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La lucha de los negros por su libertad pasó por España

07/05/2015 13:32 CEST | Actualizado 07/05/2016 11:12 CEST

Cabecera Heroes Invisibles from Alfonso Domingo on Vimeo.

La historia está llena de héroes invisibles, esos que quizá no decidan el curso de los acontecimientos con sus decisiones políticas o económicas, sino que las sufren, y que a menudo dan testimonio, con su lucha, de los valores que nos conmueven en este viaje desde la barbarie de los primeros tiempos de la humanidad.

La cuestión racial está tristemente de actualidad por los sucesos que, con bastante y alarmante frecuencia, tienen lugar en los EEUU, una cuestión no resuelta desde hace más de un siglo.

Dentro de todos esos viajes que han hecho colectivos o personas en aras de la liberación habría que citar un recorrido realizado por muchos afroamericanos. El que salía de Misisipi y los estados del sur y llegaba a Chicago y a las ciudades industriales del este de EEUU en el primer tercio del siglo XX. Un viaje que, sorprendentemente, tuvo una parada en España durante la guerra civil.

Los afroamericanos vinieron a luchar a España porque era una manera de luchar contra el racismo de su propio país. Miembros de un sector marginado y oprimido, la lucha por su liberación pasó en ese momento por el viaje a España para luchar contra el fascismo y el nazismo y todo lo que representaban: el odio hacia los que no consideraban puros, la creencia en que hay razas inferiores y superiores y que los seres humanos pueden ser sometidos a la esclavitud. Los afroamericanos habían querido ir a la guerra de Etiopía, en 1935, a luchar contra los fascistas italianos y defender de la agresión a una nación negra, independiente, con cultura, además cristiana, pero no les dio tiempo, ya que los italianos utilizaron armas químicas y acabaron pronto la campaña. Así que cuando surgió la guerra de España, en el que el enemigo era el fascismo italiano, además de los nazis alemanes, muchos afroamericanos pensaron en venir a España y combatirlos. Era la misma lucha que tenían en su propio país contra el racismo, el ku-kux-klan y las leyes segregacionistas. En los estados del sur aún existía la segregación racial en escuelas, hospitales, edificios públicos...

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Al final fueron ochenta y cinco. Tenían que venir como estudiantes a Europa, y luego entrar clandestinamente por los Pirineos, ya que las autoridades estadounidenses tenían prohibido el viaje a España y les pusieron muchos filtros. No consideraban que los afroamericanos que querían viajar a París fueran por motivos de estudio.

El documental Héroes invisibles. Afroamericanos en la guerra de España -que se proyecta, en estreno mundial, dentro del festival Documenta Madrid mañana viernes 8 a las 22 horas-, habla de estos 85 que, alistados en el batallón Lincoln, la primera unidad integrada, vinieron a luchar a España. Uno de esos voluntarios fue Oliver Law, muerto el 8 de julio de 1937 en Brunete cuando era comandante del batallón, el primer afroamericano en comandar una unidad de blancos en la historia de los EEUU. Algo que no volvió a pasar hasta el final de la IIGM. También fue excepcional el caso de Salaria Kea, una combativa enfermera que había integrado los comedores de los hospitales de Harlem y que atendió a los heridos de las brigadas internacionales en el hospital de Villa Paz.

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Otro de aquellos hombres, protagonista de excepción del documental, es James Yates. Al final de su vida, Yates escribió un libro, De Misisipi a Madrid, (ed. La Oficina y BAAM), un viaje que resume el de toda una serie de afroamericanos que emigraron en los primeros años del siglo XX de un sur de Estados Unidos aún bajo las marcas y señales de la esclavitud, hacia un norte que les ofrecía más oportunidades. En el caso de Yates, ese viaje al sur de arriba, como decían los negros, tiene un hito en la experiencia española. Porque aunque Yates regrese, como el resto de afroamericanos y brigadistas a su país, tras la experiencia de la guerra española, ya nada será lo mismo.

