La pérdida de identidad y los efectos de la turistificación: "Dejamos de ser para agradar a los que vienen"
Ya no hay temporadas vacacionales, los turistas vienen en todas las épocas del año. Ciudades, pueblos y barrios pierden sus raíces para adaptarlas a los que vienen. Sin embargo, algunos tratan de resistir y de aplicar medidas para paliarlo.
Las protestas contra el turismo ya no son una imagen aislada o excepcional. De Canarias a Baleares, pasando por Barcelona, Málaga, San Sebastián o Palma, cada verano aparecen las mismas pancartas, las mismas consignas y una sensación compartida por miles de vecinos: la de estar perdiendo poco a poco sus propias ciudades. Tourist go home, esgrimieron decenas de carteles en la última manifestación de Palma, donde el reclamo por la identidad y la vida de un pueblo lleva tiempo suplicando que se apliquen medidas al respecto, y que acumuló a 25.000 personas por tercer año consecutivo. El debate ha dejado de girar únicamente en torno al número de visitantes que recibe España para centrarse en una cuestión mucho más profunda: qué ocurre cuando un territorio comienza a reorganizarse pensando antes en quienes llegan que en quienes viven en él. Se trata de un problema que no sólo afecta a la cultura, también a la vivienda, al negocio local, a las costumbres... A todo lo que vertebra la identidad de un pueblo.
En los últimos años, el término "turistificación" ha irrumpido con fuerza en el debate público especialmente en los lugares que más lo padecen y, teniendo en cuenta que España es uno de los lugares predilectos para viajar junto con Italia, está en el podio de la reivindicación. Se utiliza para explicar la subida del precio de la vivienda, la desaparición del comercio tradicional, la proliferación de apartamentos turísticos o la saturación de determinados espacios urbanos. Sin embargo, para José Serrano, vicedecano y experto en Turismo de la Universidad Europea de Canarias, reducir el fenómeno a una cuestión de exceso de turistas es un error. La turistificación, sostiene en conversación con El HuffPost, es un proceso mucho más complejo que acaba modificando la propia identidad de los lugares.
"Es un proceso territorial que empieza a reorganizar progresivamente su vivienda, su comercio, sus servicios y su espacio público para atender prioritariamente al visitante", explica Serrano. Esa definición encierra una idea fundamental: el problema no está necesariamente en cuántos turistas llegan, sino en cómo cambia un territorio para recibirlos y amolda su propia idiosincrasia para poder sacar el máximo rédito económico de los turistas. "Podemos tener un destino con muchos visitantes y una convivencia razonable", señala. Todo depende de dónde se concentren, del tipo de alojamiento que utilicen, del impacto económico real que generen y, sobre todo, de cómo afecten a la vida cotidiana de quienes residen allí.
Por eso insiste en diferenciar dos conceptos que con frecuencia se utilizan como sinónimos. La masificación turística puede ser temporal. Puede producirse durante un puente, un fin de semana o un acontecimiento concreto como el eclipse de este 12 de agosto en diferentes pueblos de la España vaciada. La turistificación, en cambio, es estructural. No desaparece cuando termina la temporada alta. Va transformando lentamente el territorio hasta alterar su funcionamiento. "No se mide contando turistas; se mide observando cómo va cambiando la vida de quienes residen en ese destino", resume.
Los síntomas son cada vez más reconocibles. Viviendas que dejan de albergar vecinos para convertirse en apartamentos turísticos. Tiendas de barrio sustituidas por locales de recuerdos, franquicias o negocios dirigidos exclusivamente al visitante. Calles donde resulta casi imposible escuchar el idioma de quienes siempre vivieron allí. Transportes públicos saturados, incremento de precios, dificultades para acceder a una vivienda y una progresiva desaparición de la vida vecinal. "La masificación puede ser puntual, pero la turistificación modifica el territorio y el lugar en el que vivimos", resume el profesor.
Paradójicamente, el fenómeno no nace cuando el turismo comienza a desarrollarse. España lleva décadas viviendo de esta industria y muchas de sus regiones crecieron precisamente gracias a ella. Serrano sitúa el verdadero punto de inflexión mucho más recientemente. Aunque el turismo de masas empezó a consolidarse durante los años sesenta, considera que la auténtica explosión de la turistificación llega a partir de la década de 2010. En esos años confluyeron varios factores que cambiaron por completo las reglas del juego. Los vuelos de bajo coste hicieron posible viajar por Europa por apenas unas decenas de euros. Las plataformas digitales facilitaron la reserva de alojamientos particulares en cualquier ciudad del mundo. La inversión inmobiliaria encontró en el alquiler vacacional un negocio extraordinariamente rentable y las redes sociales comenzaron a convertir barrios desconocidos en destinos de moda de un día para otro, una diana que ha hecho que lugares que sólo conocían los locales se hayan visto convertidos en escaparates para todo el mundo.
