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'Sabias, la cara oculta de la ciencia'

11/02/2017 10:29 CET | Actualizado 11/02/2017 10:30 CET

Estoy entre los que piensan que la ciencia tiene una gran belleza. Un científico en su laboratorio no es sólo un técnico: es también un niño frente a los fenómenos naturales que lo impresionan como un cuento de hadas. No debemos permitir que se crea que todo el progreso científico se puede reducir a mecanismos, máquinas, motores, aunque toda esa maquinaria tiene también su propia belleza.

No creo que el espíritu de aventura corra ningún riesgo de desaparecer en nuestro mundo. Si veo alrededor de mí algo especialmente vivo, es precisamente ese espíritu de aventura, que parece indestructible y está emparentado con la curiosidad.

2017-02-10-1486732247-4909284-sabias.jpgEste fragmento de la conferencia «El porvenir de la cultura», que Marie Curie impartió en su viaje a España en 1933, resume lo que representa el trabajo de investigación para los científicos. Y ese espíritu que mantiene viva la ciencia puede anidar tanto en el cerebro de un hombre como en el de una mujer.

No teniendo ninguna duda sobre la veracidad de esa afirmación, hace más de veinte años me pregunté por qué había tan pocas mujeres científicas. Y lo que empezó siendo una curiosidad terminó convirtiéndose en una pasión.

Cuando empecé a buscar en los sitios apropiados, me encontré con que a lo largo de la historia había habido muchas mujeres científicas. ¿Cómo es que eran tan desconocidas? Porque sus trabajos habían sido olvidados, borrados o usurpados. Entre las mujeres que habían hecho contribuciones notables en ciencia encontré mujeres poderosas como Enheduana, suma sacerdotisa sumeria, poeta, astrónoma y astróloga; Aspasia de Mileto, musa y mujer de Pericles, arconte de Atenas en la época más brillante de esta ciudad; Hildegarda de Bingen, abadesa del siglo XII que gozó de la admiración y el respeto de papas y emperadores y escribió el más importante tratado de botánica de la época. No podían faltar Marie Sklowdoska-Curie, descubridora de la radiactividad y ganadora de dos premios Nobel de ciencias, Dorothy Hodking-Crawfoot, la cristalógrafa descubridora de la estructura de la penicilina y de la insulina y merecedora por ello de otro premio Nobel, y Rita Levi-Montalcini, que obtuvo otro premio Nobel por el descubrimiento del factor de crecimiento nervioso. También encontré otras mujeres más discretas, como Francisca de Nebrija, cuyos trabajos fueron ensombrecidos por la fama de su padre, Antonio Nebrija; Caroline Herschel, bajita y picada de viruelas que vivió a la sombra de su hermano, el gran astrónomo William Herschel; Oliva Sabuco, súbdita de Felipe II y autora de una obra sobre filosofía y medicina auténticamente revolucionaria, cuya autoría le fue usurpada póstumamente; Maria Sibylla, dibujante en los gremios alemanes de finales del siglo XVII y primer entomólogo de campo que fue borrada de la historia de la ciencia porque no sabía latín; Emilie de Châtelet, la introductora de las teorías de Newton en el continente, que durante siglos solo fue recordada como la amante de Voltaire; Rosalind Franklin cristalógrafa cuyo trabajo fue usurpado por los que se llevaron los laureles por el descubrimiento de la estructura del ADN; o las hermanas Barnés y otras científicas de la Segunda República cuyas carreras, como tantas cosas en España, fueron segadas por la guerra incivil.

