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Un año después del terremoto, Nepal es un desastre por culpa del ser humano

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NEPAL CHILD
Tom Van Cakenberghe via Getty Images
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LONDRES - Mamita tenía 9 años cuando, hace un año, el peor terremoto del siglo arrasó Nepal. Junto a otros miles de niños, se vio obligada a vivir en la calle.

Incapaz de encontrar un sitio donde sentirse a salvo y de ir a la escuela en su pueblo arrasado por el terremoto, se fue con la familia de su hermana de 16 años (su marido y un hijo recién nacido) a Katmandú. Allí encontraron trabajo en una fábrica de ladrillos, donde su horario laboral empezaba por la noche y acababa por la mañana. Mamita es una víctima por partida doble. Para empezar, un terremoto se llevó su casa, su colegio, su familia y sus amigos. Lo único que le quedaba era la vida y se encontraba en una encrucijada de crisis y necesidad. Se convirtió en víctima de la explotación, se vio obligada a trabajar y se le negó su derecho a la educación.

En vista de las alternativas, la historia de Mamita no resulta sorprendente. Todos hemos visto imágenes de niños y niñas amontonando ladrillos en la plaza Durbar de Katmandú, donde hace tiempo se erigían altos templos. Lo que empezó como una catástrofe natural se ha convertido en un desastre por culpa del ser humano. Demasiados niños viven en las calles después de haber perdido a sus padres, y eso les convierte en unas víctimas perfectas para los traficantes. La ONU calcula que la cifra de trata de personas que salen de Nepal rumbo hacia la India o a los Estados del Golfo asciende a 10.000 o 15.000. Muchas de ellas son mujeres y niños a los que les espera una vida de prostitución forzosa o de servidumbre de deudas. Según las estimaciones recientes independientes, los desplazamientos provocados por las consecuencias del terremoto han elevado la cifra anual de tráfico de mujeres a unas 20.000 -o lo que es lo mismo, 54 mujeres y niñas al día-, y hay noticias de la venta de niñas nepalíes en Europa. Eso no quiere decir que el resto de niños que se quedan en Nepal y que no pueden ir al colegio se libren de pasar situaciones horrorosas. Muchos se han convertido en adictos a esnifar pegamento o pintura. Todas estas tragedias ocurrían antes del terremoto, pero, por su culpa, los daños causados sólo se han intensificado.

El verdadero culpable no es una persona concreta, sino el sistema de ayuda humanitaria plagado de fallos estructurales.

Después del terremoto, el panorama educativo no pinta muy bien. La catástrofe destruyó o dañó gravemente 24.000 aulas de Nepal, lo que dejó sin colegio a aproximadamente 950.000 escolares. La principal esperanza para la mayoría de esos niños son los centros de enseñanza temporales construidos con bambú y lonas. Las cifras más recientes señalan que 250.000 niños acuden a estos colegios-tiendas de campaña. Aunque queden colegios abiertos, la mayoría no son lugares seguros. Después del terremoto, los inspectores oficiales pusieron pegatinas -verdes o rojas- en los edificios dañados, incluso en los colegios. Las pegatinas rojas representan que el local no es seguro para seguir con la labor de la enseñanza. Sin embargo, se siguen impartiendo clases en los colegios marcados con pegatinas rojas. El Gobierno nepalí está haciendo todo lo posible para tomar medidas, pero con los pocos recursos y mano de obra que tiene no puede hacer frente a esta responsabilidad académica. De hecho, el verdadero culpable no es una persona concreta, sino el sistema de ayuda humanitaria plagado de fallos estructurales. Es cierto que se despejaron las carreteras y que se construyeron nuevas viviendas, pero la ayuda humanitaria destinada a la educación desapareció por completo, se evaporó. Los colegios que iban a ser reconstruidos siguen teniendo el mismo aspecto que el día después del terremoto: peligroso e inhabitable. En las zonas montañosas rurales de las afueras de Katmandú, los niños, que antes ya tenían que recorrer mucha distancia para llegar al colegio, ahora tienen que caminar mucho más para llegar a un lugar en el que recibir clases.

La tragedia de Nepal pone de manifiesto la necesidad de un cambio brutal en la ayuda humanitaria. Cuando ocurren tragedias de este tipo (como una guerra civil o un desastre natural), lo primero que hay que hacer -en términos fiscales y humanos- es proporcionar a los supervivientes las necesidades básicas para vivir: comida y refugio. En cambio, la ayuda humanitaria destinó menos de un 2% de las ayudas a la educación. Aquí sale a la luz el cisma entre la realidad y la suposición. La ayuda para el desarrollo general utiliza un enfoque a largo plazo y no se basa en las crisis. En cambio, la ayuda humanitaria se basa en la creencia de que una crisis es un periodo que dura poco tiempo: días, semanas o meses, pero no años. Siria, Sudán y muchas regiones más demuestran lo contrario. Los niños viven en las calles y debido a la crisis necesitan algo más que lo básico para sobrevivir. Tienen que ser capaces de adquirir habilidades para el futuro. También necesitan esperanza. Y la educación, la perspectiva de poder prepararse para el futuro, se la puede proporcionar.

No se ha actuado correctamente ni se ha repartido bien la ayuda, por eso tenemos que aprender de lo que pasó el año pasado en Nepal y por eso hay que crear un fondo humanitario para la educación en casos de emergencia. Después de que los índices de matriculacion en educación primaria pasaran de un 64% en 1990 hasta más de un 95% en los minutos previos al seísmo, unas pocas horas de actividad sísmica bastaron para destrozar décadas de progreso social en Nepal. Ciertas organizaciones benéficas como la Himalayan Foundation, que hacen un buen trabajo, pueden esforzarse y hacer todo lo posible, pero nunca será suficiente.

La ayuda humanitaria se basa en la creencia de que una crisis es un periodo que dura poco tiempo: días, semanas o meses, pero no años. Siria, Sudán y muchas regiones más demuestran lo contrario.

Sin duda una póliza de seguros que garantice el progreso en tiempos de estabilidad -y que garantice la continuidad en tiempos de crisis- sería una inversión que merecería la pena. Establecer un fondo humanitario para la educación en casos de emergencia llenaría ese vacío en lo que a pólizas de seguros respecta. El capital, junto con la orden de asignar fondos al mínimo indicio de una emergencia, aseguraría que la educación siguiera su curso ininterrumpidamente en tiempos de crisis.

Cuando un desastre natural sacude a un país, podemos pensar que nos sobra el tiempo para salir con "el cepillo de la ayuda humanitaria". Pero a las familias y a los niños desplazados no les sobra el tiempo. Si no se crea un fondo para la educación en casos de emergencia, muchos de los 30 millones de niños del mundo que no tienen acceso a la educación por culpa de crisis como esta pasarán su época escolar sin entrar en una clase. En cambio, si actuamos, podremos asegurar que, independientemente de si ocurre una crisis o no -e independientemente del alcance de los daños-, la educación seguirá su curso y no se verá interrumpida. Un fondo de este tipo cambiaría el rumbo del debate. Indicaría que la educación es una esperanza universal y que, sean cuales sean las circunstancias o el lugar, la comunidad internacional apoya y quiere un futuro mejor para estos niños.

Todos los desastres naturales comienzan de la misma forma: de manera natural. El problema reside en que la mayoría no acaban de la misma manera y acaban convirtiéndose en desastres por culpa del ser humano, como es el caso de Nepal. En lo relativo a financiar la educación, la ayuda humanitaria se ha ganado una pegatina roja. Nuestra única esperanza para minimizar el impacto de un desastre y para asegurar que la educación sigue su curso es la creación de un fondo para la "educación en casos de emergencia". En vez de recoger escombros o de esconderse en un callejón oscuro en alguna parte del mundo, los niños que han sufrido las consecuencias de un desastre necesitan continuar con su educación. Necesitan mirar hacia delante y seguir escalando la montaña de las oportunidades. Para las familias sirias que se aventuran y se lanzan al mar, para los desposeídos de Sudán y de la República Democrática del Congo, para los esclavizados de Bangladés y de Birmania y para las niñas nepalíes como Mamita, un fondo para la educación sería un rayo de esperanza en medio de un cielo tan oscuro como el que vemos hoy en día.

Este post fue publicado originalmente en 'The WorldPost' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.

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