los amantes. Los hombres normalmente quieren menos. Las mujeres normalmente quieren más. A veces, estos roles están invertidos. Pero, independientemente de ello, cuando lees entre líneas la mayoría de las peleas, ésta es la pregunta que te encuentras: ¿Quién decide cuánta distancia mantenemos entre nosotros? Si no hacemos esta pregunta explícitamente, discutiremos por ella de forma implícita. Para siempre.

9. Ya no sabemos cómo mantener el interés en una cosa o en una persona. Vivimos en un mundo que atrae nuestra atención de millones de formas diferentes. La práctica de la meditación -atender a una cosa, volver luego nuestra atención hacia ella cuando nos distraemos, y repetirlo una y otra vez- es un arte esencial. Cuando nos vemos obligados a prestar atención a todas las cosas que brillan y a seguir para adelante cuando nos aburrimos un poco, hacer de nuestra vida una meditación sobre la persona que queremos supone un acto revolucionario. Y es imprescindible para que un matrimonio sobreviva y prospere.

Como terapeuta, puedo enseñar a una pareja a comunicarse en una hora. No es complicado. Pero para controlar a los agitadores que empezaron la pelea... Bueno, eso lleva una vida entera.

Y aun así.

Es una vida entera que nos forma como personas que se convierten en versiones más amables de nosotros mismos, que pueden soportar el peso de la soledad, que se han liberado de la carga de la vergüenza, que han construido puentes, que han aceptado el caos de estar vivos, que se arriesgan por la empatía y perdonan las decepciones, que quieren a todo el mundo con el mismo fervor, que dan y toman y se comprometen, y que se han entregado a una vida de presencia, conciencia y atención.

Así que ésa es una vida por la que merece la pena luchar.

Este post apareció anteriormente en DrKellyFlanagan.com

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de The Huffington Post y ha sido traducido del inglés.

Traducción de Marina Velasco Serrano