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Alaridos y algarabía

01/09/2013 08:37 CEST | Actualizado 31/10/2013 10:12 CET

Lo bueno que tiene el lenguaje es que siempre sabe lo que dice. Todos los idiomas, todo el conjunto de las lenguas humanas, son los órganos semánticos de un enorme ser vivo que es la especie humana. Es el mayor invento de la humanidad, que lo ha creado gracias a sus virtudes de curiosidad, flexibilidad, inteligencia y sociabilidad, con el fin de comunicarse, entenderse y resolver los problemas de la vida. Una vez creadas todas las lenguas se nutren, crecen, relacionan y fecundan. Por eso las lenguas son como las madres y abuelas sabias, que siempre atinan con lo que dicen y hacen, aunque sus descendientes no siempre lo entiendan ni sean conscientes de sus carencias.

El español y el árabe son dos de las lenguas más importantes de todos los tiempos, pues no en vano son viejas, cultas, ubicuas y muy bien relacionadas. Entre las palabras y expresiones de origen árabe vigentes en español se encuentran las dos del título. Ambas son sonoras, bellas, y nos vienen al pelo para interpretar algunos de los acontecimientos que están sucediendo en el mundo actual, como los conflictos inciviles de Egipto y Siria.

Uno ve las noticias de esos sitios, oye a las masas informes, trata de escuchar los griteríos que surgen de las alharacas públicas, y no entiende nada, solo percibe aspavientos incomprensibles. Luego intenta leer, informarse, reflexionar sobre lo que sucede y tampoco entiende nada. Piensa en qué soluciones habrá para tanta desmesura, tanta sangre, y no encuentra ninguna, pues es obvio que si no se entienden los problemas no se encuentran las soluciones. Y es que, posiblemente, lo que sucede en esos sitios, acaso sólo pueda ayudarnos a entenderlo el uso inteligente del lenguaje, y nunca el abuso estridente de sus fonéticas.

Vayamos pues al diccionario en pos de ayuda, analicemos concretamente esas dos palabras tan eufónicas: alarido y algarabía. La primera significa grito, chillido, y denota rabia, miedo o dolor. También es el grito de guerra árabe por excelencia, y siempre está próximo al clamor de la sangre. Alaridos son los gritos que oímos, pero no entendemos, surgiendo de esas multitudes enfervorecidas y desorientadas, tan próximas al riesgo de muerte que da pavor verlas. ¿No serán conscientes del peligro que les acecha? ¿Acaso no se percatarán de que sus alaridos están concitando violencia y clamando sangre?

Luego está la algarabía, otra palabra de origen árabe que significa griterío confuso e incomprensible. Equivale a una multitud de alaridos juntos, y eso es precisamente lo que vemos y oímos, una algarabía de alaridos peligrosos, terribles, angustiosamente mortales. Los antiguos cristianos llamaban algarabía a la lengua incomprensible de los árabes, y por eso los temían y rechazaban, y se defendían de ellos o los agredían. Y ahora parece que volvemos a las andadas, no entendemos lo que sucede allí, no sabemos cómo resolverlo, y algunos, tanto moros como cristianos, tratan de solucionarlo a golpes, a tiros o a veneno.

Los alaridos y algarabías que nacen en la alharacas inciviles generan incomprensión, miedo, angustia y sangre, y mientas no los entendamos, mientras ellos mismos no los entiendan, seguirán gritando, matando y muriendo. Y es que cuando las lenguas no se usan para explicarse, para entenderse, para comunicarse y ayudarse a descifrar los problemas y resolverlos, solo generan incomprensión, incomunicación, miedo, rechazo, agresividad y violencia.

Qué pena, qué desgracia, qué dolor, qué angustia... Contemplar esas algarabías informes. Con lo eufónico que es el árabe, con lo bellas que son sus creaciones. Roguemos pues que vengan las madres de los idiomas y se junten ellas, para parlotear por lo bajo, y susurrar disculpas y perdones, y crear y crecer y fecundarse. Para que los niños puedan jugar a descubrir los secretos de los sonidos, y los jóvenes aplicarse a afinar el lenguaje de los amores, y los abuelos a recordar los tiempos de las uvas y los higos, y las abuelas a llenar las alacenas y alcancías de sabores y olores cálidos, cordiales y generosos.

Para todo eso sirven los lenguajes: para odiarse o para amarse. Para entenderse o incomunicarse. Pero sobre todo sirven para ganar la paz y la esperanza. Que así sea.

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