'Cómicos de Roma', el público soberano sube el pulgar
La obra de Mamet protagonizada por Fernando Tejero crea un abismo entre el disfrute del público y el análisis que hace la crítica.

Para quien no lo sepa, David Mamet, el apreciado guionista y director de cine, es también un profesional del teatro. Es cierto que lleva mucho tiempo en dique seco, es decir, sin que se tengan noticias de sus actividades al otro lado del Atlántico, al menos en España. Por eso el estreno de su obra Cómicos de Roma en el Festival de Mérida ha atraído las miradas críticas, aunque no tantas como se podría esperar. A pesar de que se añadía que era la primera vez que este autor se acercaba de forma descarada a la comedia.
Pero como Mamet no dice mucho al público masivo, que rara vez suele fijarse en guionistas o directores, el festival, fiel a su modelo, sigue apostando por un cabeza de cartel para atraer a los espectadores. Esta vez ha sido Fernando Tejero, el popular portero de Aquí no hay quien viva y, posteriormente, el suegro con mucho morro en La que se avecina.
Tendencia que este año ha introducido una nueva variante: la de incluir en los carteles a los y las nepo babies españoles, hijos e hijas de actores y actrices famosos y celebrados que están iniciando su carrera artística. Lo ha hecho en las tres obras anteriores y, en esta obra, por partida doble ya que en el elenco están, Daniel Arias, hijo de Imanol Arias, y Álvaro Tejero, sobrino de Fernando Tejero.
Todos ellos puestos a las órdenes de José Luis Pascual, el adaptador del texto y director de la obra. Conocedor del autor original pues ha dirigido varias de sus obras y también dramaturgo. Es a este profesional al que se le ha encargado contar la historia de la compañía teatral de Strabo, actor en horas bajas al que le falta de cash para hacer frente a los pagos, en una Roma Imperial revuelta porque por primera vez ha sido derrotada la invencible Primera Legión Africana.
El resultado es una comedia ligera, sin las cargas de profundidad que normalmente mete Mamet en las tramas y en los textos. Tan aligerada que en Estados Unidos fue descrita como un peso pluma dentro de la trayectoria mametiana.
Se la puede considerar un juguete cómico que, a tenor de lo que se ve, está bien escrito y pautado, aunque corría el rumor de que ha habido que hacer algunos retoques al original para que se entendiese bien qué sucedía. Y, sin conocer el original, a la que parece que le han metido un personaje con pinta de Astérix que entre escena y escena hace pequeños infocomerciales.

Una obra que sigue la estela de La comedia de la olla de Plauto que se vio la semana pasada en este mismo teatro. De hecho, lo normal es que la referencia a Plauto salga siempre en las críticas y artículos que se hacen sobre Cómicos de Roma en la cultura anglosajona.
Cuyo estreno estuvo lastrado porque su protagonista se encontraba indispuesto, como confesó durante la rueda de prensa posterior y del que se han hecho eco los medios. A pesar de que salió y aguantó hasta el final con el apoyo de sus compañeros que estuvieron al quite. Y fue capaz de lucirse en la escena en la que trata de conmover al capitán de la Primera Legión Africana explicándole lo que es y significa ser un actor en la Roma Imperial. Un pequeño canto a la profesión y que seguramente es lo que hace pensar a todo el equipo artístico que la obra es un homenaje a la misma.
Puede que la combinación de todos estos factores fueran los que produjesen la decepción entre la mayoría de los periodistas y críticos asistentes y, también, entre algunos espectadores, los menos. También, las experiencias de otros años, con obras de mayor calado y cargas de profundidad, más ambiciosas, aunque fueran cómicas.
Sin embargo, cuando se da un paso atrás, no se mantiene esa impresión. Aunque se siga pensado que se trata de una obra menor de Mamet, permite apreciar la calidad del dramaturgo para crear una trama con personajes y peripecias, además de hacer diálogos. Lo que tal vez no guste es que estas cualidades, en vez de usarlas para poner el dedo en cómo el capitalismo navega viento en popa gracias a los propios trabajadores, como ocurría en Glengary Glen Rose, las haya usado para escribir esta comedia insustancial. Pero hay que recordar que parece que el dramaturgo ha sufrido una deriva ideológica que puede que esté condicionando lo que piensa y, por tanto, lo que escribe.
Ese paso atrás, también permite apreciar la claridad escenográfica de esta producción para marcar los espacios en los que sucede la historia: la sede de la compañía teatral, el cuartel de la Primera Legión Africana, el teatro en el que consigue actuar esta compañía, las mazmorras. Incluso para dar grandeza al espacio simplemente desplegando los estandartes con el lema SPQR, del Senado y el Pueblo de Roma, y usando la luz para resaltar el propio teatro emeritense como gran decorado.
Así como también se puede destacar la eficacia del uso del movimiento en escena. Siendo el mejor ejemplo cuando se llena el espacio con soldados romanos de una manera que parecen más de los que son. Y algunos detalles de vestuario, como las sandalias rosa chicle o Barbie que lleva Tejero en toda la función, que, por un lado, condicionan como anda y, por otro, es imposible en no fijarse en esa nota de color. O la fantasía de unos actores romanos vestidos de vedettes. Que conviven con otros desaciertos, como la vestimenta del pupilo que Strabo tiene a su cargo y del que está enamorado.

Tampoco ayuda a tener una mejor opinión el trabajo actoral. Excepto Rafa Castejón, que está tan bien como siempre, y Tejero, que tiene la excusa de encontrase indispuesto, el resto parece que todavía no se han hecho con el texto ni su personaje, por lo que parecen impostados o forzados. No hay organicidad en lo que hacen. No confundir con naturalidad, pues la obra no deja de ser una farsa y por tanto no pide naturalidad, pero sí pide que se evite el parecer una máscara o marionetas.
Una mezcla de aspectos que no pareció afectar a la percepción del público que, desde el primer momento, y en su gran mayoría, pues ya se ha dicho que hubo algunos disidentes, aplaudieron siguiendo la música, que cumple muy bien su función de ilación, y, en general, rieron con ganas los chistes o situaciones cómicas que había en la función. Un público que hubiera seguido de fiesta teatral y a la que esta obra breve, de unos ochenta minutos, parecía que les había sabido a poco. Daba la impresión que llegado el final quisieran seguir viendo qué ocurría con esta desastrosa compañía y que les hubiera alegrado que les pusieran un Continuará…
