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Es normal que mueran caballos en El Rocío

28/05/2015 07:26 CEST | Actualizado 28/05/2016 11:12 CEST
REUTERS

El final de la romería onubense de El Rocío, una de las más populares dentro y fuera del país, vuelve a dejarnos con mal sabor de boca. No, no me refiero a la debacle electoral del sempiterno Perico Rodri, al que el histórico giro en la política onubense habrá chafado a buen seguro las últimas horas de fiesta. Porque él se va, pero lo hace con las botas bien puestas. Esta vez, una vez más, vuelven a ser los más vulnerables quienes pagan el precio de la civilización humana: según han informado medios locales, este año han vuelto a fallecer caballos en la romería. A esto se le añade una denuncia interpuesta a un transportista por llevar a once de estos animales en malas condiciones higiénicas.

Habría que empezar precisando que, como es obvio, este caso difiere de otras posibles manifestaciones del maltrato animal. Visual y conceptualmente, estaríamos ante una forma de maltrato mucho más sutil que aquella puesta en marcha en los contados casos que sí saltan esporádicamente a los medios de comunicación mainstream: granjas convertidas en cárceles de explotación intensiva, el comúnmente aceptado espectáculo de las corridas de toros o sus variantes locales, como el del Toro de La Vega (ya popular, gracias a la labor de visibilización de activistas y profesionales de la comunicación), ese controvertido y polémico evento. Léase con ironía.

En este caso la violencia es menos obvia; en consecuencia, también es más difícil de aceptar. Y más fácil esgrimir una excusa. Según el Colectivo Andaluz contra el Maltrato Animal (CACMA), algunas de las muertes de los equinos se deben a accidentes. La gran mayoría, no obstante, se produce por "desfallecimiento ante la falta de cuidados y/o maltrato directo". El problema, así como la "falta de empatía", radica en esta realidad mayoritaria, denuncia el colectivo.

Hablamos de una cifra de muertes que gira en torno a la decena y la veintena cada año. Todo esto tiene que ser leído en su contexto: la peregrinación que todos los años, justo antes del verano, tiene lugar en los alrededores de la aldea onubense es un verdadero escenario de caos (para el observador externo) que todos los años deja accidentes varios en los que no faltan las personas heridas e incluso fallecidas. Son muchos los caballos movilizados en el evento: alguien podría, partiendo desde este contexto, argumentar que las muertes de los animales son, hasta cierto punto y en términos estadísticos, normales.

A día de hoy, gracias a siglos de activismo social y político en torno a numerosas cuestiones, sabemos que la normalidad se construye. Recordemos el escándalo mediático que levantaron las declaraciones de un renombrado filósofo que "comparó los toros con la ablación". Evidentemente los titulares eran, cuando menos, engañosos. Lo único que hizo Jesús Mosterín fue ponernos contra las cuerdas de nuestro propio chovinismo cultural: la tradición, el redundante "es cultura", nunca puede ser un argumento para violar los derechos y libertades básicas de las personas, y tampoco la dignidad de la vida animal, si es que a algún lector todavía se le atraganta el concepto de "derechos de los animales". Pues sí, a muchas personas se les sigue atragantando el matrimonio entre personas del mismo sexo y en la actualidad nuestro país es un referente mundial a ese respecto. "Abre tu mente y descubrirás...", cantaba alguien hace unos años. No es ningún secreto que la tradición y la cultura de los pueblos ha ido en muchas ocasiones en contra de los derechos humanos. Nuestra tradición (o mejor dicho, las tradiciones de los pueblos que históricamente han habitado lo que hoy es el Estado español) es sexista, racista, homófoba e intolerante en muchos otros sentidos. Los abusos contra los derechos de los animales son solo (y por desgracia) un ejemplo más de la barbarie cometida en nombre de la tradición.

El problema radica en la dificultad de abordar este debate, como muchos otros, en la sociedad onubense. No es este un debate de izquierdas y derechas. Tampoco un debate de religiosidad y laicismo. Cualquiera que haya visitado las muchas celebraciones religiosas que tienen lugar en Andalucía (y probablemente sea así en otras muchas partes del país) sabrá que ser un fiel devoto de la Virgen del Rocío, un incansable peregrino de romería o un capillita de la Semana Santa tiene ya poco que ver con la creencia personal en una religión, en este caso la católica. Y menos aún puede entenderse como un punto de discordia entre progresistas y conservadores.

Aún así, existe una iconolurgia de las más conservadoras cuando se trata de una fiesta como El Rocío. Un hobby o una pasión completamente respetable, pero que en ocasiones se torna perniciosa idolatría hacia la tradición. Sus consecuencias nocivas se convierten así en los irremediables daños colaterales de una ley divina que no puede ser discutida. Abrir el debate significa posicionarse como intolerante iconoclasta, incapaz de comprender la riqueza de nuestra cultura. Es el todo o la nada, una rechinante colisión de absolutos irreconciliables. Y, mientras tanto, los daños colaterales siguen produciéndose con un cómodo y conformista barniz de normalidad.

Es imprescindible abrir la Caja de Pandora y diseccionar el problema. Evidentemente, es difícil: remite a la raíz de lo que somos, a nuestros símbolos más personales de identificación, a nuestra religiosidad cotidiana, que poco tiene que ver con las creencias, sino con los modos de vida.

Pregúntense sobre qué era lo normal para las personas negras en Estados Unidos hace un siglo y medio. O sobre qué rol tenían las mujeres, por lo normal, en los hogares durante la dictadura. O sobre por qué sigue siendo normal en nuestro país la mutilación de las personas intersexuales al nacer.

Díganme ahora si lo normal es que mueran cinco caballos en El Rocío, por muchos que sean, o que sean transportados en condiciones peligrosamente semejantes al maltrato. Díganme quién dice qué es normal, y si eso tiene algo que ver con sus claroscuros. Y, mientras tanto, no olviden que el maltrato animal ha sido una constante bárbara en nuestro idílico camino hacia la civilización y el progreso. Y que sigue siéndolo.