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Gdeim Izik: la importancia política del alma

25/07/2017 07:30 CEST | Actualizado 25/07/2017 07:30 CEST

Getty Images
Familiares de los muertos en Gdaim Izik reclaman justicia el pasado enero frente al tribunal que ha impuesto duras condenas a 19 de los 24 activistas saharauis.

Gdeim Izikamplió los márgenes de la lucha por la democracia real en todo el planeta. La población saharaui, sometida a la dominación ilegal marroquí, mostró al mundo que todavía existen fórmulas para hacer valer la voluntad mayoritaria de la gente, aun residiendo en un territorio ocupado por un Estado en manos de una monarquía despótica y violenta.

Con su audacia, las personas que habitaron durante más de un mes el Campamento de la Dignidad en el Sáhara Occidental, demostraron que el uso del espacio puede llegar a preocupar, y mucho, al poder. Incluso cuando éste se halla en un entorno no urbano, ubicado a kilómetros de distancia de cualquier edificio oficial. La presencia en un tiempo y un espacio impropio de colectivos que revindican oportunidades de trabajo, más transparencia, mejoras en la administración de los bienes y servicios, y por supuesto, su derecho a la autodeterminación, hizo posible que se reconsiderara el papel que hasta entonces había jugado la esfera pública en la articulación de ciertas demandas democráticas. Eso sí, dejando bien claro que una multitud que protesta en un espacio concreto, en lugar de simplemente transitar por él, puede cuestionar con su sola presencia el orden establecido.

Siguiendo los pasos dados por el pueblo saharaui, otros países del Norte de África, como Túnez, Egipto o Libia, hicieron lo propio al exigir reformas democráticas a sus respectivos gobiernos. Y, en apenas unos meses, esta disputa del espacio como vía para la ampliación de la participación política, se había reproducido también en Siria, Yemen o el propio reino de Marruecos. De tal forma que, sin el patrón adelantado primero por el Aiún, pasando por El Cairo hasta llegar a Damasco, hubiera sido imposible imaginar el desarrollo que tuvo posteriormente el 15-M en nuestro país, ni identificar sus ecos en otros movimientos similares como el acontecido en la plaza Syntagma de Atenas o el Occupy Wall Street de Nueva York.

Por más años de condena injusta que puedan pesar sobre quienes participaron en estas pioneras protestas, sus planteamientos ya han escapado a cualquier tipo de control estatal.

El uso del cuerpo como herramienta para la elaboración de alianzas políticas en el espacio público, de manera horizontal, y retransmitidas en directo a través de las redes sociales, se ha convertido en el más actualizado de los procedimientos para combatir cualquier tipo de mala praxis gubernamental. Luego, es probable que por esa razón, la respuesta dada a esta nueva estrategia de cambio haya coincidido, a nivel global al menos, en un aspecto concreto: la necesidad de evitar a toda costa que la gente pueda convertir su residencia en el espacio público en un ejercicio de resistencia.

En este sentido, las desproporcionadas penas de cárcel que el pasado 19 de julio recibían veintitrés de los miles de saharauis que pusieron en marcha este pionero mecanismo de lucha, parece no tener otro fin que el de imponer un "castigo ejemplar" que siembre el miedo entre el resto de la población. Sin embargo, se equivoca Mohamed VI (como lo ha hecho Rajoy a través de medidas como la ley mordaza) al creer que con represión se pueden minimizar los efectos de semejantes acontecimientos. Por más años de condena injusta que puedan pesar sobre quienes participaron en estas pioneras protestas, sus planteamientos ya han escapado a cualquier tipo de control estatal. Poco importa, desde este punto de vista, que muchos de los regímenes que inspiraron estas movilizaciones continúen todavía en pie y haciendo de las suyas... Desde aquellos sucesos una porción creciente de la ciudadanía ha interiorizado una premisa revolucionaria: para defender la democracia hay que poner el alma en las calles.

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