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Así reconcilió el rugby a dos bandas criminales en Venezuela

28/04/2014 11:08 CEST | Actualizado 28/04/2014 11:16 CEST
RON SANTA TERESA

Cuando Alberto Vollmer (Caracas, 1969) recibió el encargo de asumir el liderazgo de Ron Santa Teresa no sabía que estaba a punto de cambiar el ADN de una empresa familiar venezolana con más de 200 años de historia. Hasta ese momento, era una compañía dedicada a la producción de ron. Desde entonces, a los objetivos económicos se unió un reto social: reconciliar a las dos bandas criminales más peligrosas del Estado de Aragua, al norte de Venezuela. Corría el año 2003 y Vollmer dio con la fórmula. Debían jugar al rugby.

Sentado a la mesa de un hotel de Madrid, Vollmer, presidente de una compañía con una facturación de 100 millones de dólares anuales, defiende que en un país con brechas sociales y económicas, las empresas tienen la responsabilidad de formar parte de la solución. “Si a ti te va bien pero a tu entorno no, eso no es sostenible. Como cualquier líder político, los empresarios están obligados a implicarse”.

Lo de los chavales y el rugby, bautizado como Proyecto Alcatraz, nació tras un incidente ocurrido un sábado de diciembre de 2003. Tres jóvenes asaltaron a uno de los vigilantes de la hacienda Santa Teresa, un valle con una extensión de 3.000 hectáreas con plantaciones de caña de azúcar para la elaboración de ron. Lo único que les interesaba a los delincuentes era hacerse con la pistola del oficial de seguridad. Le dieron una paliza que casi le cuesta la vida.

“En un país normal lo lógico sería alertar a la policía y esperar noticias de la detención de los chavales, pero la policía de Aragua es una de las más corruptas de Venezuela”, explica Vollmer. El peligro y la falta de seguridad en esta región es tal que en 2003 la tasa de homicidios era de 114 por cada 100.000 habitantes, el doble de la media en Venezuela, el país con la segunda tasa más alta del mundo después de Honduras.

alberto vollmer

Alberto Vollmer (centro), su hermano Henrique Vollmer (derecha) y uno de los jugadores del Proyecto Alcatraz

Vollmer sabía que se adentraba en terreno pantanoso, pero no podía dejar impunes a esos chavales; cualquiera podría pensar en asaltar de nuevo la hacienda. Por eso puso a uno de sus hombres de confianza a buscar a los delincuentes. Días más tarde, dieron con uno de ellos y pensaron que lo mejor sería entregarlo a las autoridades. Los agentes lo trasladaron en la parte trasera de un furgón y lo llevaron hasta un erial. “El joven iba a ser ejecutado”, cuenta Vollmer, que en ese momento ordenó a su hombre que sobornara a los policías para salvar al chico.

“Lo trajimos a la hacienda y le propuse trabajar durante unos meses sin remuneración para pagar su falta”, recuerda el presidente de Santa Teresa. El chico aceptó y tras dos días de trabajo le pidió que acogiera en su hacienda a otros jóvenes de la banda de la Placita. Se presentó el grupo al completo, 22 tipos dispuestos a dejar la calle en busca de una oportunidad.

El paso siguiente fue ponerse en contacto con los chavales de la banda enemiga, el Cementerio. Tras varios encuentros, Vollmer lo consiguió. Ya tenía bajo su protección a las dos bandas criminales más perseguidas de Aragua con decenas de muertos a sus espaldas. “Ponerles a jugar al rugby era la forma de reconciliarles”, cuenta Vollmer.

¿Y por qué rugby? Por sus valores: respeto, responsabilidad, trabajo en equipo, fair play y, lo más importante, el tercer tiempo, un encuentro que tiene lugar después de los partidos en el que los chicos hacen una barbacoa, comentan las jugadas y confraternizan. “El tercer tiempo es una herramienta muy poderosa para que impere la paz entre las bandas”.

