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Francamente indignante

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FRANCO
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Francisco Franco fue un dictador que gobernó España con puño de hierro casi cuarenta años. Cientos de miles de personas murieron durante la Guerra Civil y se calcula que no menos de 50.000 fueron asesinadas o ejecutadas durante el franquismo.

Sólo los apóstoles de los cirujanos de hierro y del ordeno y mando pueden alabar una dictadura. En 2015, los acólitos franquistas apenas dan para llenar el salón de un hotel una vez al año, y sus manifestaciones en defensa del que califican con lágrimas en los ojos de "Generalísimo" congregan a menos gente que una hipotética marcha en defensa de las cucarachas.

No son un problema. Menos aún un incordio. Pero sí hay personas con trascendencia social que, sin llegar a defender el franquismo, dejan en sus declaraciones un cierto regusto de apoyo --o cuando menos justificación-- al régimen dictatorial. No es cierto, como ha defendido el novelista Arturo Pérez-Reverte, que "hasta la gente de derechas considera que Franco fue una lacra". Es verdad que son los menos los que expresan su apoyo explícito al caudillo, pero sí existe una propensión generalizada entre esa "gente de derechas" a justificar la Guerra Civil o el franquismo amparándose en que la otra opción era peor, más sangrienta o más dañina. Es un apoyo sibilino y taimado, muy alejado de ese arrojo que atribuyen a Franco.

Sólo los seguidores más acérrimos serían capaces de calificar a Bertín Osborne de intelectual. Pero para desgracia del país, las tendencias de opinión las marcan hoy los 'famosos', no las personas más cultivadas. "Me mataron seis en Paracuellos. Si me olvido yo, se pueden olvidar los demás", dijo.

El cantante se puede olvidar de lo que le venga en gana, sólo faltaría, pero debería ser exquisitamente respetuoso con aquellos que se niegan a cubrir con el manto del olvido una parte de su pasado. Hay mucha gente que se niega a olvidar que su padre, o abuelo o bisabuelo, maldescansa desde hace decenios en una cuneta. Tan sólo aspira a recuperar sus restos y enterrarlos como deberíamos ser enterrados todos nosotros: con dignidad. Y aquí paz y después gloria.

Bertín Osborne comete un error de bulto, probablemente propiciado por su falta de inquietud intelectual por conocer algo de historia: el régimen franquista disfrutó de cuarenta largos años para recuperar a sus muertos y enterrarlos con toda la pompa que estimó oportuno. Pero hubo un bando --sí, bandos, en la Guerra Civil hubo dos-- que no gozaron de esa facilidad para honrar a sus familiares. ¿Acaso ser víctima del terrorismo tiene fecha de caducidad? Sorprende, en cualquier caso, que a Osborne le interese mucho más lo que sucede en Venezuela que lo que ocurrió en España hace ochenta años, ese país al que dice adorar.

Siendo como es preocupante que un personaje público destile tanta falta de sensibilidad, lo es más que un representante político --en sus horas bajas, cierto-- como Esperanza Aguirre vuelva a hablar del franquismo para cargar contra... ¡Zapatero y la izquierda! Es preocupante, sí, pero previsible.

En un artículo publicado en El Confidencial dice la exlideresa del PP:

"Cuando los socialistas se quedan sin propuestas y quieren llamar la atención de los ciudadanos, desempolvan el fantasma de Franco en alguna de sus formas".

¿Acaso los homenajes a las víctimas de ETA los organizan asociaciones o partidos políticos sin propuestas con el único ánimo de "llamar la atención" y "desempolvar" viejos fantasmas? Seguro que no.

"Esta vez con su pretensión (el Ayuntamiento de Madrid) de volver a cambiar nombres de calles madrileñas que a ellos les parece que tienen reminiscencias franquistas".

No es que "a ellos" les evoque el franquismo. Es que objetivamente lo evoca. ¿Acaso alguien puede creer que Millán Astray era cantante de un grupo pop?

"Este tipo de maniobras es una desdichada aportación de Zapatero a la vida política, que alcanzó su cénit en la malhadada Ley de la Memoria Histórica".

Efectivamente, la Ley de la Memoria Histórica fue un error. No por su aprobación, sino porque para honrar a los muertos de la Guerra Civil no tendría que haber sido necesario promulgar una ley. Es un error imponer lo que debería ser obvio.

"Los socialistas de hoy, bisnietos de los de la Guerra Civil, sacan el fantasma del franquismo para dividir a los madrileños y para, con esa insoportable arrogancia moral de la izquierda, repartir credenciales de demócratas".

Es injusto calificar de arrogantes morales a los que sólo aspiran a recuperar los restos de un familiar de una cuneta o de una fosa, a no pasear por calles con nombres de los protagonistas del Golpe del 18 de julio de 1936 o aquellos que aún les duele toparse en una avenida un monumento erigido a mayor gloria de un dictador. La arrogancia moral no es criticar los crímenes --insisto, no sólo durante la Guerra Civil, sino durante el franquismo-- cometidos en la España franquista o la absoluta falta de libertad sufrida durante 40 años. Esperanza Aguirre, tan liberal ella, no enmendará esta frase.

"Esta explicación de la Guerra Civil implica dos consecuencias: que la II República fue un régimen idílico, y que el franquismo fue impuesto por la fuerza a todos los españoles".

Efectivamente, la II República no fue un régimen "idílico", entre otras cosas porque desde el primer momento se pusieron palos a las ruedas de su desarrollo y culminación. Pero hay un elemento clave, imprescindible si se quiere empezar a debatir con un mínimo de rigor intelectual sobre "buenos" y "malos". Todos los Gobiernos de la II República fueron elegidos democráticamente.

Y como guinda, Esperanza Aguirre arrea un pescozón a nuestra inteligencia al cuestionar que el franquismo fuese "impuesto por fuerza a todos los españoles". De ahí a sostener, como hizo Jaime Mayor Oreja, que la dictadura fue una época de "extraordinaria placidez" sólo hay un paso.

Ese es el nivel. Muy, muy lejos del "paz piedad y perdón".