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La gran trampa de la autoestima y tres pistas para superarla

13/06/2017 07:22 CEST | Actualizado 13/06/2017 07:22 CEST

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La autoestima ha pasado a ser una de las características personales más cotizadas en nuestros días. Muchos padecimientos emocionales cursan con baja autoestima y, al contrario, muchas de las personas de éxito que conocemos aparentan tener una autoestima alta. En definitiva, parece algo que todo el mundo quiere tener.

Sin embargo, la gran trampa de la autoestima consiste en que, en nuestra sociedad, nos hemos acostumbrado a condicionar nuestra autoestima al logro de objetivos, en general a aquellos que la sociedad valora. Y con ello cometemos dos errores importantes.

  • El primero es, en sí, el hecho de que nuestra autoestima sea condicional. Es como si el logro de determinados objetivos fuera una piedra, y nuestra autoestima estuviera atada a ella. De esta manera, cuando nuestros objetivos se cumplen es como si la piedra subiera a lo más alto, y con ella nuestra autoestima. Pero cuando atravesamos una mala racha y nuestra piedra cae, la autoestima va con ella y acaba por los suelos.
  • El segundo error importante es condicionar nuestra autoestima a aquello que la sociedad valora: sea dinero, fama o una figura esbelta y atractiva. Así, en lugar de valorarnos por lograr las cosas que queremos nosotros, solo lo hacemos cuando conseguimos lo que valoran los demás. Por tanto, no solo condicionamos nuestra autoestima algo externo, sino que ese algo externo lo deciden otros. Mala cosa.

Una de las grandes tareas del desarrollo personal en nuestros días es superar esta trampa y aprender a querernos más. Aquí van algunas pistas para ello:

1) Lucha por cambiar aquello que puedes cambiar, pero haz las paces con el resto de tus imperfecciones. Si están ahí y no vas a hacer nada por cambiarlas, porque no quieres o no puedes, acéptalas y deja de pelearte con ellas. La imperfección en las personas no es un síntoma de mediocridad, es una característica inevitable que tenemos, como seres humanos que somos.

2) Las personas no son ni monedas ni valores bursátiles, ni mucho menos mercancías. No te puedes valorar como si fueras un puñado de dólares o una tonelada de trigo, que cambian de valor según el momento. Así visto, quererte más o menos dependiendo de la hora del día, de lo que diga el vecino o incluso de tus propios criterios, si son variables, resulta chocante. Y desde luego es potencialmente nocivo y poco práctico a la hora de lograr tus objetivos.

3) La manera más fácil de sentirte bien contigo mismo no es pensando en tus logros, sino alegrándote de estar en este mundo y de poder reír y llorar en soledad o en compañía de otros. Querer lo que eres es apreciar la increíble oportunidad de participar de esta vida.

Estos argumentos se resumen en uno solo: eres lo único que tienes. La única persona con la que te vas a dormir todos los días y la única con la que te levantas. Sonríete más, quiérete y aprovecha cada día. Tal vez suene muy obvio, pero piensa que la dificultad más grande que plantean los principios esenciales de la vida, como es este, no consiste en comprenderlos, sino en vivir de acuerdo con ellos.

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