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La (no) opinión de las mujeres

08/03/2016 07:17 CET | Actualizado 08/03/2016 07:17 CET

La evidencia está al alcance de todos: el número de artículos de opinión escritos por mujeres en la prensa nacional e internacional es alarmantemente bajo. Según las pocas cifras que se manejan al respecto, las firmas femeninas constituyen entre el diez y el veinte por ciento de estos artículos y en algunos casos el porcentaje es incluso menor.
Esto quiere decir que buena parte del debate público lo definen y lo guían, esencialmente, hombres. Ello a pesar de que, no solamente la mitad de la sociedad (y potenciales lectores) son mujeres, sino que, a día de hoy, como revelan numerosos estudios, el número de mujeres profesionales y expertas en condiciones de emitir opiniones informadas sobre diferentes temas de actualidad es, por lo menos, equiparable al número de hombres.

En nuestro país, un estudio realizado en 2013 por el Observatorio Cultural de Género para el ámbito de Cataluña (aunque, como señala su directora, Mª Angels Cabré, los resultados deberían ser extrapolables al resto del Estado) concluía que sólo un 21,43 por ciento de los artículos de opinión en prensa escrita los firman mujeres. Es decir, menos de la mitad de lo que sería representativo de la sociedad en su conjunto y, por tanto, deseable en una democracia. (El periódico ABC contenía el menor porcentaje de firmas femeninas en su sección de opinión con un quince por ciento y el porcentaje más alto lo alcanzaba El País con casi un veintiséis por ciento que, sin embargo, descendía a un 6,6 por ciento en la tribuna principal, antes conocida como La Cuarta Página).

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Batch: Parker Dufold, ca 1928. (Wikimedia Commons)

En EEUU, The OpEd Project, asociación creada en 2008 con el objetivo de promover la diversidad y calidad de las ideas que se divulgan en los medios, publicaba resultados similares en su informe más reciente, 2012 Byline Report, realizado a lo largo de 2011. Destacaba, al mismo tiempo, una mayor participación femenina, hasta un 33 por ciento, en los llamados nuevos medios (como El Huffington Post), y hasta un 38 por ciento en las revistas universitarias. Concluía además que el número de firmas femeninas en los medios tradicionales había aumentado en los últimos seis años (un 5 por ciento en el New York Times y un 9 en el Washington Post, por ejemplo). Sin embargo, explica el informe, cuando se analiza en detalle sobre qué temas escriben unos y otras, el panorama resulta menos alentador y puede constatarse que las autoras de opinión se concentran en ámbitos de actualidad y conocimiento tradicionalmente asociados a la mujer (temas de género, comida, familia, moda, salud). Por ejemplo, tan solo un once por ciento de los artículos de opinión sobre economía los firmaban mujeres (solas o en coautoría), a pesar de que ya en 2003 el 32 por ciento de los doctores en Economía egresados de las universidades estadounidenses eran mujeres.

¿Cuáles son las razones de esta disparidad entre nivel de formación y pericia, por un lado, y aportación al debate público, por otro? Existen factores estructurales, como la mayor presencia de hombres en las redacciones de prensa escrita; hombres que, en principio, tienden a favorecer las aportaciones de los miembros de su sexo, porque, en términos generales, se identifican con ellos y, frecuentemente, comparten las mismas redes y círculos sociales. Pero, sobre todo, está el hecho de que son menos, tanto las mujeres que espontáneamente envían textos a las redacciones de opinión, como aquellas que aceptan invitaciones para escribir sobre temas específicos en calidad de expertas.
En 2008, Autumn Brewington, redactora de opinión de The Washington Post, por ejemplo, estimaba que tan solo uno de cada diez artículos de los más de cien que recibía diariamente estaba escrito por una mujer. Las cifras dadas por otros redactores coinciden.

En un análisis sobre la desigual participación de hombres y mujeres en los blogs políticos, Silvia Claveria explica que "los hombres son más proclives a sentirse más confiados en sus capacidades, más seguros en sus ideas, menos adversos al riesgo" que las mujeres y, por tanto, tienen menos prurito a la hora de expresar y difundir sus opiniones.

Las mujeres, por el contrario, sobre todo las generaciones de más edad, han sido socializadas desde la infancia en la discreción y la escucha, a no ser vehementes y procurar agradar al prójimo. Como sugiere la periodista canadiense Olivia Lévy, este tipo de socialización hace que las mujeres se vuelvan más vulnerables a la exposición pública y estén menos acostumbradas a recibir críticas que los hombres.
Esto dificulta enormemente la participación en el debate público, pues cuando uno se expone públicamente y expresa sus opiniones, siempre va a encontrar críticas; es imposible agradar a todo el mundo.

Desde esta perspectiva, estaríamos ante un problema de actitud que explicaría también la resistencia incluso de aquellas mujeres a quienes se invita a escribir sobre temas en los que son reconocidas expertas. Algunas piensan que sus conocimientos no son suficientemente relevantes, o tienen miedo a no estar "a la altura" de lo que, asumen, se espera de su aportación.

Este problema de actitud exige un esfuerzo y un cambio de mentalidad por parte de las mujeres que están en posición de contribuir con su opinión al debate público. Pero también de la sociedad en su conjunto para la cual, por la inercia de patrones y modelos del pasado, el prototipo del experto, el pensador, el autor de opinión, etc. sigue siendo un hombre (probablemente blanco y con alguna cana); y para la cual (incluidas las mujeres) la opinión vertida por un varón sigue pesando más que la de una mujer.
Con el fin de combatir estos prejuicios y aumentar la visibilidad de las mujeres en el debate público son cada vez más numerosas las plataformas digitales como SheSource, o Plataforma Expertas en España, que ofrecen bases de datos de expertas mujeres destinadas a periodistas, productores de televisión, editores y otros profesionales cuya actividad requiere de fuentes especializadas. Recordemos, como dice la periodista Katherine Lanpher, que participar de los espacios de opinión no es un mero asunto de escritura - es una cuestión de poder; de capacidad para influir en la agenda pública y, en último término, contribuir a cambiar esas mismas estructuras que actualmente dificultan o desincentivan el que, entre otras cosas, más mujeres compartan su opinión.