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Mamá, ponte en la foto

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El fin de semana pasado viajé con mi familia para asistir a la fiesta de cumpleaños de mi sobrina mayor, que cumplía 16. Mi hermano y mi cuñada llevaban muchos meses planeando la celebración, que querían que fuera una gran sorpresa, y habían incluido una cabina de fotomatón para que los invitados se hicieran fotos.

Llegué a la fiesta un poco tarde y, como de costumbre, ligeramente agotada tras tratar de vestirme y vestir a todos mis niños para una noche tan especial. Todavía no he perdido todo el peso del embarazo, llevo un sujetador de lactancia y no me cabe mi ropa más bonita. Me sentía incómoda, cansada y desaliñada.

Estaba con la espalda dolorida apoyada contra el bar, con mi bebé de cinco meses durmiendo en un portabebés sobre mi pecho (pese a los tonos graves y melodiosos del dúo LMFAO que resonaban por toda la habitación), cuando mi hijo de cinco años se me acercó corriendo.

"¡Ven a hacerte fotos conmigo, mami", gritó por encima de la música, "en el fotomatón!"

Vacilé. En los últimos tiempos, evito tener pruebas fotográficas de mi existencia. La verdad es que evito incluso los espejos. Cuando me veo en una foto, me estremezco. Sé que no soy la única; conozco a muchas amigas que también evitan la cámara.

Parece lógico. Tenemos cuerpos de madres y ya no somos tan jóvenes. No siempre tenemos tiempo de usar el secador, maquillarnos ni, a veces, bañarnos. Los niños son mucho más ricos que nosotros, así que mejor que les hagan las fotos a ellos.

Sin embargo, deberíamos esforzarnos en entrar en la foto. Nuestros hijos necesitan ver lo jóvenes, bellas y humanas que eran sus madres. Nuestras hijas necesitan ver que éramos vulnerables y abiertas, tal como éramos, mujeres, madres, personas que tenían una vida. ¿Evitar la cámara porque no nos gusta ver nuestras fotos? ¿Cómo va a ser eso normal?

Hay demasiadas cosas de la vida de una madre que se quedan sin testimonio y son invisibles. La gente, incluidos mis hijos, no ven cómo me aseguro de que sus peluches favoritos estén en sus camas todas las noches. No saben que recorro los pasillos del supermercado buscando golosinas que les gusten para darles un día especial. No saben que conservo las finas camisitas de abertura lateral del hospital en el que nacieron y las pulseras de identificación en unas cajas guardadas en lo alto de sus armarios. No me ven dando vueltas en la cama, preguntándome si lo estoy haciendo bien como madre, si están bien en el colegio, dónde deberíamos llevarlos de vacaciones, qué podríamos hacer por sus cumpleaños. En Nochebuena me quedo hasta altas horas de la noche envolviendo regalos y comiendo leche con galletas, y me paso horas navegando por interenet y en los grandes almacenes en busca de disfraces de Halloween y regalos de cumpleaños que me han pedido. No ven nada de todo eso.

Algún día quiero que tengan un testimonio, que me vean sentada a su lado: yo, la mujer que les dio a luz, a la que pueden dar gracias por sus muslos potentes y su bonito cabello: yo, la mujer que les cuidó durante los primeros años de vida, que soportó unas tetas dignas de actriz porno y meses de que se le escapara la leche; yo, que iba de un lado a otro recogiendo tentempiés para ser la madre encargada de leer esa semana o planear la fiesta de San Valentín de la clase; yo, que lloraba cuando les dejaba en la guardería, aspiraba el olor de su pelo después del baño mientras les leía cuentos en la cama, y me saltaba los límites de velocidad cuando tenía que llevarlos a toda prisa a urgencias pediátricas a mitad de noche para lo que fuera (infecciones de oído, laringitis, rotavirus).

Soy omnipresente en sus cortas vidas y, sin embargo, tengo muy pocas fotos en las que aparezca con ellos. Algún día dejaré de estar aquí -no sé si ese día será mañana o dentro de 30, 40 o 50 años-, pero quiero que tengan fotos mías. Quiero que vean cómo les miraba, que vean cuánto les quería. No soy alguien perfecto a quien mirar ni a quien querer, pero soy su madre, sin más.

Cuando veo fotografías de mi propia madre, no me fijo en celulitis ni peinados desastrosos. Solo la veo a ella: sus ojos bondadosos, su sonrisa alegre y abierta, su ropa tan familiar. Esa es la madre a la que recuerdo. Siempre me encantó que tuviera el estómago suave, la piel llena de pecas, los dedos largos. No me importaba que no pareciera una modelo. Era mi mamá.

Por eso, a la hora de la verdad, si no soy capaz de hacerlo por mí misma, quiero hacerlo por mis hijos. Quiero estar en la foto, darles ese recuerdo visual de mí misma. Quiero que vean hasta qué punto estoy aquí, cómo les envuelve mi cuerpo en un abrazo, cuánto les quiero.

Siempre conservaré la pequeña tira impresa con las cuatro fotos cuadradas y las palabras "Dieciséis cumpleaños de Morgan" escritas por arriba junto con la fecha. Ahí estoy, con el pelo mal peinado, apenas nada de maquillaje, un rostro más redondo de lo que me gustaría; con una mano que sostiene la cabeza de un bebé dormido y la otra alrededor de mi adorado niñito, al que no podría importarle menos mi aspecto.

allisontatenotforreuse

Debido al éxito que este artículo ha tenido en la versión estadounidense en The Huffington Post, el equipo de la sección Padres invitó a los lectores a enviar sus propias fotos. Puedes verlas en esta fotogalería y participar también.

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Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.