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Diario de una JESP: El piso compartido

13/08/2012 10:33 CEST | Actualizado 11/10/2013 12:04 CEST

Las ocho. Suena el despertador. Es el día y la hora de buscar trabajo. Pero antes, un café para espabilarme. De camino a la cocina paso por el salón. Me encuentro a Jess, mi flatmate americana, acompañada de un extraño con boina. "¡Uy, perdona! ¿Te hemos despertado?" Frotándome los ojos, respondo: "Ehhh... mmm, no. Simplemente ha sonado el despertador y me he levantado, como todos los días a estas horas. Es que son las ocho". "Oh, good morning! ¿Quieres una birra?" "Ehhh, mmmm. Gracias, muy tentador, desde luego. Pero tengo la extraña costumbre de empezar el día con un café". Me presenta a Pedro Paolo, un brasileño que por lo visto conoció ayer -aún hoy para ella- de fiesta. Me tiro el pisto recitándole los tacos que me enseñaron sus compatriotas durante mi viaje de mochilera a su país, hace un par de años. Después de las risas me cuenta que vive en Bray, a unos cuantos kilómetros de Dublín, y que anoche se vino él solo a la capital a palpar el ambiente, sin lugar donde dormir. Me parece que ya sé dónde y con quién va a hacerlo... ¡Y no me refiero a mí!

Buscando mis cereales en el armarito me doy cuenta de que allí solo está la comida que yo he comprado. Ni rastro de la de Jess. ¿Pero cómo sigue viva esta mujer? No veo ni un tomate, ni unas galletas, ni un paquete de arroz, ni siquiera pasta. Dice que no tiene ni un duro, pero entonces... ¿cómo consigue irse de juerga todas las noches? Aquí las pintas no cuestan menos de 4€ -y esas son las baratas- y con el saque que tiene esta, como mínimo se toma cinco cada madrugada. Será que su organismo ha aprendido a sobrevivir únicamente a base de lúpulo y cebada.

En fin, me cae genial. Jess es extrovertida, simpática y cariñosa. Pero no sé cuánto podrá durar esta convivencia. Solo llevo aquí unos días y ya es evidente la incompatibilidad de nuestros ritmos biológicos. A las ocho de la mañana, ella se acuesta y yo me levanto; a las tres de la tarde, ella se despierta y yo me hago la comida; a las doce de la noche, ella llega del pub en el que trabaja y yo me acuesto. Y a las 3 de la mañana, ella monta fiestas en casa y yo, en lugar de roncar plácidamente, me desvelo por los múltiples desconocidos que irrumpen en mi habitación pensando que es el cuarto de baño. Y digo desconocidos porque también están los que vienen todos los días, sus amigos, que conocen bien dónde está el servicio. Mejor que yo, incluso. Parece que les pagan por estar en este piso. Algo que, por otro lado, no me molesta en absoluto. Es más, me encanta. Mi madre suele describirme como un "auténtico animal social". Soy feliz cuando estoy rodeada de gente. Y más si, como en este caso, es internacional.

Podríamos decir que algunas noches mi apartamento compartido de Temple Bar es, en términos demográficos, una Irlanda a pequeña escala: irlandeses, ingleses y galeses, polacos, alemanes, franceses, americanos, chinos y españoles (bueno, para ser exactos, española y una, o sea, yo).

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Mis amigos internacionales y yo en mi piso compartido de Temple Bar.

¿Tantos inmigrantes en un país rescatado?, os preguntaréis. La explicación está en los beneficios fiscales que Irlanda otorga a las grandes empresas. Su impuesto de sociedades es del 12,5% -para que os hagáis una idea, en España es del 30%- y además, las compañías tecnológicas se desgravan por su inversión en I+D. De ahí que las sedes centrales europeas de Google, Facebook, Microsoft y Twitter, entre otras muchas, estén en Dublín, convirtiéndolo en lo que algunos llaman "el nuevo Silicon Valley". Dada su presencia mundial, estos gigantes necesitan empleados de distintas nacionalidades, para que realicen, desde aquí, las tareas que conciernen a sus respectivos países.

Y esa es la razón de que no haya apenas diferencia entre mi casa y un anuncio de Benetton. Me encantaría encontrar trabajo aquí y formar parte de esa foto de forma indefinida. Así que, a ponerse a ello: me despido de Jess y el brasileño, cojo 50 copias de mi currículum y salgo a la calle dispuesta a no volver hasta que termine de repartirlas. ¡Deseadme suerte!