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Michael Ignatieff: "El fracaso de la democracia nunca puede descartarse"

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IGNATIEFF
Ignatieff, en noviembre junto al príncipe, del que recibió el premio Francisco Cerecedo. | GETTY
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En algunos países, no se perdona. En otros, apuntala futuros éxitos. El fracaso como concepto es algo relativo y maleable. No lo es en política. “Hice lo que quise y dije lo que me apeteció la mayor parte del tiempo. Aprendí mucho. Pero a la política no se viene a vivir experiencias enriquecedoras. Se viene a conseguir el poder”. Bestialmente simple.

Michael Ignatieff (Toronto, 1947) admite “sin excusas” que se la pegó. Es un fracasado político, un ‘loser’ con autoridad para contarlo. Llevó al Partido Liberal de Canadá a su peor resultado histórico y se convirtió en el tercer líder de su partido (fundado en 1867) en no llegar a primer ministro.

Un día, unos “hombres de negro”, como él los llama, vinieron a buscarlo para sacarlo de su apacible vida como profesor en Harvard. No creían que el primer ministro, el liberal Dean Martin, tuviera mucho fuelle, y pensaron en él como el paracaidista que podía revitalizar el partido. Ignatieff es un intelectual de renombre y su familia tiene hondas raíces políticas, en Canadá, en la resistencia al nazismo o incluso en los Gobiernos de los zares rusos. Creyó que podía llegar a la cúspide de su país, pero en Fuego y Cenizas (Taurus, 18,95€) reconoce que no sabía muy bien ni por qué se presentaba. Sucumbió "completamente a la arrogancia", asume.

Su libro es algo así como las tablas de la ley de todo político: desea la victoria, cuenta una historia, valora al votante, aprovecha la oportunidad y los acontecimientos inesperados, respeta a tu equipo, olvídate de que la verdad es lo más importante. Por encima de los consejos, el libro es un relato de cómo Ignatieff los fue interiorizando. Tortazo a tortazo.

-En su último capítulo hace un elogio de la política como el "noble combate" y lo define como una vocación casi sacerdotal. Pero antes de ese capítulo hay 200 páginas de...

...¡de porquería! [ríe]

-De la oscuridad de la política.

Quiero reconciliar la esperanza y el realismo. Muchas veces la esperanza no es realista. No sería esperanza si lo fuera. Si supieras en lo que te metes, no estarías esperanzado y no te meterías. Pasa en muchos aspectos de la vida. El “Yes we can” es en sí un desafío a la realidad. No quiero que nadie se meta en política de manera tan inocente y a la vez tan pretenciosa como yo. Quiero que la gente que se meta en política tenga un sentido sobrio de sus capacidades y lo que puede aprender y la constancia para estar una buena temporada en el empeño. Este es un juego brutal que destruye la esperanza de la mayoría pero que se redime gracias a la gente que la mantiene. Si nuestras sociedades son lo mejor que ha habido nunca es porque políticos muy mediocres, a veces corruptos, no muy brillantes, nada del otro mundo, contribuyeron a construirlas.

-Usted entró en política con más de 50 años y no le fue muy bien. ¿Cree que los políticos deberían empezar antes o incluso dedicarse a ello de manera más profesional?

Los políticos tienen que aprender a caminar antes de correr. Es necesario que tengan un pasado, que tengan una profesión a la que volver. Al final, los que no la tienen viven aterrados con perder el poder.

-"Tan pronto como la democracia pierda su vinculación con lo físico", como "el salón de actos, la sala de estar, el restaurante" y "resida únicamente en la pantalla de televisión y en una página web, tendremos problemas", escribe. ¿A qué se refiere?

Estoy de acuerdo al 100% en que los partidos tienen que digitalizarse. En Canadá hicimos una conferencia no con 200 personas en una sala, sino con 75.000 conectadas todo un fin de semana en todo el país. Pero la política consiste en construir confianza, con un equipo, con el pueblo. Y es algo muy físico. Si no te miro, o miro para otro lado cuando te respondo, tendrás la impresión de que te estoy tomando el pelo.

-En Canadá, como en EEUU, se gana el escaño puerta a puerta. En España hay listas cerradas.

Creo que nuestro sistema es mejor, pero ese es otro tema. La política, al final, siempre es cara a cara. Tengo amigos que trabajaron en la campaña de Barack Obama. No consiguieron gran cosa, pero estuvieron a su lado todo el tiempo simplemente porque lo conocieron un día en un evento en Chicago.

-"No podemos asegurar con certeza que la eventual victoria de la democracia esté asegurada” contra “los regímenes que combinan la oligarquía autoritaria con los principios del mercado”, escribe. Una democracia "dividida e incómoda" se puede convertir en una Rusia o una China, según usted.

La democracia no es algo que deba darse por hecho. Por definición, es un trabajo en contínuo desarrollo y si falla a la hora de resolver los problemas, puede derrumbarse. En España tienen un altísimo paro juvenil. No es sólo un problema económico sino potencialmente un desafío para la democracia. Si no se da respuesta a esos problemas, pueden mermar la confianza en la democracia y los ciudadanos confiar en soluciones populistas o incluso autoritarias. El fracaso de la democracia nunca puede descartarse. Es importante decirlo para no caer en la autocomplacencia.

-En España, dos partidos se han alternado en la cúspide del poder político, pero ahora están en crisis. ¿Son las fuerzas minoritarias, cada vez menos minoritarias, una amenaza a la estabilidad?