La vida de James Yates es la un héroe invisible, de esos con los que está hecha la historia. Yates, con 17 años, emprende un recorrido en ferrocarril desde su Quitman natal, en Misisipi, al norte, a Chicago. Allí, además de la fascinación por la ciudad en la que se podía beber de las fuentes públicas junto a los blancos u ocupar un asiento no segregado en los transportes públicos, encuentra varios empleos y acaba de camarero de ferrocarriles, un trabajo desempeñado a menudo por afroamericanos emigrantes. Es un mundo que sigue siendo de los blancos, pero donde las secuelas más duras del racismo están limadas: los negros pueden aspirar a tener una vivienda, aunque sea en los ghettos, e incluso poseer un automóvil.

Todo parece ir bien para Yates, que descubre la fuerza de los sindicatos, donde empieza a tener un pequeño papel, pero llegan el crack de la bolsa de 1929 y la pérdida de su empleo. Yates se aleja de su familia y tiene que trasladarse a Nueva York para buscar trabajo. Los tiempos, definitivamente, han cambiado para mal, y no sólo para él, sino para miles de obreros que atiborran las colas buscando una colocación y que, desahuciados de sus casas duermen en los parques y deambulan como zombis en un mundo donde no tienen lugar (¿No suena a algo parecido hoy día?).

Yates es rescatado por el pintor Alonzo Watson, que milita en los movimientos de protesta y que acaba enrolado en las brigadas internacionales. Yates seguirá su camino, aunque un poco más tarde que su amigo Watson. Precisamente cuando llega a España, tras cruzar los Pirineos, se encontrará con que su mejor amigo ha sido el primer afroamericano en caer en la batalla del Jarama.

A ese primer mazazo le seguirán los avatares de la guerra. Yates es destinado como conductor a variadas misiones. Por ejemplo, lleva al frente de Teruel a periodistas como Herbert Matthews, del New York Times y a Ernest Hemingway, así como a Langston Hughes, el primer corresponsal de guerra norteamericano, al que dejará su capote para combatir el frío.

Yates participa en la batalla de Brunete, vive los raids aéreos sobre Madrid y se juega la vida en las carreteras españolas. Un avión bombardea su camión en el levante y él resulta gravemente herido. Pasa varios meses en el hospital y, en 1938, con algunos brigadistas, regresa a EEUU. Allí la realidad le golpeará con más dureza que las bombas fascistas, tal y como relata. En Manhattan, la primera noche, él y todos sus compañeros se van de un hotel que no permite el alojamiento de negros. A partir de ese momento, y con el breve paréntesis de la II Guerra Mundial, Yates militará en organizaciones por los derechos humanos, sufrirá como el resto de los veteranos de la Lincoln la presión y persecución del FBI, a pesar de que la inmensa mayoría habían dejado de ser comunistas. Vive en Manhattan de una tienda de reparación de radios y televisores que monta, ya que nadie, por sus antecedentes, le da un empleo. En la última parte de su vida, escribe De Misisipi a Madrid, el libro donde palpita su vida, la vida de un superviviente, su viaje vital hacia la libertad y la dignidad, que en un momento dado, pasó por España y su guerra civil.

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El documental recoge asimismo el viaje de Langston Hughes, un corresponsal de guerra afroamericano, amigo de fotógrafos, periodistas y escritores como Henri Cartier-Bresson, Nicolás Guillén, Ernest Hemingway, Octavio Paz, Ilya Ehrenburg, Michael Kolsov, André Malraux, José Bergamín, León Felipe y un largo etcétera. Habría que reseñar que es Hughes el primero en traducir a García Lorca al inglés, ayudado por Rafael Alberti y Manuel Altolaguirre. Langston viene como corresponsal del Batilmore sun, y sus crónicas son un prodigio de frescura y humanidad, ofreciendo una visión cercana y solidaria a los lectores de los periódicos para los que trabajaba.