Pero a pesar de que las contribuciones a la ciencia de todas estas mujeres fueron notables, su producción fue incomparablemente menor que la de los hombres. Para entender esta falta de producción científica, esgrimida durante siglos como muestra de la inferioridad mental de las mujeres, comencé a estudiar en qué mundos vivieron estas mujeres. Descubrí que desde el comienzo de la historia, las mujeres fueron sojuzgadas por los hombres, y que entre las prohibiciones que cayeron sobre ellas, una de las más estrictas fue la del acceso a las fuentes del conocimiento. En la Grecia clásica, cuna de la ciencia, la literatura, el arte y la filosofía, las mujeres vivieron recluidas en el gineceo, sin libertad para moverse ni dentro de su propia casa. En la baja Edad Media algunas encontraron una liberación profesando como monjas, lo que las libraba de las servidumbres de embarazos y partos, pero la reforma gregoriana las expulsó de las bibliotecas de los conventos, lugares en los que se había refugiado el saber, y les quitó incluso capacidad de tomar la palabra en público. Una de las primeras medidas que tomaron las universidades tras ser fundadas en los siglos XIV-XIV fue prohibir el acceso a las mujeres, medida secundada por las Academias de Ciencias fundadas en la Ilustración. Y sobre las que aún persistieron en su afán de aprendizaje, cayó el estigma del ridículo. Vistas todas las barreras que tuvieron que superar para seguir la llamada imperiosa de la pasión por descubrir, resulta sorprendente que en todas las civilizaciones y en todas las épocas hubiera mujeres que dedicaran sus vidas a la ciencia.

Este libro es subversivo en el sentido de que pretende subvertir el orden establecido y los estereotipos que a lo largo de los siglos han dificultado el desarrollo intelectual de la mujer.

Tras veinte años de vivir con estas mujeres, de leer y hablar sobre ellas, de soñar con ellas, de intentar meterme en sus pieles para entenderlas, he escrito un libro sobre ellas. En él he intentado darles vida para hacerlas llegar mejor a los lectores y lectoras, transmitiendo su esencia, sin dulcificarla ni endurecerla, porque son lo bastante atractivas como para necesitar maquillajes.

SABIAS. La cara oculta de la ciencia es una reivindicación de la vida y la obra de estas mujeres, un homenaje póstumo que pretende hacerles justicia devolviéndolas al lugar de honor que merecen ocupar en la historia, desde el que pueden servir de inspiración a niñas y jóvenes de hoy. Este libro es subversivo en el sentido de que pretende subvertir el orden establecido y los estereotipos que a lo largo de los siglos han dificultado el desarrollo intelectual de la mujer.

Decía Virginia Woolf que, para ser escritora, una mujer necesitaba una habitación propia (en un sentido amplio, que también incluía tiempo propio) Una científica necesita, además, una formación apropiada en la infancia o juventud, bibliotecas, y aparatos científicos. Todo eso tenían que proporcionárselo los hombres a las aspirantes a sabias. Por eso, este libro está dedicado a los hombres que hicieron y hacen posibles los sueños de estas y de todas las mujeres.

No sólo en el pasado y en las vidas recogidas en este libro, en mi vida, en mi trabajo, yo no planteo una guerra entre hombres y mujeres, sino entre y hombres y mujeres por un lado, y la sinrazón que nos ha negado el derecho a pensar por otro. (Me temo que en el bando de los malos, hay muchos grandes hombres, empezando por Aristóteles). En esa lucha, las mujeres han sido derrotadas durante más de cuatro milenios, varios "sars" de Enheduana. Por eso, no podemos prescindir de ningún aliado, necesitamos a los hombres a nuestro lado.

Hoy vivimos una situación excepcional, las mujeres del Primer Mundo estamos presentes en todos los cenáculos del saber y, aunque nuestra presencia es escasa en los niveles superiores, hay un convencimiento generalizado de que, por el bien de la sociedad, estas desigualdades deben desaparecer. Por este motivo a finales de 2015, Naciones Unidas declaró el 11 de febrero el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en Ciencia. Dos años después, el día 11 F se ha convertido en un evento con gran repercusión que ya cuenta con multitud de actos sólo en España. Esto demuestra que la sociedad por fin empieza a entender lo fascinantes que son las científicas y la importantes que son para el progreso de la misma.

¡Larga vida a las científicas!

Adela Muñoz acaba de publicar SABIAS. La cara oculta de la ciencia