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La cultura del éxito: más competitivos, menos cooperativos y empáticos

25/02/2015 07:13 CET | Actualizado 26/04/2015 11:12 CEST

"Los seres humanos estamos biológicamente preparados para cuidar y cooperar. Los maximizadores son los chimpancés". Adela Cortina

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Competencia, testosterona y chimpancés. Ilustración de Ignasi Cusí

Mi hijo quiere ganar siempre, pero no me preocupo demasiado. Lo que considero alarmante es que existan tantos adultos que pretenden lo mismo.

En una sociedad cada vez más compleja, somos testigos de cómo el modelo industrial y de consumo, el libre mercado y la competitividad a nivel global, se han impuesto en buena parte del planeta. Uno parece disponer de muchísimas oportunidades, pero también estar obligado a competir y a ganar en muchos ámbitos de la vida.

Las palabras atribuidas a Arnold Schwarzenegger, famoso culturista, actor y político, pueden ser un buen ejemplo de ello: "El fracaso no es una opción, todo el mundo tiene que triunfar".

¿Es el éxito de verdad tan importante?

Según Bronnie Ware, una enfermera que acompañó a cientos de personas en sus últimas semanas de vida, la mayoría de las personas se arrepentían de lo siguiente: no haberse atrevido a hacer lo que realmente deseaban, haber trabajado demasiado, no haber expresado más sus sentimientos, haber perdido contacto con sus amigos y... no haber buscado más la felicidad. Curiosamente, las observaciones de la señora Ware parecen coincidir bastante con los resultados del Harvard Grant Study.

Entonces, si el éxito no aparece entre las prioridades de estas personas, ¿por qué lo buscamos? ¿Y por qué hay tanta gente empeñada en hacernos creer que la competitividad y el éxito son tan importantes?

¿Estamos programados para ganar?

Según Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía, todo lo contrario: "La biología evolutiva y las neurociencias nos dicen que los seres humanos estamos biológicamente preparados para cuidar y para cooperar. Los maximizadores, los que se mueven por afán de lucro, son los chimpancés". Un estudio realizado por investigadores de las universidades de Duke y Harvard parecen dar la razón a Cortina. Según los autores del estudio "Los machos humanos suelen reaccionar ante la competencia como los bonobos, aumentando los niveles de cortisol. Sin embargo, si tienen un fuerte deseo de alcanzar o mantener un estatus de poder, los machos experimentan un incremento de la testosterona, como los chimpancés". Cabe recordar que niveles altos de testosterona en humanos promueven la competitividad, mientras que el cortisol induce comportamientos más tolerantes y cooperativos ante situaciones de estrés.

"El verdadero éxito de la competición son los amigos que haces por el camino. Las medallas se oxidan, pero los amigos de verdad no acumulan polvo". Jesse Owens

O sea, que no estamos biológicamente programados para competir continuamente, pero sí lo hacemos. ¿Por qué? Algunas de las posibles causas las podríamos encontrar en factores económicos y sociales, significativamente alejados de aquellos que definían nuestro hábitat natural, hace miles de años. El antropólogo Marvin Harris apuntaba lo siguiente: "Tras la aparición del capitalismo en la Europa occidental, la adquisición competitiva de riqueza se convirtió una vez más en el criterio fundamental para alcanzar el estatus de gran hombre."

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Las personas por encima del éxito. Jesse Owens (derecha), gran triunfador de los juegos olímpicos de Berlín de 1936, junto a Carl Ludwig "Luz" Long, atleta de la Alemania nazi. Pese a las circunstancias políticas y deportivas, ambos entablaron una buena amistad (fuente: www.berlin.de).

¿Se aprende más del fracaso que del éxito?

Supongo que muchos de ustedes habrán pensado alguna vez que tanto el éxito como el fracaso forman parte del aprendizaje y la condición humana. Pero, ¿qué nos dice la ciencia al respecto? ¿De qué aprendemos más, de los éxitos o de los fracasos? Según Mark Histed, de la Universidad de Harvard, el cerebro humano es mucho más receptivo al aprendizaje después de un éxito que tras un fracaso. Esto se debe a que ganar activa una zona cerebral relacionada con las recompensas, debido al aumento de los niveles de testosterona y dopamina.