Hasta entonces, el turismo se concentraba mayoritariamente en espacios planificados para ello: zonas hoteleras, complejos vacacionales o núcleos específicamente diseñados para recibir visitantes. Sin embargo, esa frontera desapareció. "El turismo salió de las zonas hoteleras tradicionales y empezó a penetrar en los barrios residenciales", explica Serrano. Y es precisamente ahí donde sitúa el origen de muchos de los conflictos actuales. Porque cuando un barrio deja de organizarse pensando en quienes viven en él para hacerlo en función de quienes lo visitan, las consecuencias van mucho más allá de la economía. El profesor considera que la pérdida de identidad constituye el efecto más profundo de la turistificación. "Se modifica la cultura, el comercio, las tradiciones y la forma de vida", afirma.
La transformación suele producirse de forma lenta, casi imperceptible. Los restaurantes adaptan sus cartas al gusto internacional y, de pronto, el camarero te ofrece cartas en diferentes idiomas, incluso la primera opción puede ser el inglés o alemán. Los horarios comerciales cambian para responder a la demanda turística. Los mercados tradicionales desaparecen o se convierten en espacios 'gourmet'. Las fiestas populares empiezan a celebrarse pensando tanto en el visitante como en el vecino y, poco a poco, la autenticidad comienza a diluirse. "Las tradiciones dejan de ser parte del día a día y pasan a convertirse en un espectáculo de consumo", explica Serrano. No significa que desaparezcan, sino que cambian de función. Dejan de ser una expresión natural de la comunidad para transformarse en un producto cultural diseñado para ser consumido. "Se cambian horarios, formatos y se diseñan como un atractivo comercial pensado concretamente para la gente de fuera", añade.
El experto en turismo matiza, no obstante, que la adaptación al turismo no siempre es negativa. Hay municipios que han conseguido recuperar costumbres o manifestaciones culturales gracias al interés de los visitantes, aunque reconoce que hay que seguir dando pasos en la dirección de preservar la cultura y las tradiciones locales. El problema aparece cuando la comunidad pierde el control sobre la manera en la que representa su propia cultura. "La identidad puede compartirse con el visitante; el riesgo aparece cuando empieza a fabricarse exclusivamente para él". En otras palabras, cuando una ciudad deja de ser ella misma para interpretar el papel que el turista espera encontrar. En algunos lugares, como por ejemplo Torrejón de Ardoz en Madrid, las fiestas patronales exigen estar empadronado para acudir a sus conciertos.
Ese proceso desemboca en una paradoja especialmente llamativa. El extranjero viaja buscando autenticidad, pero una presión turística excesiva termina destruyéndola. Serrano pone como ejemplo los centros históricos. Un casco antiguo puede conservar perfectamente restauradas sus fachadas, sus monumentos y sus plazas. Sin embargo, si ya no quedan vecinos, si el comercio cotidiano ha desaparecido y la vida local se ha marchado, ese patrimonio pierde gran parte de su significado. "Un centro histórico puede estar impecable y, sin embargo, haber perdido toda su identidad si ya no vive nadie allí". En ese sentido, pone de ejemplo la isla de Gran Canaria donde, aunque es cierto que la zona de Máspalomas está pensada para alemanes y británicos, antes el resto de la isla era por y para los locales. "El asunto de Máspalomas es que la turistificación se quedaba ahí; ahora vemos cómo se está expandiendo en el resto de la isla", dice.
La vivienda constituye otro de los principales campos de batalla de este debate. Para muchos ciudadanos, las plataformas de alquiler vacacional simbolizan el origen del problema. Serrano, sin embargo, introduce matices. Considera que Airbnb y modelos similares han incrementado notablemente la presión sobre determinados barrios, pero rechaza convertirlos en el único responsable. "Cuando los efectos negativos superan a los positivos, la población identifica al turismo como el culpable de todos sus males", afirma. Sin embargo, recuerda que la crisis de acceso a la vivienda responde también a factores ajenos al sector turístico, como la escasez de vivienda protegida o la falta de oferta residencial, pero, evidentemente, el factor del turismo no ayuda. Lugares como Palma o Ibiza sufren cada día como de pronto los precios de las viviendas, así como del comercio o el ocio, se adaptan a los bolsillos extranjeros que, por lo general, tienen más capacidad económica que los locales.