Y, por supuesto, se habla de Paul Robeson. El actor y cantante, que luego fue perseguido en EEUU por sus opiniones políticas y al que tacharon de comunista y le retiraron el pasaporte, vino a España en 1938 a cantar para las tropas republicanas. La leyenda dice que la batalla de Teruel paró durante dos horas para que de los dos lados de las trincheras escucharan su increíble y mítica voz.

Aunque se han hecho muchos documentales sobre la guerra civil, este tema aún nadie lo había abordado. Tuvo que ser el encuentro entre tres personas la chispa que desencadenara el proceso que ha llevado, tras un recorrido con muchos altibajos, a su conclusión. Mireia Sentís, artista y escritora, estudiosa de la cultura afroamericana y editora del libro de Yates en español, Jordi Torrent, cineasta catalán afincado en Nueva York, que había hecho una gran cantidad de grabaciones a Yates en los años 80 y el que esto suscribe, unieron esfuerzos, tiempo y dedicación y el resultado es este Héroes Invisibles que esperemos que ilustre este capítulo prácticamente inédito de la historia de los EEUU y España.

Hay que poner de manifiesto la actualidad de su lucha, de la necesidad de ideales, de apostar siempre por la pulsión del ser humano menos egoísta y que más nos acerque a los demás, valores hoy más necesarios que nunca. Los afroamericanos que vinieron a España tuvieron el coraje de actuar. Toda una vida de lucha y dificultades que tuvo, sin embargo, algunos momentos de gloria. A mí me gusta recordar uno de los instantes de gloria de "nuestro" Jimmy Yates. Ocurrió en los años setenta, en la soledad de aquella pequeña tienda de Manhattan donde reparaba radios y televisiones. Tenía la radio puesta mientras reparaba una avería y oyó que el estado de Misisipi había abolido la segregación. Esa emoción le puso, sin duda, lágrimas en los ojos. La vida de James Yates, como la de esos millones de seres anónimos, está hecha de esos flashes, minutos de felicidad y años de soledad y silencio, de angustia y de lucha.

Para los voluntarios afroamericanos que lucharon en España, hacerlo en una unidad como la Lincoln fue muy importante. Por un lado, se encontraron con un pueblo que les acogía con curiosidad, con cariño, que estimaban lo que hacían, que les querían, y que no era racista. Ellos podían alojarse en cualquier hotel, comer en cualquier lado, beber, bailar con mujeres sin que les hicieran ver su diferencia de color. Y es algo que les impulsó después, de regreso a su país, a seguir luchando por los derechos civiles. Ellos no acabaron la lucha en España, simplemente la empezaron.

En el batallón Lincoln, esa camaradería de la guerra forjó vínculos indestructibles entre blancos y negros. Lucharon y murieron juntos, regaron con su misma sangre roja la tierra de España. Eso no se olvida. Los veteranos de la Lincoln estuvieron siempre en primera línea de la defensa de los derechos civiles en todas las movilizaciones y campañas en EEUU. Los brigadistas blancos aprendieron mucho de la experiencia, fue un laboratorio y un taller en plena guerra, en donde la vida no valía a veces demasiado y podía desaparecer de un momento a otro.

2015-05-07-1430996973-7532486-Capturadepantalla20150507alas12.58.19.pngYates volvió a España en dos ocasiones, en 1971, antes de la muerte de Franco, y en 1986, cuando los brigadistas veteranos fueron recibidos en el Congreso de los Diputados en un baño de emociones para celebrar el 50 aniversario de la llegada de las brigadas.

A veces una obra se hace por un pensamiento, por una idea. La de Héroes invisibles es esta: en nuestro país, en ese momento tan trágico y difícil de la guerra civil, luchando por lo que creían, por primera vez, una generación de afroamericanos se sintió libre. Lo cuentan muchos en sus memorias. Eso se merecía un documental.

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