Uno podría, por lo tanto, pensar que ganar siempre es mejor, ya que esto estimula el aprendijaze y la satisfacción. Sin embargo, un estudio de de la Universidad de Yale revela que ganar, pero también perder, activan conexiones neuronales por prácticamente todas las zonas del cerebro. En otras palabras, la ciencia parece confirmar algo que nuestro sentido común ya intuía: aprendemos potencialmente tanto de ganar como de perder.

"La sociedad actual, que vive por y para la competitividad y el consumismo, es la responsable de la mayor parte de las enfermedades cardiovasculares y cognitivas de los españoles". Valentín Fuster

Consecuencias negativas del éxito

Por supuesto, ganar es agradable, incluso saludable, como demuestran algunos estudios. Sin embargo, un exceso de éxito puede acarrear consecuencias negativas. Según el psicólogo Ian Robertson el "winner effect" (el éxito lleva al éxito), puede derivar en un círculo vicioso: al emborracharnos de éxito podemos perder la noción de la realidad y la empatía con los demás. Según Robertson, esto podría explicar el inicio de la crisis financiera: personas exitosas que tomaban decisiones que afectaban a muchos, pero sin una percepción real de los riesgos y consecuencias.

Pero la competitividad podría tener consecuencias negativas también en los individuos que no están emborrachados de éxito. Según el cardiólogo Valentín Fuster "La sociedad actual, que vive por y para la competitividad y el consumismo, es la responsable de la mayor parte de las enfermedades cardiovasculares y cognitivas de los españoles".

Redefinir el éxito

Aunque algunos biólogos definen el éxito en términos de supervivencia genética (reproducción), la mayoría de la gente entiende por éxito cosas tales como el dinero, la fama, el poder, el amor. No obstante, si definimos el éxito simplemente como la consecución de un objetivo, éste puede significar infinidad de cosas diferentes. El problema es que, en muchos casos, el éxito viene definido por otros y no por uno mismo. El escritor y motivador Wayne Dyer lo lleva al extremo: "El fracaso no existe, es simplemente la opinión que alguien tiene sobre cómo se deberían hacer ciertas cosas".

"El éxito es dar lo mejor de ti mismo. ¿Quién te puede pedir más?". John Wooden

Y es curioso ver cómo describen el éxito algunas personas que lo han vivido en primera persona. Jesse Owens, atleta estadounidense de origen afroamericano y deportista estrella de los juegos olímpicos de Berlín en 1936, dijo: "El verdadero éxito de la competición son los amigos que haces por el camino. Las medallas se oxidan, pero los amigos de verdad no acumulan polvo." La historia de Owens es de lo más interesante: durante las pruebas atléticas que tuvieron lugar un estadio olímpico plagado de simbología nazi, el americano entabló amistad con un atleta alemán, Carl Ludwig "Luz" Long. Se cuenta que "Luz" incluso dio consejos a Owens antes de su prueba de salto de longitud. Lo cierto es que Owens acabó ganando la prueba y "Luz" fue una de las primeras personas en felicitarle, como se puede apreciar en los videos.

Otro caso, el de John Wooden, considerado el mejor entrenador de la historia de la NCAA. Wooden, quien también había sido profesor de inglés, defendía que "no es justo esperar que todos los niños saquen las mejores notas". Wooden también tenía su propia definición del éxito: tratar de dar lo mejor de ti mismo. ¿Quién te puede pedir más?

Termino con una pregunta y una confesión: ¿Vamos a ser capaces de redefinir el éxito? Y ahí va la confesión: muchas veces dejo ganar a mi hijo, pero no siempre. ¿Saben qué? El otro día él me dejó ganar a mí. Hay esperanza.

Nota del autor: dedico este artículo al equipo B de baloncesto del Safa por enseñarme que no siempre es mejor estar en el equipo ganador. También a los profesores de filosofía como Jesús Sebastián Jiménez Prieto, y a todos aquellos que no pierden la esperanza y trabajan cada día para que nuestros chicos y chicas no dejen de pensar. Un millón de gracias a Ignasi Cusí por la maravillosa ilustración (buena parte de mi poder de convocatoria se la debo a él) y a Aleix Ruiz-Falqués por las correcciones y comentarios (siempre añadiendo el puntito de profundidad, criticismo y ánimo necesario). Sin todos vosotros, esto no sería lo mismo.

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