Eso no significa minimizar el impacto de los apartamentos turísticos. Serrano reconoce que cuando el alquiler vacacional resulta más rentable que el residencial, muchas viviendas abandonan el mercado tradicional. La consecuencia es conocida: disminuye la oferta, aumentan los precios y numerosos vecinos se ven obligados a abandonar los barrios donde siempre vivieron. "Airbnb no es la única causa de la crisis de la vivienda, pero sí puede actuar como un importante acelerador de estos problemas, especialmente en barrios turísticos y territorios insulares". En Madrid, por ejemplo, los barrios populares de fuera de la M-30 también están empezando a gentrificarse por esta situación. Carabanchel o Vallecas ya tienen los problemas que en su día tuvieron Malasaña o Lavapiés.
Por ello considera imprescindible establecer límites claros. Diferenciar entre quien alquila ocasionalmente su vivienda y quien desarrolla una actividad profesional, adaptar la regulación a la capacidad de cada territorio y planificar cuidadosamente dónde pueden implantarse este tipo de alojamientos son algunas de las medidas que defiende. Pero insiste en que ninguna de ellas será suficiente sin una política pública de vivienda que aumente la oferta residencial y facilite el acceso de la población local.
Las administraciones, sostiene, disponen además de otras herramientas para reducir la presión turística. Entre ellas cita la regulación de la vivienda vacacional, el establecimiento de límites diarios de acceso en espacios especialmente sensibles, las reservas previas para determinados enclaves naturales o históricos, la potenciación del transporte público frente al vehículo privado y la implantación de tasas turísticas que permitan gestionar mejor los flujos de visitantes. Sin embargo, para Serrano existe una medida que resulta igual de importante que todas las anteriores: proteger la identidad de los lugares. Apoyar el comercio de proximidad, preservar los mercados tradicionales, impulsar la artesanía local y mantener vivas las manifestaciones culturales son, a su juicio, condiciones indispensables para que las ciudades sigan perteneciendo, antes que a nadie, a quienes las habitan.
El debate, sin embargo, no afecta únicamente a las instituciones. También interpela a los propios turistas. Serrano rechaza culpabilizar a quien viaja, pero considera que cada visitante puede contribuir a reducir los efectos negativos de su presencia. "El lugar que estoy visitando es el hogar de otras personas", recuerda. A partir de esa idea propone un comportamiento basado en el respeto: informarse sobre las costumbres locales, consumir en negocios del territorio, elegir alojamientos legales, evitar molestias en edificios residenciales, utilizar el transporte público cuando sea posible, respetar el patrimonio y comprender que las tradiciones no son un espectáculo diseñado para ser fotografiado, sino expresiones vivas de una comunidad que en los últimos tiempos están sufriendo las consecuencias de una mala gestión del turismo.
Al final de cada viaje, propone plantearse incluso una pregunta que resume toda su filosofía. "¿Mi contribución ha sido positiva o negativa para ese lugar?". Porque, en su opinión, un buen turista no es simplemente quien pasa desapercibido. Es quien ayuda a conservar aquello que ha ido a conocer y procura que su gasto permanezca en la economía local. De esa reflexión nacen movimientos como el turismo regenerativo o el slow tourism, que buscan reducir el impacto del visitante e incluso mejorar los territorios que reciben viajeros. Mirando al futuro, Serrano cree que el turismo será inevitablemente más consciente. Las nuevas generaciones muestran una mayor sensibilidad hacia el medio ambiente, el patrimonio y las culturas locales. Sin embargo, advierte de que no basta con confiar en la buena voluntad de los viajeros. "No podemos esperar que solo sea el turista quien asuma el coste de ser responsable", sostiene. Empresas, administraciones y operadores turísticos deberían facilitar que la opción sostenible sea también la más cómoda y accesible para una mayor parte de la población.
El turismo de masas, concluye, no desaparecerá. Seguirá siendo una de las principales industrias de España y continuará moviendo millones de personas cada año. Pero su evolución dependerá de la capacidad de encontrar un equilibrio entre la actividad económica y la vida cotidiana de quienes habitan los destinos. Porque, en última instancia, la mayor riqueza de cualquier ciudad no son sus monumentos ni sus playas, sino las personas que les dan sentido. Cuando ellas desaparecen, cuando los barrios dejan de ser barrios y la identidad comienza a convertirse en un producto de escaparate, el éxito turístico puede acabar vaciando de contenido aquello mismo que hacía único al lugar. Y es entonces, advierte Serrano, cuando una comunidad corre el riesgo de "dejar de ser para agradar a los que vienen".