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La nueva 'normalidad': ¿crecimiento con millones de parados?

25/10/2013 07:13 CEST | Actualizado 24/12/2013 11:12 CET

Dicen los economistas que salir de la recesión significa romper la caída del PIB consecutiva durante al menos dos trimestres, y a eso andan agarrados como lapas algunos responsables políticos.

Arguyen, además, que el 0,1 % de crecimiento registrado en los últimos tres meses medidos viene acompañado de noticias positivas en las exportaciones o el crecimiento del número de turistas. Aunque olvidan, eso sí, que otros parámetros esenciales como la demanda interna siguen de capa caída o que continúa habiendo (más allá de las fluctuaciones de la última EPA) casi 6 millones de parados.

Pero la desmemoria selectiva referida a esas magnitudes no es la más grave. La más fastidiada se refiere a que muchos tienen en mente (porque todavía no lo verbalizan, ya tendrán tiempo para hacerlo) una salida de la recesión, primero, y de la crisis, después que nos lleve a otra normalidad (con cursiva) económica y social distinta a la que conocíamos.

Esa nueva normalidad sería la de un país en crecimiento que mantuviera una enorme cifra de paro de forma permanente. Es más, el crecimiento sería posible gracias a una cantidad de desempleados que se contaría por millones.

Gracias a ese paro, se conseguiría de la manera más simple y brutal alcanzar una competitividad en los costes de producción (con salarios y condiciones salariales a la baja) que nos permitiría exportar más sin necesidad de recuperar la demanda interna.

Por supuesto, los desempleados (cuyas prestaciones irían disminuyendo con el paso del tiempo) no serían siempre los mismos porque las modalidades de contratación y la facilidad para el despido terminarían provocando que un porcentaje cada vez mayor de trabajadores pasaran por las oficinas del paro periódicamente a la largo de su vida, como en una noria sin fin.

Un cada vez más lejano horizonte de jubilación (ahora hay quien ya habla de los 70 años) y un estado del bienestar cada vez más débil y progresivamente privatizado completarían la citada nueva normalidad a la que se verían condenados los países del sur de de la UE como España, pero que -nadie lo dude- terminaría extendiéndose como una mancha de aceite a otros estados ricos.

La pregunta se hace evidente: ¿es compatible esa nueva normalidad con el modelo social europeo que ha formado parte del pacto básico alcanzado en nuestros países en las últimas décadas? A mí no me caben dudas: NO.

Se me ocurre un segundo interrogante: ¿hasta qué punto la política de austeridad a palo seco impuesta por la derecha alemana al resto de la UE pervivirá en el Gobierno de gran coalición que empieza a negociarse en Berlín?

Mucho de lo que nos pase en el futuro está en manos del SPD alemán y de su capacidad para hacer entender a sus próximos futuros socios que el negocio más rentable no siempre es el que rinde beneficios a corto plazo, sino el que los asegura para siempre. La UE es de los segundos. La austeridad como un fin en sí mismo, de los primeros.

Porque ¿quién les asegura que la sociedad aceptará la nueva normalidad de algunos sin más?