Eulàlia Lledó Cunill

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Punta y talón

Publicado: 02/12/2012 10:05

Este artículo está también disponible en catalán.

De vez en cuando se habla de zapatos, más concretamente de los atormentadores y vertiginosos (para quien los lleva) zapatos de puntiagudo y lacerante tacón de aguja. Hace años, leí un interesante libro de Jung Chang, Cisnes salvajes. Tres hijas de China, que, como indica su subtítulo, es la biografía de tres chinas. En primer capítulo, que justamente se titula «Lirios dorados de ocho centímetros», la autora explica la tortura a la que fue sometida su abuela y, de pronto, dice lo siguiente:

Sin embargo, su mayor atractivo eran sus pies vendados, que en chino se denominan «lirios dorados de ocho centímetros». Ello quería decir que caminaba «como un tierno sauce joven agitado por la brisa de primavera», cual solían decir los especialistas chinos en belleza femenina. Se suponía que la imagen de una mujer tambaleándose sobre sus pies vendados ejercía un efecto erótico sobre los hombres, debido en parte a que su vulnerabilidad producía un deseo de protección en el observador.

Unas líneas después --soslayo los horrores sobre el procedimiento para domesticar los pies y convertirlos en pretendidas y apestosas flores de ocho centímetros--, insiste en este enfermizo y perverso erotismo:

No sólo se consideraba erótica la imagen de las mujeres cojeando sobre sus diminutos pies sino que los hombres se excitaban jugando con los mismos, permanentemente calzados con zapatos de seda bordada.

Afortunadamente, piensa una, cuestión finiquitada. Prehistoria de la humanidad. Con la extensión de los derechos humanos, pronto la juventud no entenderá lo que le están contando al leer una descripción de este jaez. Ya ocurre, por ejemplo, si en clase se te ocurre decir la palabra corsé.

Por esto quedé horrorizada con las alarmantes concomitancias entre pasado y presente que pueden constatarse en la opinión de algunos miembros de la clase ilustrada cuando leí lo siguiente en un artículo que relataba la caída de una modelo por culpa de los tacones que lucía (o sufría):

El arquitecto Oscar Tusquets llegó a escribir en uno de sus libros más celebrados sobre diseño que los zapatos de tacón no estaban pensados para caminar y menos para correr, sino para poner calientes a los varones. Y añadía: «Es un diseño modélico, insuperable, como el apoyo del remo en las góndolas venecianas y si no aparece en los tratados de diseño es por el puritanismo bauhausiano, aunque sea absolutamente moderno, y uno de los poquísimos objetos que nunca han sido tan ellos y perfectos como en la modernidad». Luis G. Berlanga, otro erotómano confeso, llegó a escribir que el tacón alto concede una maravillosa inseguridad al paso y afirma además altura, brillo y dificultad al movimiento, «de tal modo que las caderas agradecen este inverosímil y minúsculo punto de apoyo».

Me consoló constatar que el articulista y, por tanto, el artículo estaba contra esta tipo de tortura. El destacado ya lo anunciaba puesto que decía:

Las modelos acabaron por salir descalzas tras varias caídas a causa de unos imposibles 'manolos'.

El artículo explicaba que una de las modelos, la española Carla Alonzo, tropezó perdiendo uno de los --digamos-- zapatos. Sin perder la compostura, agarró los dos zapatos y acabó el pase descalza. La cosa no acabó aquí, puesto que al final del desfile todas las top model se descalzaron al salir a saludar. El público lo premió con una ovación (el artículo no da datos sobre cuantos cineastas, arquitectos, o estetas en general había entre el respetable).

Al periodista que escribió el artículo le debe interesar esta cuestión, puesto que en otro escrito, después de hablar de las relaciones entre Clinton y Bill Clinton, entre Clinton y Obama, acaba explicando que, en sus memorias, la secretaria de estado narra que secundar a su marido durante los días del impeachment a raíz del caso Lewinsky, resistir la tensión acumulada con el corazón roto, le pasó factura y un mal día se desplomó y cayó al suelo. El artículo acaba de este modo:

Uno de los médicos de la Casa Blanca, tras examinarla, le recomendó que no volviera a llevar zapatos de tacón alto. «¿Nunca?», preguntó ella. «Exacto --respondió el doctor-- y con todos mis respetos, señora, ¿qué falta le hacen?». Aquel día descubrió que los stilettos perjudican la salud, sobre todo cuando el marido es una piedra en el zapato.

Otra escritora, Sue Grafton, expresó una opinión complementaria acerca de montarse en unos estiletes e intentar caminar. Lacónica, a su detectiva Kinsey Millhone, protagonista de muchas de sus novelas, le hace decir simplemente: «Si fuesen tan cómodos, los hombres se los pondrían».

 
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