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Los piropos no son para el verano

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En cuanto salen los primeros rayos de sol, una ya se imagina bajando por la Gran Vía con su sombrero de paja, sus sandalias y su vestidito corto. El viento sopla en tu cara mientras caminas al ritmo hoyesmidíaynadiemelovaarruinar y en ese mismo instante en el que te sientes la reina de Saba o la mismísima reencarnación de Cleopatra algo te despierta del sueño: "¡Quien fuera peo para rozar esos cachetitos!" Los piropos, esas expresiones impertinentes que pululan a sus anchas en el aire como el polen en primavera. Un "Que ese culito no pase hambre" por aquí, un "Te comía hasta la goma de las bragas" por allá. Intentas esquivarlos, como las balas de Matrix, pero no hay manera. Unos se te meten por la nariz, algunos en los ojos y otros en lo más profundo de la garganta ¡coff, coff! Paso del vestido corto, mejor me pongo el vaquero.

¿Sabéis cuántas veces al día las mujeres recibimos apreciaciones sobre nuestro aspecto? ¿Sabéis cuántos años llevamos recibiéndolas? Pues más o menos desde que nacemos. Que si estás gorda o que si eres flaca, que vaya pandero tienes, que te cubras las ojeras, que si esa falda no te queda bien, que por qué no te depilas... Si no es que nos moleste un cumplido, es que estamos hartas por saturación.

Que nadie se crea la mentira de que los piropos se dicen para agradar a otra persona, los piropos son expresiones onanistas que se emiten para el regocijo personal, como cuando miras una tarta o hace buen tiempo y sientes la necesidad de manifestarlo en alto. El problema con los piropos es que olvidamos que a quien se refieren no es ningún objeto ni un estado meteorológico, es un ser humano que tiene oídos y además siente. ¿Te has preguntado qué efecto causan en la persona que los recibe? Si la intención es halagar es lo mínimo que hay considerar.

Cierto es que hay grados y grados de piropos y es necesario diferenciar entre los que se dedican cariñosamente mirando a los ojos a alguien que ya conoces y los que se lanzan como escupitajos a bocajarro y por la espalda a alguien que acaba de pasar. Entre estos dos extremos existe todo un universo de silbidos, alaridos, sonidos guturales, rimas soeces, gestos obscenos y miradas escáner que hacen aún más complicado posicionarse con respecto a esta costumbre tan arraigada. Pero que sea tradición no es razón suficiente para mantener algo que no siempre tiene un efecto positivo. ¿Cuál es la cara "b" de estas populares muestras de admiración?

No os confundáis, que una mujer sonría al escucharlos suele significar más miedo que agrado. La sonrisa también se usa para evitar la confrontación y que nos dejen tranquilas.
"¡Si es que ya no se le puede ni decir algo bonito a una chica!" Parece como si el hecho de ser mujer confiriese automáticamente a los que están alrededor la licencia divina de juzgarte y evaluarte físicamente ¿por qué? porque sí. No hace falta que preguntes, en el lenguaje de signos de toda la vida andar sola por la calle significa "¿qué opinas sobre mi cuerpo?". Si eres mujer y aún no te habías enterado te recomiendo revisar los clásicos, capítulo 119 de Barrio Sésamo.

Lo que menos necesitamos a estas alturas es que nos repitáis lo que lleva diciéndonos toda la vida la publicidad, el cine, la moda y la televisión: que somos trozos de carne cuya única función es deleitar al personal. Probad con otras cosas, reinventaos, id un poco más allá, leed a Edward de Bono y su Pensamiento Lateral.

Por otro lado, la figura del piropeador está altamente sobrevalorada, porque lejos de retratar a un valiente conquistador, delata a un tipo cobarde e inseguro. El piropeador suele dirigirse a una mujer que va sola y de la que no espera reacción. Si ésta le mira, se amedrenta, si le responde, se enfada. No busca un contacto real y mucho menos un diálogo. Emitir su juicio en alto es una forma de dominar el espacio, de hacerse visible. La calle es de los machotes y para demostrarlo no vale con marcar el territorio orinando en cada esquina, también hay que dejar una constancia auditiva (los perritos pequeños lo hacen todo el tiempo).

El contenido de los piropos también es discutible e influye obviamente en la forma de percibirlos. "Te voy a comer to lo negro" o "Te voy a dejar el culo como la bandera de Japón" puede resultar muy divertido si lo lees en una lista de internet, pero escucharlo a media noche en una calle oscura puede dejarte varios segundos sin respiración. No es gracioso, es acoso. ¿Por qué tengo yo siquiera que recrear esa escena en mi cabeza? Me hace sentir asco y temor.

No os confundáis, que una mujer sonría al escucharlos suele significar más miedo que agrado. La sonrisa también se usa para evitar la confrontación y que nos dejen tranquilas.

Por supuesto que a todas las personas nos gusta escuchar cosas bonitas, pero hay que revisar las formas, el momento y el sentido del respeto, no todo vale y no siempre resultan una buena elección.