Eulàlia Lledó Cunill

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Preferentes y osadía

Publicado: 06/04/2013 10:10

Este artículo está también disponible en catalán.


Se habla bastante, y con razón, de las preferentes, de la estafa que está suponiendo para mucha gente a quien dramáticamente se le están escurriendo de las manos como si fueran agua.

Hay un aspecto en la narración de lo que ocurre con las preferentes que llama la atención y es sintomático. A menudo, los medios de comunicación presentan como víctimas a las personas que compraron preferentes: viejecitas con sus capacidades intelectuales mermadas, enfermitos de avanzada edad -a veces con patologías que los incapacitan para tomar decisiones económicas-, jubiladas y jubilados sin instrucción ni criterio; en definitiva, gente que por una razón u otra no podía saber lo que se traía entre manos. Todo esto lo aderezan con unas cajas y bancos que despiadadamente, con mala idea y sin gota de compasión abusaron a conciencia de toda esta gente vendiéndole un «producto» (lo llaman así) que sabían que estaba podrido y no podían entender de ninguna de las maneras. No tengo ninguna duda de que hay personas con estas características a las que han bien fastidiado, por decirlo de una manera suave, y estafado, tampoco tengo dudas de la perversa finalidad y siniestros objetivos de las entidades bancarias, pero respecto a las experiencias cercanas, la realidad no puede ser más distinta.

Conozco varias personas que compraron preferentes. Ninguna de ellas es anciana, simple, disminuida física o psíquica, o iletrada -incluso una es una flamante, lógica, deductiva e inductiva profesora de matemáticas-; al contrario, si algo las caracteriza es su capacidad de comprensión y reflexión, así como la de tomar decisiones racionales; en definitiva, la inteligencia (mucha de la gente afectada que se ha agrupado para recuperar su dinero que sale en los medios también muestra grandes dosis de ella). Cuando explican los hechos, indefectiblemente dicen que tenían una determinada cantidad de dinero, que fueron a la caja o al banco y hablaron con la persona que normalmente las atendía (aquí la llaman por su nombre y no por el apellido, prueba inequívoca de que les era cercana, así como la oficina y los años que llevaban haciendo tratos), y como la empleada o el empleado les aseguró que las preferentes eran una opción sin peligro y que, cuando quisieran, podrían convertirlas en dinero -como así fue, si fue necesario, antes de que estallara la crisis-, le hicieron caso. Seguro que en la letra pequeña (a veces lo es tanto que es ilegible) decía que era posible que pasara lo que ha acaecido, al igual que en la mayor parte de prospectos de cualquier medicina se explica que puede ser mucho peor el remedio que la enfermedad y, sin embargo, tú te la tomas. Por dos razones, en primer lugar porque es obligado, por pocas probabilidades que haya de ello, que avisen de las posibles penas del infierno que conlleva la pastilla en cuestión, en segundo lugar, porque tienes al menos una relativa confianza en quien te la ha recetado. Es decir, que con las preferentes lo que ha habido es una fractura, seguramente irreparable, en la confianza depositada. Esto hace, en mi opinión, que el caso sea, según cómo, aún mucho peor y coja otra envergadura.

Si vamos al otro lado de la mesa, conozco a gente que trabaja en la banca y no tenía ninguna sensación de que la cosa tuviera que terminar como parece que acabará; tan poco lo esperaba, que incluso hubo quien compró preferentes. Parece, pues, que le ofrecían alguna confianza. De todos modos, también hay alguna rara y esporádica gestora o gestor que desaconsejó comprar preferentes, que no se fiaba, que no le parecían una buena cosa. ¿Por qué este tipo de persona casi siempre es tan desconocida que parece clandestina? ¿Por qué habitualmente no hay ningún medio que se haga eco de lo que sabe y dice?

Y ahora viene la osadía. No tengo ninguna idea de economía excepto gestionar con mayor o menor fortuna mis ganancias y mis gastos; por lo tanto, lo que ahora diré puede ser un disparate de los más gordos, pero lo que ha ocurrido con las preferentes me hace pensar dos cosas. La primera: que existió gente con criterio y tino y gente sin ellos entre quien compró preferentes; que se puede encontrar gente de buena fe (la máxima posible si se tiene en cuenta que trabajan en la banca) que las recomendó y gente que las encasquetó con toda la mala intención posible (el caso de Mataró podría dar un montón de pistas); es decir, nada que no pase con otros productos bancarios. La segunda: que no hay salida, que el sistema económico está basado -como lo estaba la burbuja inmobiliaria (la volverán a hinchar en cuanto puedan), la fabricación de coches (así reviente el planeta), etc.-, en una permanente huida hacia delante piramidal y que no es que este «producto» fuera especialmente abyecto (que lo es) y por eso haya estallado, sino que lo irán haciendo todos a medida que la crisis se vaya agravando y agravando -parece no tener fondo-. Pienso en Chipre.

 
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