Ali Jamenei, el fanático puño de hierro que ha mandado en Irán durante 36 años
El líder supremo, dado por muerto por su mayor adversario junto a EEUU, Israel, llegó al poder sin méritos para ello, pero ha sabido aferrarse a él, a base de represión y persecución a la disidencia. Su relevo no está claro, porque su sucesión es un tabú.

Ali Jamenei sobrevivió, aunque debilitado, a la campaña militar de Estados Unidos e Israel del pasado verano. Entonces, el presidente norteamericano, Donald Trump, dijo en tono de burla que su gente sabía perfectamente dónde dar con él, pero prefería arrinconarlo, sin acabar con él. El gato jugando con el ratón. Las cosas han cambiado y en la andanada lanzada este sábado sí han tirado a matar, directamente. Y lo han logrado. Según informa la agencia Reuters, citando fuentes oficiales de Tel Aviv, el cuerpo del líder supremo iraní ha sido encontrado bajo los escombros del complejo en el que se escondía. EEUU también lo da por muerto, dice la Fox.
Imágenes satelitales mostraron daños significativos en su complejo de Teherán, uno de los primeros objetivos de la campaña de bombardeos. Aunque no es posible confirmar de forma independiente estas informaciones de los dos aliados, Israel y Donald Trump lo dan por muerto.
De un plumazo, sobreviene así el fin de una era de casi 37 años, los que el ayatolá ha estado llevando las riendas políticas y religiosas del país, el único relevo a Ruhollah Jomeiní, el primer representante de la Revolución Islámica, desde 1989. Si es cierto, claro, porque su régimen, por el momento, niega la mayor.
Supuestamente, Jamenei ha muerto a manos de quienes siempre han sido sus archienemigos, contra los que siempre ha enfatizado su animadversión: Tel Aviv y Washington. Sin embargo, sus años también han estado marcados por un equilibrio entre la rivalidad ideológica y política y el pragmatismo para no acabar en una guerra regional y hasta global. A pesar de su rigidez ideológica, que sus críticos califican más bien de fanatismo, se mostró a disposición a ceder cuando la supervivencia de la República Islámica estaba en juego.
El concepto de "flexibilidad heroica", mencionado por primera vez por Jamenei en 2013, le permitió alcanzar compromisos tácticos para avanzar en sus objetivos, reflejando la decisión de Jomeini en 1988 de aceptar un alto el fuego tras ocho años de guerra con Irak, recuerda la agencia británica. El cauteloso respaldo de Jamenei al acuerdo nuclear de 2015 entre Irán y seis potencias mundiales fue otro de esos momentos, ya que calculó que el alivio de las sanciones era necesario para estabilizar la economía y afianzar su control del poder. Trump desoyó al mundo y rompió el pacto en 2018, poco después de llegar a la Casa Blanca en su primer mandato, y de aquellos polvos, estos lodos.
Por eso, lo que hemos vivido en estas horas en Oriente Medio es algo nunca visto desde que triunfó aquella revolución, una escalada que descabeza al régimen de los ayatolás, en un intento de forzar una negociación en la que arrancar todo a Teherán (el fin de su programa nuclear, la destrucción de su arsenal de misiles) o acabar con el sistema por completo.
Que caiga Jamenei, no obstante, no quiere decir que todo se derrumbe como un castillo de naipes. La República Islámica está bien construida y sus mecanismos, engrasados. Es cierto que nunca se ha abordado a las claras el revelo de Jamenei, que ya tenía 86 años, pero hay banquillo. Ahora está por ver, si se confirma su desaparición, quién asume el cargo y con qué planes de presente y futuro.

El inesperado
Alí Hoseiní Jamenei nació en Mashhad (Irán), en 1939. Fue el segundo hijo de un líder religioso local, Javad Jamenei, de etnia azerbaiyana, y de una mujer cuyo nombre nunca ha trascendido, de etnia persa. Creció en una situación de relativa pobreza, en un entorno extremadamente religioso. Aprendió a leer directamente con el Corán, antes de asistir a un seminario teológico en Mashhad.
A los 18 años, viajó a Nayaf, en el centro de Irak, para estudiar jurisprudencia chiita, pero su padre lo reclamó de vuelta, limitando su formación. Aún así, fue alumno de los destacados ayatolás Hossein Borujerdi y Ruhollah Jomeini. Este último se convirtió en el primer líder supremo de la nueva república teocrática de Irán, tras expulsar a Mohammad Reza Pahleví, el último sha de Persia.
