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‘El Cantor de México’, el entusiasmo por Méxiiiiico

15/10/2017 10:21 CEST | Actualizado 15/10/2017 10:21 CEST

Javier del Real
El Cantor de México - Rossy de Palma

Esa intelligentsiateatral que no se sabe donde está, pero que existir existe, lleva un tiempo negándole el pan y la sal al director de escena Emilio Sagi. Gracias a Dios, es algo que no le afecta y él sigue teniendo oportunidades para seguir trabajando. Y el público, el desprejuiciado y no adocenado, puede continuar disfrutando de sus brillantes montajes. Propuestas escénicas de las que salen tan entusiasmados como salen los que acuden a ver y a escuchar El Cantor de México de Francis López en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Opereta con Rossy de Palma, que se ha convertido en una atrayente y excesiva actriz del teatro europeo, como las de antes, de esas que se hacían querer por personalidad y presencia, de las que, porque sí, caían bien al público.

Y si Rossy es seguramente el reclamo, la carta de presentación, una vez dentro del teatro las cosas cambian. Sobre todo por cómo canta José Luis Sola, el tenor ligero que emula muy bien a Luis Mariano, el famoso cantante español que triunfó en Francia, y por lo bien que suena la orquesta y el coro. Música ligera, alegre, bonita, pegadiza y que el público sale tarareando por la calle. Pero sobre todo por ese México sostenido de Sola que parece no acabar nunca y que enciende la expectación de los espectadores, nunca mejor dicho, hasta hacerles acabar en bravos y aplausos.

Historia gaseosa de unos jóvenes muchachos vascos, componentes de la coral de su pueblo, que se llegan a París para triunfar como cantantes. Y la ciudad les ofrece trabajo, claro, el que se da a los emigrantes, antes, ahora y siempre. Un trabajo penoso y forzado, en este caso el de pintores. Pero como en toda opereta que se precie la casualidad de la vida, por estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, a uno de ellos le lleva a hacer una prueba para rodar una película musical en México y de ahí a conseguir el papel a ensayar mucho en el camerino con la diva de la producción.

Amores correspondidos y no correspondidos, una mínima trama argumental, tópicos sobre lo vasco, lo español (esa audición con pandereta es lo más), lo mexicano y México, las divas insufribles (de vida libre, ligera y disoluta) y los halitosos y calzonazos empresarios teatrales en un mundo de fantasía y escapismo dan lugar a una obra alegre, sencilla, disoluta. Vamos, para dejar el mundo real fuera y sentarse a disfrutar y entregarse a esta divertida fantasía lírica por cierto, traducida del francés por Enrique Viana, ese artista que lleva años reivindicando la lírica como lugar para el humor. Sí, escapismo puro. ¿Seguro?

Trailer de El Cantor de México - Teatro de la Zarzuela

No, claro que no. El inteligente Emilio Sagi, como si nada, monta casi todo en lo que ahora se llamaría el backstage. Lo que habitualmente el espectador no ve. Un mundo negro y gris, la cruda realidad del trabajo, bastante distinto del mundo colorido que ofrece de forma habitual el marketing teatral y la escenografía a los que se sientan en butaca. Lugar en el que se hacinan profesionales moviendo cosas, ensayando, repitiendo, pasando castings, arriesgándose a ser rechazados, discutiendo sobre esto, aquello y el más allá. Un más allá que suele ser siempre un más acá, sobre quién me quiere, a quien quiero, porque no me quieren. Un con quien me acuesto y con quien me levanto. Un interés por saber con quien se acuestan los otros y con quien se levantan.

Es ese mostrar cómo en ese mundo fabril se construye la fantasía, la belleza y el humor lo que hacen de Sagi el inteligente director de escena que podría suceder a Franco Zeffirelli desde una perspectiva más actual y, si la obra lo permite, guasona. Elementos que se resumen en ese número de Rossy de Palma como Coronela Tornada acompañada por el cuerpo de baile vestido como luchadores de lucha libre mexicanos vestidos de azul turquesa, atención al color, delante de un fondo nocturno de mar y lunero.

Pero al final, ¿todo este análisis importa? Importar, importar, le importará al crítico. Sin embargo, poco le importará al espectador corriente y moliente. Ese que tras ver la función sale con el corazón contento, lleno de alegría con ganas de cantar y bailar. Un sentimiento que se nota en cómo felicita el público a Daniel Bianco, el director artístico del Teatro de la Zarzuela, a la salida de la función. Un sentimiento que, seguramente, convierte a "El Cantor de México" en el verdadero musical de la cartelera madrileña de esta temporada, lástima que a penas esté un mes en cartel y que, gracias al boca-oreja, quien no se apresure se quedará sin entrada.

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