Antonio Ramírez

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Imaginar la librería futura

Publicado: 18/09/2012 08:05

¿Es posible imaginar una nueva librería en los tiempos que corren?

Parece una tarea ingenua y no menos que imposible. Todos los indicadores parecen señalar en una dirección contraria: los lectores, incluso los muy buenos lectores, dedican cada vez más tiempo y atención a lo digital -no sólo a la lectura de ebooks, sino sobretodo de Twitters, páginas de Facebook, blogs, webs, etc-; el comercio electrónico se ha impuesto como el paradigma contemporáneo del acceso inmediato a un universo de mercancías sin límites; la circulación de contenidos culturales se afianza sobre unos vectores del todo ajenos a la edición en papel -desmaterialización, desintermediación, inmediatez, deslocalización y gratuidad. ¿Podemos encontrar un lugar para la librería futura?

Tal vez sólo sea posible si precisamente nos situamos en su dimensión irremplazable: la densidad cultural que encierra la materialidad del libro de papel; mejor dicho, pensando la librería como el espacio real para el encuentro efectivo de personas de carne y hueso con objetos materiales dotados de un aspecto singular, de un peso y una forma única, en un momento preciso.

Así planteada, la pregunta se convierte en cómo expandir tanto como sea posible la densidad cultural y social de este "coté" físico irremplazable. En nuestro caso, hemos intentado responder trazando una doble estrategia que comprende, por una parte, el diseño del espacio y el tratamiento físico de los libros, por otra, el aspecto social, la acogida y la interacción con el público lector; destacamos algunas ideas fundamentales:

  1. Una arquitectura para el placer y la emoción. Antes que una necesidad, hoy comprar un libro es sobre todo un placer; la librería no es ya una ventana para acceder a la información sino más bien una caja de resonancia para la evocación, no es tanto un espacio de conocimiento propiamente dicho como de re-conocimiento y re-creación; elegir una nueva lectura es un instante placentero en el que el lector deja actuar a la memoria y a la imaginación. La arquitectura y el diseño del espacio en el que este instante transcurre deben estar completamente a su servicio. El lector debe poder construir de manera espontánea y no dirigida una relación afectiva con la librería como entorno físico. Si el libro no es un mero contenedor de textos, sino sobre todo una forma viva, debemos pensar la librería como un gran escenario y entender el trabajo del librero como el de un coreógrafo volcado en la organización de formas que fluyen, una danza capaz de provocar emociones.
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    Patio de La Central Callado.


  3. El libro como objeto simbólico. Las mesas, estanterías y expositores deben estar al servicio de los aspectos formales del libro; deben desaparecer y, como pedestales mudos, permitir el despliegue de la retórica formal inscrita en el libro. Cualquier obstáculo debe ser suprimido, cualquier "ruido" ambiental eliminado: sólo debe escucharse la voz tranquila del libro que se explica a sí mismo valiéndose de su portada, su tipografía, sus ilustraciones.
  4. Las buenas vecindades. La selección es la primera arma del librero. Y ello no sólo significa saber elegir algunas novedades en detrimento de otras; sobre todo significa: jerarquizar, ordenar, hacer visible un criterio, mostrar sin tampoco decir, sin obligarse a hacer explícitas las razones de una determinada selección. La composición de las mesas es la herramienta principal para el librero que se propone propiciar el encuentro no con el libro que el lector buscaba antes de entrar en la librería sino justamente con su vecino inesperado.
  5. La ciudad. La organización de los espacios de una librería debe estar guiada por una coherencia muy especial: como celdas de una colmena, cada zona debe albergar temas y ámbitos, dispuestos en una secuencia lógica, respetando la gramática expositiva propia de cada género, para que el lector pueda moverse entre ellas de una manera natural, dejándose guiar por su curiosidad. Pero más que a un casillero de clasificación, una librería debe parecerse a una ciudad con sus plazas, cruces de avenidas, parques, callejuelas y bulevares; tanto mejor si se parece más a una ciudad mediterránea -irregular y asimétrica, algo descuidada y azarosa- que a un "nuevo" barrio soviético -uniforme, funcional y previsible. En todo caso una ciudad que no precise un mapa, que invite al visitante a perderse en ella; el librero no será el guía que le señale el camino más corto, sino justo todo lo contrario, el alcahueta que le induce al extravío.
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    Primer planta de La Central Callado.


  7. Meteorología. Si los límites entre los ámbitos de interés de un lector tienen la estabilidad de las nubes, un librero debe ser como un metereólogo: capaz de anticiparse y reconocer cuando las nubes se juntan y forman cumulonimbos, debe identificar así las posibles "unidades temáticas de interés", relativamente estables y predecibles, adivinar sus contornos aún asumiendo el riesgo de equivocarse, y en cuanto se ha reconocido una figura, comenzar a adivinar sus mutaciones.
  8. El mediador. A nuestro juicio, el librero debe ser ante todo un "hiper-lector"; "hiper" (del sufijo griego "uper", que siginifica tanto "más allá de" como "en relación a"), no en el sentido de cantidad, no nos referimos tanto a que deba ser alguien que lea "mucho", sino ante todo alguien capaz de crear vínculos y de establecer relaciones; la suya no es una lectura hermenéutica, nunca emitirá juicios a la manera de los críticos literarios o los profesores universitarios; lejos de ser un constructor de cánones, lo propio del librero es su capacidad para asociar lecturas, para proponer la continuidad entre textos en apariencia distantes, para crear familiaridades entre títulos que no pueden ser formuladas de otra manera, para mostrar jerarquías que sólo pueden sugerirse. La materia prima de su trabajo está compuesta de una peculiar síntesis entre su personal experiencia lectora y su sensibilidad respecto a la materialidad del libro: su tarea es moldear una paisaje, contar una historia a partir de los nombres, los títulos, los formatos, las ilustraciones, los colores y los símbolos editoriales; debe hacer todo ello comprensible para los lectores atentos usando como lenguaje, más que la palabra, las peculiaridades de la forma del libro.
  9. La convivialidad. Si la librería debe ser un lugar de encuentro no puede escatimar recursos para intentar situarse en el centro del flujo de voces múltiples que siempre acompaña a la lectura, justo en el medio del conjunto de rituales efímeros que los lectores comparten entre sí. Un restaurante, una cafetería siempre resulta un complemento ideal para lograr que los lectores tengan la certeza de que, más allá de la simple venta de libros, en la librería ocurren muchas otras cosas que le conciernen.

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Sección infantil en La Central Callao.


Decimos que la estrategia para la librería que viene debe apoyarse sobre la condición material del libro de papel; pero esto no significa que preveamos un futuro diáfano. Nuestro futuro está ligado a la pervivencia del sistema de mediaciones soportado por el libro impreso sobre papel y esta pervivencia dependerá a su vez del resultado de una disputa por el tiempo y la atención de los lectores. No debemos escatimar esfuerzos allí donde aún somos fuertes: en el entramado de vínculos sociales y simbólicos que aún hoy se concentran en torno al libro de papel.

Antonio Ramírez
Barcelona, septiembre de 2012

 

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