En las décadas de 1960 y 1970, Jamenei participó en protestas contra esa monarquía y se convirtió en un ferviente partidario de Jomeini, quien entonces vivía en el exilio. Se oponía a la "occidentalización" de Irán y a la pérdida de "valores religiosos", según se extrae de la prensa de la época. Por participar en las protestas contra el sha fue detenido en varias ocasiones por la policía secreta y el organismo de Inteligencia de entonces, la Organización de Seguridad Nacional e Información (Savak). No cedió y creó junto con otros clérigos la Asociación de Clérigos Combatientes, que se convirtió luego en el Partido de la República Islámica.
Pahlavi contaba con el respaldo de potencias occidentales como EEUU y el Reino Unido y en ese apoyo y el colonialismo pasado se explica el odio visceral de los dirigentes iraníes de hoy a Occidente, al que le suman a Israel, casa de los judíos. Tras una década de crecimiento económico en Irán, basado principalmente en los ingresos petroleros, que no se tradujo en una mejora en el nivel de vida de los iraníes comunes, una combinación de estudiantes, intelectuales y clérigos creó un apoyo conjunto para una revolución. Gente muy distinta, con el mismo objetivo, pero sobre la que se acabó imponiendo un grupo, el religioso.
Irán se convirtió entonces en la república islámica que es hoy, 46 años después. Jamenei, de inmediato, formó parte de la estructura del nuevo poder. Fue nombrado miembro del Consejo Revolucionario Islámico, creado para gestionar la revolución, y se desempeñó como viceministro de Defensa y dirigió las oraciones del viernes en Teherán, un cometido considerado de un gran prestigio.
El nuevo régimen adoptó una política exterior centrada en lo que llamaba la "arrogancia global", esto es, antioccidental y antiimperialista, que se mantiene hasta hoy. El actual líder supremo iraní comulgaba entonces con esa visión -estaba entre sus más acérrimos defensores- y lo sigue haciendo ahora.
En 1982, Jamenei fue elegido presidente con el 95% de los votos, tras la muerte del anterior presidente, Mohammad Ali Rajai, asesinado en un atentado con bomba en Teherán. Se convirtió así en el primer clérigo en comandar el país, en un momento en que la oposición armada golpeaba con fuerza. De hecho, el propio Jamenei había sido blanco de un intento de asesinato dos meses antes, con una explosión que le provocó graves heridas y parálisis en el brazo derecho, inutilizado desde entonces. La bomba estaba colocada en una grabadora, en una conferencia de prensa. En 1985 sobreviviría a otro ataque, el de una bomba suicida que detonó cerca. En ambos casos, la autoría se le atribuyó a la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán, un grupo opositor.
Fueron años de gestión dura, coincidiendo con la guerra de Irán con el vecino Irak, liderada por Saddam Hussein, que duró de 1980 a 1988. La contienda comenzó tras una invasión de tropas iraquíes en territorio iraní y se saldó con cerca de un millón de muertos en ambos países. Fue un periodo muy significativo en la carrera del dirigente, porque . participó activamente en la gestión de la defensa como presidente del Consejo Supremo de Apoyo a la Guerra. Dicho consejo se formó para asegurar que el país estuviera lo más preparado posible y para tomar medidas para movilizar fuerzas y satisfacer las necesidades de la guerra en el frente de batalla.
También comandó el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, rama de élite de las fuerzas armadas nacionales, desde 1981. Sin ella hoy nada se mueve en el país y rinde obediencia absoluta al que fue su jefe. Por eso justo, esta mañana, Trump los llamaba directamente a deponer las armas, a dar un golpe de estado interno.
Al final de la guerra, Jamenei afirmó que Irán había obtenido una "victoria luminosa" y pudo lucir un liderazgo nuevo, pese a que nunca ha sido especialmente carismático. También se destacó por su adhesión inquebrantable a Jomenei, lo que le hizo ganar puntos en la cúspide de Irán.

