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La Universidad que soñó Giner de los Ríos

28/10/2015 07:08 CET | Actualizado 27/10/2016 11:12 CEST

2015-10-27-1445944773-4188692-giner.jpgLa universidad, principal factoría del conocimiento, tiene un papel protagonista en la actual sociedad del conocimiento. La española es una de las instituciones que más ha cambiado en los últimos decenios, pasando de contar con menos de cien mil estudiantes en los años 50 a tener más de un millón y medio a comienzos del siglo XXI. Ello parece haberla sumido en un estado perenne de crisis, que la han hecho objeto de numerosos y excelentes estudios. En ellos se suelen tomar como modelo las universidades europeas, olvidando a los profesores españoles que en épocas pasadas tuvieron papeles relevantes en el avance de la sociedad.

Uno de los más destacados fue un andaluz de Ronda, Francisco Giner de los Ríos, de cuya muerte se cumple este año un siglo, protagonista destacado de la cuestión universitaria y fundador de la Institución Libre de Enseñanza, ILE. El origen de la Institución se remonta al desarrollo del movimiento krausista en España a mediados del siglo XIX, en el que se planteó la necesidad de renovación educativa en España, país en el cual el analfabetismo de la población superaba el 50% y el de las mujeres el 70%.

La fundación de la Institución se materializó en 1875, durante la restauración borbónica, tras la publicación del retrógrado Decreto Orovio, que prohibía cualquier enseñanza contraria al dogma católico o al trono. Cuando varios catedráticos, entre los que se encontraban Nicolás Salmerón, Gumersindo Azcárate y Francisco Giner de los Ríos, protestaron airadamente, fueron expulsados de sus cátedras; Emilio Castelar, parlamentario famoso por su oratoria, dimitió en solidaridad con ellos. Estos catedráticos, que prestigiaron el cuerpo al ser expulsados de él, tuvieron papeles destacados en la ILE. Tuvieron además un gran protagonismo político, dado que habían auspiciado la proclamación de la Primera República y prepararon el camino para la llegada de la Segunda.

Tras la protesta Giner fue detenido y encarcelado en la prisión militar de Cádiz, lugar en el que terminó de perfilar un centro de educación laico y libre de la presión de las autoridades y de las fuerzas reaccionarias, en el que finalmente estudiaron niños y jóvenes de ambos sexos, así como maestros. La influencia de Giner y de los institucionistas aumentó considerablemente durante los gobiernos liberales de comienzos del siglo XX, culminando en 1907 con la creación de la Junta de Ampliación de Estudios. Aunque la dirección de la Junta se encomendó a Santiago Ramón y Cajal, que había recibido el premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1906, el auténtico alma máter de la Junta fue su secretario, José Castillejo, discípulo de Giner de los Ríos e institucionista destacado.

Además de conceder pensiones para los jóvenes científicos en el extranjero, la Junta creó el Instituto Nacional de Física y Química, centro de investigación puntero financiado en parte por la fundación Rockefeller, fundó la Residencia de Estudiantes, lugar emblemático donde convivieron genios de la talla de Lorca, Dalí y Alberti, y su homóloga mucho menos conocida pero más revolucionaria, la Residencia de Señoritas. Tanto los miembros de la Institución como posteriormente los de la Junta fueron decididos defensores de la incorporación de las mujeres a todas las esferas de la sociedad. Entre los frutos directos o indirectos de la obra de Giner se encuentran la primera hornada de científicos españoles de prestigio internacional y una impresionante constelación de escritoras, políticas, periodistas y científicas del primer tercio del siglo XX. Unos y otras fueron barridos de la sociedad española tras la Guerra Civil; son las víctimas más silenciosas y más silenciadas de la ominosa Victoria.

Además de fundar y dirigir la ILE, Giner propuso una renovación en profundidad de la universidad para que no se limitara a preparar a los estudiantes para la obtención de títulos, sino que tuviera un papel activo como creadora del conocimiento. Abogó por establecer una interconexión entre los diferentes tipos de estudios, para que los alumnos recibieran una formación global, y se interesó por la educación moral y la vida de los estudiantes. Uno de los aspectos más novedosos de su propuesta fue la de participación activa de los estudiantes en el gobierno de la universidad. Por último, habló de la necesidad de la proyección de la acción universitaria a toda la sociedad. De esta forma, la universidad estaría en condiciones de ser no sólo una corporación de estudiantes y profesores, sino una potencia ética de la vida. Sólo por ello Giner merece seguir siendo un referente para los universitarios y, muy especialmente, para las universitarias españolas. En una época en la que algunos quieren poner la universidad española al servicio del mercado, recuperar su legado es más necesario que nunca.

Imagen: WIKIPEDIA

Este post fue publicado originalmente en Diario de Sevilla