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Dejé mi trabajo para ser escritora de viajes y ahora no tengo ni trabajo ni dinero

26/11/2015 07:10 CET | Actualizado 25/11/2016 11:12 CET
Getty Images

Es raro que hoy en día al entrar en Facebook o Instagram no te encuentres alguna publicación del estilo de 'Dejo el trabajo para viajar por el mundo'. Normalmente acompañada con fotos de apetecibles helados italianos o chicas con los brazos extendidos ante unos paisajes preciosos. Hay más publicaciones de este estilo en la red que peces en el mar. Estas publicaciones son el equivalente a ese amigo borracho que te pone un chupito de tequila delante de las narices mientras balbucea "vive la vida". Son artículos escritos por una minoría de blogueros de viajes que han logrado tener éxito como nómadas digitales. Gracias al trabajo duro (y quizás también a un poquito de suerte) han acumulado un gran número de lectores, se van de viaje de prensa por el mundo y animan a la gente a dejar el mundo corporativo para hacer lo mismo.

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Esa es la razón por la que, a principios de 2014, cuando hablé con mi jefe para decirle que dejaba el trabajo para viajar por el mundo, confiaba en que todo fuera bien. Pronto, yo también tendría una historia de éxito a mis espaldas y fotos de lugares pintorescos y postres apetecibles. "Van a ser los mejores años de mi vida, no voy a tener que poner un pie en una oficina nunca más", recuerdo pensar para mí misma al salir de la torre gris que se había interpuesto entre mi futuro soñado y yo. Todos los artículos que leía me mantenían a flote, estaba deseando empezar mi transformación para dejar de ser la trabajadora agotada que pasaba las noches metida en la cama viendo Las chicas Gilmore y empezar a ser una aventurera.

Después de haber dicho adiós a mi trabajo bien pagado, con un billete para Tailandia en el bolso y un sombrero de paja en la cabeza, estaba segura de que la combinación de trabajo duro y viaje que te cambia la vida significaría una nueva vida de éxito y no tener que volver a casa. Siempre y cuando tuviera a alguien que me hiciera una foto para que yo pudiera subir después a Instagram, estaba lista para extender los brazos ante una puesta de sol y convertirme en la viajera salvaje y libre que estaba destinada a ser.

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Durante un tiempo, fui esa chica. Disfruté de las playas de Tailandia, escalé por el nevado Himalaya, corrí por los frondosos bosques de Alemania, monté en camello en la ciudad de Petra y comprobé la profundidad del Gran Cañón. En algunos aspectos, los clichés eran ciertos: dejar mi trabajo para dedicarme a viajar hizo que me reencontrara con mi pasión por la escritura, conocí a la chica que se convertiría en mi mejor amiga y viví momentos que recordaría felizmente el resto de mi vida. Durante muchos días, e incluso semanas, llegué a sentirme realmente feliz y libre.

Había algo que me perturbaba: ver cómo se iba esfumando el dinero de mi cuenta. La puesta de sol en Tailandia era gratis, pero el autobús que me llevó hasta allí, no. Las risas y la diversión de aquella noche en Atenas fueron gratis, pero esa habitación de hostal cutre de la parte más peligrosa de la ciudad costaba 18 euros por noche. Había semanas en las que no me atrevía a mirar cuánto me quedaba en la cuenta. Me temblaban las manos y se me encogía el estómago cada vez que tenía que mirar esas cifras en la pantalla de un cajero. Aunque mi blog era cada vez más popular, no me estaba proporcionando ni un solo céntimo (ni me lo proporciona ahora). Como si de un cuadro estratégicamente colocado para tapar un agujero en la pared se tratara, mi presencia en la red se había convertido en el anuncio de una vida que parecía un sueño, en la que, en realidad, reinaban el estrés y la ansiedad.

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Tener que llamar a tus padres para pedir dinero es un golpe bajo para cualquier persona de 25 años. Tener que llamar a tus padres para que te paguen el tren del aeropuerto a casa de unos amigos cuando te quedan un total de 3 céntimos en la cuenta bancaria está al mismo nivel que esa vez en Kenia en la que la comida te sentó mal y tuviste que compartir el baño con una docena de cucarachas.

No me malinterpretéis. No me arrepiento de ningún segundo que pasé viajando (excepto de haberme comido ese pollo que me llevó a pasarme la noche en el váter con las cucarachas), pero sí me arrepiento de no haber sido realista el día en el que vi en el cajero que prácticamente no me quedaba dinero en la cuenta. La realidad es que a veces los visados para trabajar en vacaciones son imposibles de conseguir, el número de seguidores del blog se estanca, te roban el ordenador y el trabajo de tus sueños no se hace realidad ni aunque pongas todo tu empeño en ello.

De una idealista a otros idealistas: la próxima vez que leáis una de esas publicaciones, recordad que no a todo el mundo le sale bien. La mayoría de nosotros volveremos a casa, encenderemos el ordenador y empezaremos a mandar currículums otra vez. Y no hay nada malo en eso.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero

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