El camino se le allanaba para seguir mandando, pero llegó a más de lo que se esperaba: Jamenei se convirtió en líder supremo en 1989 tras la muerte de Jomeini, tras sufrir cinco infartos en sólo diez días, cuando no era él el primer candidato al puesto. Tras dos buenas legislaturas, no fue más que el segundo plato, porque, en un principio, el líder supremo había señalado al ayatolá Hosein Alí Montazeri como sucesor, pero lo descartó muy poco antes de morir por las crecientes tensiones y desacuerdos.
La llegada de Jamenei estuvo empapada de polémica, porque se puso en tela de juicio la decisión de la Asamblea de Expertos -un organismo de 88 clérigos islámicos- que terminó escogiéndolo. ¿Por qué? Porque según la Constitución de Irán, sólo los ayatolás de más experiencia (los conocidos como marayi), podían optar al puesto. Jamenei no lo era. Así que fue necesario reformar la Constitución y bajar los requisitos indispensables. Bastaba con ser un experto en jurisprudencia islámica y a eso llegaba. Fue ascendido rápido a ayatolá y, al fin, designado como líder supremo. Hecha la ley, hecha la trampa.
Control absoluto
Al llegar al cargo, prometió gobernar con el mismo estilo y la misma política exterior que su predecesor, buscando aliados para contrarrestar el poder estadounidense en la región. La línea que ha mantenido hasta ahora. Pero si hay algo que de veras ha caracterizado su gestión, odios externos aparte, ha sido su mano dura.
Tras luchar durante mucho tiempo para salir de la sombra de su mentor, fue forjando un formidable aparato de seguridad dedicado exclusivamente a él que finalmente se impuso y que reformó y mejoró ya en el mando. Más feroz, más controlador, apoyado sobre todo en la Guardia Revolucionaria y el Basij, una fuerza paramilitar compuesta por cientos de miles de voluntarios, especializados en sofocar a la disidencia.
Los deberes designados para el rahbar (el líder supremo) están enumerados en el artículo 101 de la constitución y van desde determinar la dirección política del Ejecutivo (en consulta con un comité asesor pero manteniendo la última palabra) hasta comandar las fuerzas armadas, declarar la guerra, la paz y la movilización de las fuerzas armadas, e indultar o conmutar sentencias por recomendación del jefe del poder judicial. Ya es un poder absoluto, pero que Jamenei ha ampliado, reforzando los medios de control y añadiendo un vasallaje absoluto también en los medios de comunicación o de nuevas unidades, como la policía de la moral, que tanto daño ha hecho a las mujeres.

Su poder también se debe en gran medida al imperio financiero paraestatal conocido como Setad, bajo el control directo de Jamenei. Con un valor de decenas de miles de millones de dólares, creció enormemente durante su gobierno, invirtiendo miles de millones en la Guardia Revolucionaria.
Académicos de fuera de Irán han descrito al hasta ahora líder supremo como a un ideólogo reservado y temeroso de ser traicionado, una ansiedad alimentada por un intento de asesinato en junio de 1981 con una bomba oculta en una grabadora que le paralizó el brazo derecho. El propio Jamenei sufrió severas torturas, según su biografía oficial, en 1963, cuando a los 24 años cumplió la primera de muchas condenas de prisión por actividades políticas bajo el régimen del sha.
La base con la que ha actuado con esta impunidad es el convencimiento de que es lo que legítimamente puede y debe hacer un mando religioso. Esos argumentos le sirvieron para enfrentarse al expresidente Mahmoud Ahmadinejad, ambos peleando por una mayor cuota de poder e influencia, o con el reformista Mohamed Jatami, por la relativa apertura que quería introducir. Ninguno seguía, salvo Jamenei... hasta este 28 de febrero, parece.
Irán es hoy un país que aplasta. En el último año, "las autoridades iraníes continuaron reprimiendo toda forma de disidencia pacífica y protesta política. La represión se dirigió contra defensoras de los derechos humanos, miembros de minorías étnicas y religiosas, y familiares de algunas de las personas arrestadas o asesinadas en las protestas antigubernamentales desde 2022. Además, se registró un aumento alarmante de las ejecuciones", denuncia en su informe anual Human Rights Watch.
Un informe específico elaborado por esta organización internacional ha concluido que "las autoridades iraníes están cometiendo el crimen de lesa humanidad de persecución contra los bahais en Irán", que se han ampliado "las penas para las mujeres que violan los códigos de vestimenta discriminatorios del país", que "los juicios siguen siendo injustos y persiste la impunidad por graves abusos contra los derechos humanos".
