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08/06/2015 07:27 CEST | Actualizado 07/06/2016 11:12 CEST

Lo que aprendí de Superlópez

Tengo una hermana que es periodista porque de pequeña vio en el cine a Lois Lane agarrada a los bajos del ascensor de la Torre Eiffel. Salió de aquella sala convencida de que de mayor tendría el mismo trabajo intrépido que la novia de Superman. A mí me pasó algo parecido con lo del gusanillo por el cine, aunque la culpa la tuvo la parodia española del hombre de acero ideada por el historietista Jan: Superlópez.

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No estoy seguro de cuántos años tenía yo cuando mi padre me compró en el quiosco del barrio el primer tebeo de la supermedianía (así es como llama a Superlópez su Lois Lane particular, Luisa Lanas, que no le aguanta), pero más de seis y menos de diez. Se titulabaLa Gran Superproducción y, aunque por aquel entonces yo no lo sabía, en realidad no tenía nada que ver con el resto de tebeos de Superlópez. En ese número, los villanos y peligros mundiales a los que derrotar con dosis de costumbrismo ni asoman y la aburrida oficina en la que trabaja López (la personalidad secreta del superhéroe) se convierte, por arte de absorción empresarial, en una improvisada productora de cine. Los empleados pugnan por conseguir que su guion sea el que acabe en las salas de cine, pero el que se lleva el gato al agua es López con su película Tronak el Karbaro (guiño al exitazo cinematográfico de aquellos años Conan el Bárbaro). La producción se pone en marcha y resulta tan desastrosa como cabía esperar: páginas de guion descolocadas, actores quinquis (otro guiño al cine de la época) que no saben actuar, actrices con manías caprichosas, presupuestos que no dan más de sí... Al final tiene que venir Superlópez al rescate y poner todos sus superpoderes en la producción para que la cosa salga adelante.

El tebeo es una joya que tuvo un lugar privilegiado en mi estantería durante el tiempo que viví en casa de mis padres. Se me perdió en el tour de force de mudanzas en el que uno entra cuando abandona el nido, aunque hace no mucho me compré una reedición. Al leerlo de nuevo, tomé conciencia de que, gracias a esa historia, me enteré de lo que era una productora, un director y una script girl (la pobre Luisa me da que aún no lo tiene muy claro). También descubrí lo que era una moviola de montaje, una actriz en topless y la sempiterna lucha entre guionistas y productores.

Aprendí muchas más cosas de enano con los tebeos de Superlópez, así, sin darme cuenta. Por ejemplo, me enteré de lo que era una Guerra Fría, como la que tuvieron los Dioses protagonistas de La caja de Pandora. Mitología grieta, egipcia e incluso hindú se encuentran entre las páginas del tebeo que pone a Superlópez a buscar la famosa caja de Zeus que guarda todos los males del mundo. Aunque el que de verdad me dejó la cabeza cuadrada fue Los cabecicubos. En el tebeo número siete de Superlópez, una intoxicación en una fábrica desencadena una epidemia de gente con la cabeza cuadrada. La alarma social provoca la caza de los cabecicubos, que contraatacan aglomerándose en un partido político: el Partido Cuadrado. Ganan las elecciones, se alían con el ejército y conquistan el mundo consiguiendo que los perseguidos sean los cabecirredondos. Fascismo, Dictadura, Democracia, Justicia, Diferencia... La primera vez que me topé con esos conceptos en mayúsculas fue en un tebeo de Superlópez.

Seguí leyendo las aventuras que salían de los lápices de Jan durante toda la EGB. Con El Señor de los Chupetes me enteré de que había unos libros que iban de un tal Señor de los Anillos. Con El Supergrupo, descubrí que los americanos tenían otros tebeos calcados de pandillas de superhéroes, como los X-Men o Los Vengadores (para mí la cosa iba al revés porque en el quiosco de mi barrio sólo había producto nacional). Al centro de la tierra consiguió que sacara un Sobre en Ciencias Naturales y que me leyera después la novela de Julio Verne. Y hay otra cosa, una tremendamente útil, que me enseñó Superlópez: a hacer pajaritas cuando te aburres en el trabajo.

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Nada, que me he puesto nostálgico. Y que gracias a Jan, a mi padre, y al quiosquero de mi barrio.

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