En Venezuela muy pocos juegan al rugby, más ligado al ámbito universitario. El presidente de Santa Teresa y su hermano lo aprendieron de pequeños en Francia y siempre les fascinó ese “deporte de villanos jugado por caballeros”.

Así arrancó el Proyecto Alcatraz, por el que ya han pasado más de 200 chavales desde 2003. Seis meses de trabajo en la hacienda combinado con un duro entrenamiento y campeonatos de rugby, en los que participan cerca de 2.000 jóvenes de diferentes edades del municipio de Revenga. Tras un año apartados de la calle, llega su inserción laboral, o bien en la hacienda o en otras empresas de Aragua.

hacienda

Hacienda Santa Teresa

Los resultados del proyecto se reflejan en cifras. Once años después de su puesta en marcha la tasa de homicidios en Aragua es de 12 por cada 100.000 habitantes al año (frente a los 114 de 2003). Para Vollmer no ha sido fácil. “Los políticos locales pensaban que estaba montando un ejército de paramilitares para derrocar a Chávez y miembros de la inteligencia militar me llevaron en varias ocasiones para interrogarme. Hasta me acusaron de haberme metido en el narcotráfico”, cuenta.

LOS CHICOS DE LAS BANDAS

Con la llegada de los chicos a la hacienda, Vollmer y su equipo comprendieron las rencillas del crimen organizado en Aragua. “Nos contaban lo que había detrás de la delincuencia, los carteles asociados a la policía y los chicos que trabajaban para ellos. Eso es hampa de verdad, es otro nivel”, detalla.

El 99% de los integrantes del proyecto proceden de familias desestructuradas. “La mayoría de ellos creció sin una figura paterna y con una madre soltera dedicada al tráfico menudo de drogas, que es la alternativa a la prostitución. Ellas suelen tener cuatro o cinco hijos de hombres diferentes, están abandonadas a su suerte y sin recursos”, dice en referencia a lo que los jóvenes contaron de sus propias madres.

“Al cumplir 12 o 13 años buscan una figura a la que emular y encuentran en la calle a los líderes de las bandas. Empiezan a seguir al tipo más fuerte, traficante o sicario, al que admiran y quieren servir. Todo lo hacen con sus mejores intenciones, hay un tema de lealtad”, explica Vollmer. Disparar a un enemigo en la pierna, matar a alguien o trasladar un alijo son algunos de los encargos con los que se ganan la confianza y el respeto del líder.

José Rieta, de 33 años, llegó a la hacienda hace 10 años. Cuenta que por sus ‘trabajos’ en la banda se sacaba unos 15.000 bolívares al mes, una cantidad que se redujo a 500 una vez que ingresó en el proyecto. “Me vine acá para que mi madre no estuviese tan preocupada, para vivir de día y para conseguir un trabajo de verdad y poder ser alguien”, cuenta en conversación con El Huffington Post a través de Skype. “Esa era plata maldita, llegaba rápido y se iba rápido. No la valorabas porque no la trabajaste”, concluye Rieta, que ahora es entrenador de uno e los equipos de rugby.

Muchos de los jóvenes que han formado parte del proyecto llegaron a la hacienda sin partida de nacimiento. “Lo primero que hacemos es registrarlos, afianzar su identidad”, cuenta Vollmer. Tiempo después les abren cuentas de ahorro en las que ingresan su remuneración por los trabajos en la finca. “La tarjeta de crédito supone para ellos un impacto enorme. Sólo el hecho de poder sacar plata de un cajero les hace sentirse incluidos en el sistema, en el mundo”, remarca. No todos lo consiguen. Según las cifras que maneja la Fundación Santa Teresa, algunos vuelven a delinquir; cerca del 5% reinciden.

Más de una decena de universidades, entre ellas Harvard, utilizan el Proyecto Alcatraz como ejemplo de responsabilidad social en la empresa. “La gente que trabaja en Santa Teresa no tiene dos vidas separadas, siente que cumple una doble función, la meramente laboral y la social”, cuenta Vollmer. Esta marca de ron ya ha incluido en su estrategia de marca la transformación social. Ya es parte de su ADN.

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