Si los grandes partidos de centro derecha y centro izquierda están en crisis es por una buena razón. Han perdido el contacto con el pueblo, tienen cada vez menos militantes, han sido tomados por burócratas que ya no responden ante los ciudadanos… Es más común de lo que parece. Pasó cuando yo fui líder del Partido Liberal. Pero la solución es obvia: recuperar el contacto con la gente, despedir a los burócratas corruptos o irresponsables. Así evitas la fragmentación política que pasa en casi toda Europa con el auge de los populismos.

-¿Es mala per se la fragmentación?

El populismo que surge a la derecha y a la izquierda, y parece que en España tienen mucho a la izquierda, no es algo malo porque sea popular. Lo es porque ofrece falsas soluciones a problemas reales. Una falsa solución es echar a los inmigrantes, salir de Europa o nacionalizar todos los bancos y confiscar la riqueza de los explotadores para que los jóvenes encuentren un trabajo. El reto de los partidos de centro es ofrecer buenas soluciones.

-Cuando cada vez más gente apuesta por una solución, es difícil decir que es falsa. Sobre todo si los partidos que en teoría tienen las buenas no convencen a nadie.

No debe subestimar al votante. La prueba de una solución es que funcione. Imagine que los populistas llegan al poder. Sus soluciones no funcionarán. Por ejemplo: puedes tratar de expulsar a todos los inmigrantes de Europa, pero eso supondría el colapso económico. No tiene ningún sentido que yo diga que Marine le Pen es muy racista. Lo importante es que es muy estúpida. Soy un demócrata porque creo que alguien puede ser un pardillo una vez o dos, pero no para siempre. Si son falsas soluciones se demostrará.

-Aprender a través del dolor.

Exacto. Y lo que yo quiero es que los grandes partidos centristas se levanten de una vez para que los ciudadanos no tengan que aprender la lección del populismo a través del dolor.

-Varios partidos que de momento no son mayoritarios reclaman una república para España. ¿Qué tipo de solución es esa?

El amanecer de la conciencia política de mi madre fue la España republicana de los años 30. La gente lo olvida, pero para toda una generación de norteamericanos, canadienses… España fue el momento en el que se convirtieron en políticamente adultos. Apoyaron la república contra el fascismo. La república concita muchos sentimientos y esto no me hace un defensor de la república hoy. La pregunta de qué hacer con la monarquía tras la abdicación del rey es algo para los españoles.

-En Canadá no está en cuestión que Isabel II sea el jefe del Estado.

Tenemos una monarquía constitucional y nadie quiere meterse en eso. Puede ser difícil de entender, pero la monarquía puede ser una garantía muy efectiva de la democracia, especialmente en un momento de crisis, como ocurrió en España con el rey. Hay partes de su conducta que pueden ser criticadas, pero no esa.

-¿Cree que en España debería cambiar la forma de gobierno?

Una monarquía constitucional depende del apoyo popular. Esa es la paradoja. Puede que llegue un momento en el que haya que poner a prueba ese apoyo, pero eso es algo que los españoles tienen que decidir. En nuestro caso, la monarquía funciona. Lo vi cuando tuvimos una crisis constitucional mientras estaba en política: el papel del representante de la reina fue fundamental. No es algo sólo para la galería, tienen un papel constitucional.

-Conoce al heredero. ¿Será un buen rey?

Pasamos una larga noche juntos y esa conversación debe permanecer en la confidencialidad, pero diré que tanto él como su mujer entienden sus responsabilidades constitucionales. Y eso es importante. Saben que las tienen y creo que las llevarán a cabo con eficacia.

-El final del franquismo fue muy delicado, pero ¿tiene ahora sentido que una democracia avanzada tenga una monarquía?

Canadá también es avanzada, sea lo sea que significa esa palabra. Si todo el mundo, incluido el rey, entienden que la soberanía reside en el pueblo, la monarquía es perfectamente posible y además una buena solución: el rey como símbolo de la continuidad de las instituciones que unen a los ciudadanos, como énfasis de lo que compartimos. Los monarcas pueden unir a la gente y en los momentos de crisis su intervención puede ser crucial como garantía de la democracia. Hay otras maneras, pero esta no es mala, especialmente en cuanto al problema que históricamente arrastra España: la continuidad democrática.

-En el libro explica el revuelo que se originó cuando dijo que Quebec es una nación, algo que encendió el debate y le jugó malas pasadas. ¿Cree que Cataluña lo es?

Creo que los quebequenses tienen una identidad nacional y los catalanes también. La pregunta es si las naciones pueden vivir juntas. No tengo ningún problema cuando alguien en Barcelona me dice que quiere ser, por encima de todo, catalán. Que quiere que sus hijos lo sean, que apoya al Barça y se emociona con la bandera. No tengo ningún problema con esas emociones ni que sean más importantes que su querencia por la Constitución española. A lo que me opongo es a la secesión en situaciones en las que grupos nacionales no están sometidos a abusos, violencia o coacción. El orden constitucional, aunque no sea perfecto, ha mantenido el barco a flote…

-Suficiente no quiere decir ideal.

Mucha gente no es ni exclusivamente española ni exclusivamente catalana. Hay muchos casos, cientos de miles en los que alguien tiene un ancestro español o catalán. Hay muy poca gente que es exclusivamente algo. Teniendo en cuenta que la gente tiene identidades tan complejas, me parece equivocado que los secesionistas les hagan exigir entre una y otra.

-Hay quien dice que ese paraguas compartido podría ser la UE y no España.

Sí, pero esa identidad es aún más frágil que la catalana o la española. Creo que los catalanes no deberían forzar a tomar decisiones que no hay que tomar. En Quebec tengo amigos que se llaman Ryan, un nombre católico irlandés en una comunidad monolingüe en francés. Es la realidad de mi país, una identidad dividida e integrada.

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