Amnistía Internacional coincide en este dibujo punto por punto, y añade que "las desapariciones forzadas, y la tortura y otros malos tratos son generalizados y sistemáticos" y se aplican por rutina "castigos crueles e inhumanos, como la flagelación y la amputación".
El país ha pasado por dos grandes protestas en tiempos recientes que han evidenciado la fractura social, la lejanía de buena parte de la ciudadanía respecto de su mandatario y su corte. Las primeras fueron en 2009, la marcha verde contra los resultados electorales, y las segundas, en 2022, tras el asesinato de la joven Mahsa Amini por llevar mal puesto el velo.
El pasado diciembre, y de formas sostenida hasta ahora, surgieron protestas inicialmente por parte de los comerciantes, a causa de la crisis económica, que se han extendido y generalizado a todas las capas de la sociedad, en busca de las libertades y los derechos perdidos. Las mayores en tres años. Ya han sido asesinados por las fuerzas de Jamenei al menos 6.200 civiles y hay 17.000 muertes más en investigación, según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos (Hrana).

El relevo
La cuestión de quién podría llegar al poder después de Jamenei se lleva planteando mucho tiempo y cobró especial color durante el levantamiento popular de hace tres años, el que tuvo por lema "Mujer, vida, libertad". Ha vuelto a surgir con las protestas actuales y ahora, a la fuerza, por el ataque norteamericano-israelí. Cualquier transición llevará un tiempo considerable, especialmente si el objetivo era una forma de Gobierno más democrática. Esa es la gran duda.
Escribe la periodista Ángela Rodicio en su libro El jardín del fin: Un viaje por el Irán de ayer y hoy (Debate, 2011): "Un líder relativamente fuerte puede conducir el país hacia el cambio gradual -para bien o para mal, dependiendo de la perspectiva de cada uno-, mientras que un líder débil podría ser explotado o dominado por los otros centros de poder, como la Guardia Revolucionaria. En este último caso, la verdadera naturaleza de la República Islámica podría cambiar drásticamente en modos potencialmente desestabilizadores. Por todo esto, las discusiones internas y las actividades que rodean la sucesión del líder supremo constituyen el aspecto más importante para EEUU y Occidente, y para los analistas, como un heraldo de la dirección que vaya a tomar la República Islámica".
De acuerdo con una fuente cercana a la oficina de Jamenei, conocedora de las discusiones de estos años sobre la sucesión y citada por Forbes, el nuevo líder será elegido por "su devoción a los preceptos revolucionarios del difunto fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruhollah Jomeini". No se filtra nada más.
En ese debate han surgido dos favoritos que, además, tienen lazos de familia con los dos hombres que hasta ahora han sido líderes supremos: Mojtaba, uno de los seis hijos de Jamenei, de 56 años -considerado durante mucho tiempo como una opción de continuidad-, y un nuevo contendiente, Hassan Jomeini, nieto del padre de la revolución islámica, que cada vez gana más enteros.
El pasado verano se especuló en la prensa de EEUU en que que, ante la ausencia del líder, escondido para protegerse de los ataques occidentales, políticos y comandantes militares estaban formando ya alianzas y compitiendo ya por el poder. "Estas facciones tienen diferentes visiones sobre cómo Irán debería avanzar con su programa nuclear, sus negociaciones con Estados Unidos y el impasse con Israel", decía, por ejemplo, el New York Times.
La facción que parece "tener la sartén por el mango" en este momento está "impulsando la moderación y la diplomacia", según señalan estos funcionarios. Entre ellos se encuentra el actual presidente del país, Masoud Pezeshkian, de corte reformista y que ha manifestado públicamente su disposición a volver a la mesa de negociaciones con EEUU incluso después del bombardeo. Entre los aliados de Pezeshkian se encuentran el presidente del poder judicial, Gholam-Hossein Mohseni-Ejei, cercano al líder supremo, y el nuevo comandante de las Fuerzas Armadas, el general Abdolrahim Mousavi.
Pero todo es ahora un agujero negro, a la espera de que se confirme su fallecimiento. De ser así, esperan horas convulsas a Irán, un terremoto tras 47 años de ayatolás. Si vendrá otro o es el fin del régimen, aún es imposible saberlo.