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Compramos una cantidad brutal de ropa y la mayoría acaba en vertederos

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Tener "demasiado de algo bueno puede ser maravilloso", dijo en una ocasión la estrella de Hollywood e icono de estilo Mae West.

A primera vista se puede pensar que esta frase describe con exactitud la industria de la moda. La disponibilidad de una interminable oferta de prendas de bajo coste ha desatado un torbellino de color y belleza, lo que da a la gente la oportunidad de expresarse —incluso con un presupuesto limitado— y plasmar su identidad.

No obstante, la oscura verdad sobre el negocio de la moda es que demasiado de algo bueno produce una destrucción ambiental y humana a una escala sin precedentes.

Que quede claro: no hay nada hermoso en un río contaminado por tintes tóxicos ni en un obrero textil que sobrevive con una miseria soportando condiciones laborales peligrosas en talleres precarios.

El tiovivo de las nuevas líneas de vestidos que la industria escupe a ritmos vertiginosos fomenta una adicción a las prendas y una noción de que es imprescindible estar a la vanguardia de la moda. Como resultado de ello, en todo el mundo la gente acumula más de 80.000 millones de prendas al año, y cada vez se desechan más.

Necesitamos desacelerar y generar consciencia de los impactos negativos de nuestras acciones. Eso no significa que dejemos de comprar ropa. Sólo implica ser menos impulsivos en los hábitos de compra y pensarlo dos veces antes de pagar 4,99 por otro top barato para sumar a nuestros ya dilapidados armarios.

Los datos hablan por sí solos. Se considera que la moda es una de las industrias más contaminantes del mundo y que las 1135 personas que murieron en 2013 en el derrumbe del edificio de la Plaza Rana en Bangladesh son un recuerdo constante de las terribles condiciones que sufren los millones de obreros textiles a nivel global.

bangladesh

Los equipos de rescate auxilian a obreros textiles que quedaron atrapados en los restos del edificio de Plaza Rana tras la caída del edificio en abril de 2013.

Sólo en 2013, los estadounidenses produjeron 15,1 millones de toneladas de desperdicios textiles y casi el 85% fue a parar a vertederos de basura, de acuerdo con la Agencia para la Protección del Medioambiente de Estados Unidos (EPA).

De media, cada ciudadano estadounidense tira a la basura más de 31 kilogramos de ropa y otros textiles al año, lo que equivaldría a unas 200 camisetas masculinas.

Esta cantidad de desechos no resulta sorprendente teniendo en cuenta que en la actualidad los minoristas tienden a centrarse más en el precio que en la calidad, lo que significa que muchas prendas apenas sobrevivirán unos cuantos lavados. Además, el constante cambio de temporadas conduce a fuertes descuentos, ya que los minoristas tienen que deshacerse de su inventario con el fin de hacer hueco para los nuevos artículos.

Las prendas que no se consiguen vender a menudo terminan en mercados baratos de países en desarrollo. Esta creciente montaña textil llevó a cinco países de África del Este a anunciar a principios de año que se están planteando prohibir la importación de ropa de segunda mano, puesto que sus industrias locales no tienen forma de competir.

Si bien la dimensión de los problemas de la industria es enorme, la buena noticia es que hay muchas soluciones disponibles y muchas más que están en progreso.

Se observa una inmensa cantidad de innovaciones, que van desde el desarrollo de materiales menos tóxicos a nuevas tecnologías que pueden transformar ropa vieja en prendas nuevas, de forma similar al reciclaje de papel.

La organización ambiental Greenpeace desarrolla una campaña para que la industria textil erradique los químicos tóxicos y hay una creciente presión para que los trabajadores de fábricas obtengan salarios dignos con los que mantenerse a sí mismos y a sus familias.

También existe un movimiento nuevo, apoyado por organizaciones como Fashion Revolution, que procura buscar alternativas en la compra de ropa nueva. Estas medidas van desde comprar en tiendas de segunda mano hasta intercambiar ropa con los amigos o compañeros de trabajo, pasando por alquilar prendas para una ocasión especial.

Aunque los gigantes del mercado minorista parecen poco capaces de terminar con el sistema de la moda rápida que han creado, algunos de ellos se esfuerzan por que sus productos sean más sostenibles. Casi tres cuartas partes del calzado deportivo de Nike contiene ahora materiales desechados de sus propios procesos de manufactura. Asimismo, H&M invierte en nuevas tecnologías de reciclaje y ofrece puntos de recogida en sus tiendas, donde los clientes pueden depositar artículos viejos.

Con todo, queda mucho por hacer. Las grandes empresas de la moda deberían ser más transparentes en el impacto ambiental y social de los productos que venden. No es de extrañar que los clientes continúen comprando al máximo si no sienten conexión alguna entre lo que adquieren y las consecuencias sociales y ambientales, que son mucho más desproporcionadas en los países en desarrollo, donde las reglas locales tienden a ser muy laxas.

Incluso si una pieza de ropa se hace de algodón orgánico, el cliente desconoce si la fábrica que la produjo trata a sus empleados de forma justa o si los tintes que se utilizaron contaminan los ríos locales.

Pero al igual que la industria de la moda tiene una clara responsabilidad para actuar, también es importante que cada uno de nosotros sea más responsable con el volumen de ropa que compra. Eso significa que debemos pensar más cada vez que nos tienten las últimas novedades de la moda o las últimas ofertas. Simplemente, habrá que preguntarse: ¿realmente necesito esto? ¿Me hará más feliz y conseguirá que el mundo sea más o menos bello?

Este artículo forma parte de Reclaim, la iniciativa global del HuffPost del mes de septiembre que busca concienciar y educar a los ciudadanos para transformarnos en mejores consumidores.

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Este artículo fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés.