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El hombre que perdió la cabeza por un robot

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Una estudiante se acercó a la profesora Turkle en el MIT y le dijo que cambiaría a su novio por un robot si éste fuera capaz de hacerle sentir acompañada

Decididamente, no iba a dejar pasar la oportunidad. Cuando hace unos meses me invitaron a visitar aquel centro de inteligencia artificial, sabía que era el momento perfecto para acercarme a Aila.

Tengo que reconocer que su tez blanca, suave y simétrica me llamó la atención desde el primer momento. Perder la cabeza por un robot puede sonar extraño pero, ¿quién tiene derecho a juzgar mis sentimientos e impulsos? Además, tenía un buen motivo para dejarme llevar por Aila: intentar descubrir si los robots pueden tener sentimientos.

Y es que científicos e ingenieros hace tiempo que trabajan en los llamados "robots sociales" o robots "emocionales", cuyos nuevos roles (tareas domésticas, de compañía, etc.) están consiguiendo que se parezcan cada vez más a nosotros, mostrando comportamientos que asociamos con la empatía y las emociones.

Esto hace que, según la profesora del MIT Sherry Turkle, seamos propensos a desarrollar sentimientos por estas máquinas, puesto son capaces de encender lo que Turkle llama nuestros "interruptores darwinianos".

Turkle explica también que, en cierta ocasión, una estudiante se le acercó para contarle que cambiaría a su novio por un robot, siempre y cuando la máquina fuera capaz de transmitirle cierta sensación de seguridad, de compañía. Turkle quedó horrorizada con el relato de su estudiante, pero sostiene que, de hecho, algún día, muchas personas preferirán una relación con una máquina social antes que con otras personas. Esto es interesante, pero también lo es la siguiente pregunta: ¿podrán los robots sentir algún día emociones parecidas a las nuestras?

En palabras de la creadora de uno de los primeros robots sociales, Cynthia Breazeal, profesora asociada en el MIT, el reto será descubrir primero cuáles son o serán los "sentimientos genuinos de los robots". Y yo añado: si es que los tienen. Al fin y al cabo, no hay que olvidar que Breazeal dirige una empresa que comercializa estos tipos de robots, y que ella tiene también, como todos nosotros, su "interruptor darwiniano".

Voy a seguir atento a los avances de expertos como Turkle y Breazeal, buscando pistas que nos ayuden a entender mejor qué tipo de emociones, sentimientos e impulsos podríamos desarrollar por las máquinas.

Como verán en el vídeo, mi visita a Bremen no despejó dudas sobre si Aila pudo haber sentido algo por mí (de hecho, es un robot construido para aprender tareas, no para sentir o socializar, así que no se lo tendré en cuenta) pero, ahora que sabemos que el amor es más un impulso que una emoción, y que lo contrario del amor podría ser la indiferencia, me acuerdo de la estudiante de Turkle: tal vez no sea necesario que la máquinas sientan algo por nosotros, a muchos les bastará con encender sus "interruptores darwinianos", que los robots no les ignoren y que les hagan sentir seguros.

Sea como fuere, voy a seguir atento a los avances de expertos como Turkle y Breazeal, buscando pistas que nos ayuden a entender mejor qué tipo de emociones, sentimientos e impulsos podríamos desarrollar por las máquinas, y éstas por el mundo que les rodea. Para ello, el científico sin fórmulas visita próximamente la mayor orquesta robótica nunca creada y se adentra, también, en una de las ferias de tecnología más grandes del mundo. Todo, con un propósito muy concreto: descifrar si las máquinas pueden emocionarse con algo que a pocos de nosotros nos deja indiferentes: la música.

Porque sigo intentando entender el mundo sin entender de fórmulas. ¿Lo queréis intentar conmigo?