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Vegetales discriminados: 'the ugly food'

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Foto: ISTOCK

Históricamente, la fealdad siempre ha estado relacionada con la mezquindad y la perversión, incluso en las personas; el esquema, el chico guapo y el malo feo lo ha explotado Hollywood durante años, con pocas excepciones (aunque esto, curiosamente se hace menos evidente si se trata de personajes femeninos; en este caso, la mala puede tener atributos perversamente seductores).

Las frutas y las verduras feas están moralmente discriminadas. Es decir; prejuzgadas por su fealdad. De ahí que, en todo el mundo, se tiren mil trescientos millones de toneladas de alimentos a la basura al año. Estas frutas y verduras feas se alejan del canon hegemónico de las frutas y verduras con atributos de belleza vinculados con expectativas de sabores suculentos. Como consecuencia, millones de alimentos se apartan y se tiran pues en los vertederos, porque no cumplen los criterios estéticos de forma y color impuestos por los propios consumidores de forma implícita y por los prerrequisitos de los supermercados. A este proceso se suman los proveedores, ya que les resulta más rentable disponer de mercancías clónicas, fáciles de embalar y almacenar. Por esta razón, los recolectores a gran escala se deshacen automáticamente de las verduras y frutas caídas en desgracia.

A mi juicio, el criterio de lo que es feo o bello es, como mínimo, controvertido: una graciosa zanahoria con dos cabezas, un tomate con un cuerno, un pimiento retorcido, un pepino o un calabacín gigantescos y torcidos, unas acelgas soleadas o unas espinacas con las puntas desleídas hasta la lividez por el rigor solar... se alejan de lo prescrito por el criterio modelo. Pero lo que es o no es admisible es un hecho cultural y, por tanto, modificable. La diferencia que observamos de forma y color dentro de un mismo grupo vegetal (entre manzanas, por poner un ejemplo) nos arrastra a la creencia de que las frutas y verduras feas y las bellas serán marcadamente opuestas en su sabor; las feas serán poco sabrosas e, incluso, nocivas para el estómago y la salud. Como si la belleza y la calidad estuvieran unidas por un lazo indisoluble. Las feas están revestidas de estereotipos negativos; ante ellas sentimos un miedo inconfeso que nos induce a observarlas con suspicacia.

Quizás nuestro país quiera sumarse y emprender campañas para que consumidores, distribuidores y puntos de venta modifiquen sus cogniciones y den una oportunidad a la fealdad.

Contrarrestando la inhibición moral, inconsciente, ante este disparate de toneladas derrochadas a la basura, cada vez más personas en el todo el mundo toman consciencia de la injusta discriminación hacia los vegetales feos. Para empezar, una conocida cadena europea de supermercados ha asumido el reto de otorgar derechos auténticos a las frutas y verduras que fracasan en el casting de belleza, ofreciéndolas a precios más que ventajosos. Vegetales para los que se reivindican el derecho a ser consumidos, independientemente de su color o forma, de ser degustados sin prejuicios ni discriminaciones. Sin duda, se trata de una iniciativa inspirada por los esfuerzos de la Unión Europea (2014 fue el año europeo contra el despilfarro de alimentos). Otro proyecto semejante es el de la cooperativa portuguesa Fruta Horrible, rescatadora de los alimentos feos para ayudar a las familias que no pueden pagar los precios de los supermercados.

Es obvio que la iniciativa de la cadena de supermercados citada parte de intereses comerciales; intereses que, sin duda, consideramos legítimos. Observemos este proyecto desde el pragmatismo: si se expande, si muchas otras cadenas se suman a dicha aventura comercial, muchas personas en todo el mundo tendrían la oportunidad de comer a diario y no tan sólo de vez en cuando. Aun así, lo que me parece realmente propicio y loable son los movimientos que ya despuntan en las ciudades de más renombre de los Estados Unidos como el de la ugly food: una especie de gesto contracultural a la americana que subvierte la relación entre belleza y capacidad nutritiva. Si este movimiento toma dinamismo, las consecuencias alimentarias son obvias, pero también tendría una gran incidencia, y de gran calado, en las creencias y actitudes de muchos mortales. La toma de conciencia, el sentimiento de autoeficacia, la responsabilidad y la indignación me parecen ingredientes necesarios para la acción y, por tanto, para la participación política de la ciudadanía.

Quizás nuestro país quiera sumarse y emprender campañas para que consumidores, distribuidores y puntos de venta modifiquen sus cogniciones y den una oportunidad a la fealdad.