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No sois víctimas, sois vencedoras

15/01/2017 11:18 CET | Actualizado 15/01/2017 11:18 CET

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Miedo, angustia, ansiedad, impotencia, indefensión, tristeza... por muchos testimonios y entrevistas que leamos nadie puede llegar siquiera a imaginar el calvario que sufre una mujer que decide denunciar a su agresor. Las tres profesoras que demandaron a Santiago Romero, no sólo se han tenido que enfrentar a su propio verdugo sino a todo un sistema que las ha vuelto la espalda y las ha colocado en una situación de total vulnerabilidad. ¿Es sencillo denunciar? ¿Es eficaz? ¿Qué se consigue y qué consecuencias tiene?

Más de seis años han pasado desde que estas mujeres decidieron contar su problema. Al principio las ignoraron, luego les ofrecieron una baja laboral, más tarde las sugirieron que cambiasen de Universidad. El 80% de las mujeres que sufren violencia machista no presentan denuncia, señala María Ángeles Carmona presidenta del Observatorio Nacional contra la Violencia Doméstica y de Género. Este dato tan preocupante, lejos de culpabilizar a las personas (como ha hecho Manuel Molares do Val en un repugnante artículo) debería hacernos reflexionar y actuar sobre las causas. Denunciar implica entrar en un proceso complicado e incierto y por mucho que nos animen las campañas con grandes slogans a "alzar la voz", el sistema no nos lo pone nada fácil.

Contarlo significa admitir un fracaso. Aquello que has visto ocasionalmente en las noticias de repente te ocurre a ti. ¿Cómo le explicas a tu familia, a tus amigos o a tus hijos que ahora eres tú quien está en ese otro lado? Nadie quiere pertenecer al grupo de los perdedores y muchísimo menos relatarlo. "Esto no es lo que parece, quizás estoy exagerando..." te dices a ti misma. Asumirlo cuesta, verbalizarlo más. La mayoría de las personas que sufren algún tipo de abuso lo asumen como un fracaso personal cuando en realidad es un fracaso de toda la sociedad.

Una vez que se formaliza la denuncia y se hace público, más en casos de interés social como el de la Universidad, los periódicos y telediarios te definen como "la víctima". Pasas de ser una desconocida a protagonizar artículos de prensa que te califican como "defenestrada", "abusada", "violada", "agredida" y "humillada". También suelen ofrecer los datos morbosos sobre lo que el agresor te ha hecho y dejado de hacer. Medio país se forma una imagen de ti que no te dignifica. En los últimos sucesos los periodistas están haciendo el esfuerzo de no revelar la identidad ni el rostro de las mujeres que denuncian y eso es algo que hay que valorar, pero no estaría de más dar una vuelta al lenguaje y honorar a estas mujeres con otros calificativos. ¿Qué tal si usamos "comprometidas", "valientes", "generosas", "luchadoras" y "vencedoras"? ¿Qué tal si derivamos el relato a lo que estas mujeres hacen de positivo?

No serás considerada sólo una víctima sino también una sospechosa. "¿Cerraste bien las piernas?" "¿Llevabas ropa provocativa?" "¿Te pone cachonda acostarte con un asesino?" Reunir las fuerzas suficientes para denunciar requiere valor. Asumir que además vas a tener que argumentar que no eres tú quien lo ha provocado es, además de humillante, desalentador. La parte agresora, sin embargo, suele gozar de mayor credibilidad y se le apoya con frases como "algo grave tiene que haber hecho para que la pegue", "llevaba tres copas de más". En el caso de la Universidad de Sevilla, el exdecano Santiago Romero siguió dando sus clases con total normalidad durante los 6 años que ha durado el proceso judicial. Ni una sola represalia, ninguna medida cautelar. Nada de bajas laborales ni de trasladarle a otra Universidad.

Temor a las represalias.El 41% de las mujeres asesinadas en 2016 habían denunciado. La mayoría de casos se desestiman porque no presentan "indicios de riesgo", a pesar de que los datos demuestran que muchos de ellos terminan en tragedia. Las mujeres que retiran las denuncias lo hacen por miedo, por no querer enfrentarse a un(os) extraño(s), al padre de sus hijos o a la persona con quien tienen un proyecto de vida. No se trata de considerar todas las denuncias de la misma forma sino de dedicar más recursos a estudiar con detenimiento cada caso para llegar a resoluciones más justas. De acelerar los procedimientos y que no supongan un riesgo para la vida personal y profesional de las mujeres. De acompañarlas y orientarlas en los procesos para que no se sientan solas.

Desde aquí quiero romper una lanza en favor de estas mujeres tan valientes que se han tenido que enfrentar a estas situaciones. Pasar por lo que han pasado es un trance que va mucho más allá de firmar un papel y de acudir a un juzgado. Estoy profundamente convencida de que uno de los motivos que les ha llevado a denunciar es que lo que les ha ocurrido a ellas no le suceda a otras mujeres. Gracias a la valentía de estas tres profesoras, un agresor dejará de tocar y de humillar a sus compañeras y de abusar de su cargo. Gracias a las decisiones firmes de mujeres que hoy ni siquiera están vivas, otros agresores están en la cárcel. Gracias a que estas mujeres han actuado pese a la carga emocional, psicológica y física que esto conlleva, hoy somos más conscientes de lo que nos queda por hacer y de que tenemos que seguir trabajando.

Me ha dolido en el alma leer esta semana las declaraciones de una de las profesoras de la Universidad de Sevilla manifestando no haberse sentido apoyada por sus compañeros. Hoy quiero levantar la voz para visibilizar la desprotección que sufren las mujeres que deciden denunciar y pedir a los partidos políticos que no sean cínicos y corrijan un sistema que por un lado exige a las mujeres que actúen y por otro no las hace caso.

También quiero decir a las profesoras de la Universidad de Sevilla, a las mujeres de los sanfermines y a todas las valientes mujeres que denuncian a sus agresores: gracias por vuestra fuerza, vuestro tesón y compromiso. NO ESTÁIS SOLAS. ESTAMOS CON VOSOTRAS.

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