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La desmemoria sobre Adolfo Suárez

29/03/2014 09:59 CET | Actualizado 28/05/2014 11:12 CEST

La pérdida de la memoria por Adolfo Suárez en los últimos años de su vida ha tenido un efecto benéfico para el artífice principal del advenimiento de la democracia, tras 40 años de dictadura franquista: le ha ahorrado el mal trago de sufrir la desmemoria tanto de quienes ahora le han ensalzado, con olvido de los ataques que le dirigieron, como de quienes, basándose en la procedencia franquista de Suárez, olvidan que ese origen fue decisivo para devolvernos la democracia.

Habría sido tremendo para Adolfo Suárez recordar cómo el propio don Juan Carlos, que tuvo la habilidad de reclutarle para esa operación histórica, por su valía personal y por su identificación con el viejo régimen -para no inspirar sospechas a quienes seguían fieles al fallecido dictador-, muy pronto estuvo dispuesto a prescindir de sus servicios. Cuando la implantación de la democracia y de las libertades comenzó a ser insoportable para los militares y los civiles franquistas, allá por el final de 1980, el Rey utilizó a Suárez como pieza de usar y tirar. Esa opción no le ahorró tener que emplearse a fondo el 23-F. Seguramente, un puñetazo real en la mesa militar y el respaldo a su presidente del Gobierno habría impedido la intentona golpista y permitido a Suárez terminar su tarea.

Las prisas de los líderes del PSOE por alcanzar el poder hegemónico (habrían aceptado, a diferencia de lo que hizo Suárez, una democracia sin que se legalizara el Partido Comunista) les hizo descalificar al presidente del Gobierno al que ahora, durante su enfermedad y una vez fallecido, ensalzan y valoran como deberían haber hecho en su momento. "Nos quedaríamos sorprendidos de las cosas que decía el PSOE de Adolfo Suárez cuando era presidente y que decíamos nosotros, entonces Alianza Popular", declaró a la SER Alberto Ruiz-Gallardón. "Nos quedaríamos sorprendidos y quizá avergonzados".

¿Y cómo se habría quedado Suárez rememorando todo aquello? Alfonso Guerra, muy sensible en los últimos años a los infortunios personales de Suárez, llegó a llamarle "Tahúr del Misisipi", tratando de describir así su facilidad para hacer trampas. Y cuando se fabulaba sobre la actitud de Suárez ante un hipotético golpe de Estado, se atrevía a decir: "Si llega a las Cortes el general Pavía a caballo, Suárez se subiría a su grupa". En 1980, con ocasión de la moción de censura del PSOE, Guerra aseguró que "Suárez tiene miedo al Parlamento y considera la democracia como un mal a soportar". También dijo, en 1986, que igual que desmontó el Movimiento y destrozó UCD, "Suárez estuvo a punto de desmontar la democracia".

José María Aznar, por su parte, que fue muy reticente al proceso constituyente -la joya de la corona de Suárez- y a lo que denominaba el "llamado consenso" desde La Nueva Rioja, se permite ahora decir, tras asegurar que trató de seguir el ejemplo de Suárez: "Creo que las cosas que he podido hacer bien deben mucho a lo que aprendí de él: integrar, sumar, acoger, abrir en la política espacios al consenso y al encuentro". ¡Qué suerte para Suárez no haber leído esta lección de hipocresía de quien no pidió el voto favorable para la Constitución!

Adolfo Suárez tuvo mucha capacidad para encajar las críticas. Tanta que Ricardo de la Cierva, autor de un artículo publicado en El País a raíz de la designación de Suárez, en julio de 1976, como presidente del Gobierno, titulado ¡Qué error, qué inmenso error!, terminó siendo ministro de Cultura, en 1980. En el fondo, Suárez fue comprensivo con quienes no esperaban su nombramiento, previa inclusión de su nombre en una terna del Consejo del Reino, hábilmente manejado por Torcuato Fernández-Miranda, a fin de ofrecer a don Juan Carlos: "Lo que el Rey me ha pedido".

Ni un solo medio de comunicación adivinó la designación de Adolfo Suárez. Recuerdo que en El País apostamos tanto por José María de Areilza (que ni siquiera formó parte de la terna) que el subdirector del periódico, Darío Valcárcel, se encontraba en casa del diplomático para obtener la primicia de entrevistarle. Fue curioso que yo pregunté al director, Juan Luis Cebrián, por qué apostábamos tanto por Areilza y nada, por ejemplo, por Suárez. Cebrián insistió en que sería Areilza y me preguntó de donde sacaba yo lo de Suárez, a lo que contesté, divertido: "Las fuentes de la noticia nunca las decimos, pero en esta ocasión sí te la diré. ¡Tu padre!" (Vicente Cebrián, que fue mi director en la agencia de noticias Pyresa, de la Prensa del Movimiento, y que conocía muy bien el funcionamiento de las instituciones franquistas.)

La anécdota guarda relación con lo insólito del nombramiento de Adolfo Suárez, ministro secretario general del Movimiento y antiguo gobernador y jefe provincial del Movimiento de Segovia, quien no parecía ofrecer el perfil adecuado para liderar el proceso democratizador que nos alejara del franquismo. Pero esa designación -y la enérgica voluntad del designado de emplearse a fondo en esa tarea democratizadora- facilitó hacer una ley de Reforma Política que diseñó el hara-kiri de las Cortes orgánicas, la convocatoria de las primeras elecciones democráticas desde la República y la apertura de un proceso constituyente.

Es lógico que, desde los sectores ultraderechistas que todavía imperan en España, se acuse de "traición" a Adolfo Suárez, por permitir -según dicen- que el Ejército deje de ser la base de la Patria, atacar a la familia mediante la ley del Divorcio, aceptar el chantaje nacionalista, ceder a la izquierda las escuelas, los centros de trabajo y los medios informativos. De no haber perdido la memoria, Suárez, antes de morirse, habría recibido estas quejas con una sonrisa.

En cambio, quienes desde posiciones decididas a inventarse la transición, o desde el juicio rápido de las redes sociales, acusan a Suárez de ser un esbirro del franquismo, por proceder de él -dato que nunca negó-, podrían haberle sumido, de no haberse interpuesto el alzheimer, en una cierta incomprensión. Porque ese origen -y la voluntad de superarlo- ha sido la clave para iniciar el desmoronamiento de la dictadura y la llegada de las libertades, a partir de las cuales se debe avanzar en democracia.

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