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Yo quiero ser como Miguel

Publicado: Actualizado:
CUADRA SALCEDO
EFE
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Cuando era niño yo también quería ser como él. Miguel de la Quadra Salcedo, maestro y mi referente en la aventura. Los hombres geniales no paran de inventar: reportero de guerra, deportista de élite, explorador, creador de la Ruta Quetzal y mil y una bendita locura más. Yo, lo tenía claro, me quería parecer al hombre que había hecho todo lo que se había propuesto en la vida.

La primera vez que lo intenté fue cuando todavía llevaba uniforme en el colegio. Me postulé para participar en la Ruta Quetzal. Esta expedición que De la Quadra creó en 1.979 (empezó con otra denominación) era el sueño de cualquier joven. La oportunidad, durante 40 días y 40 noches, de sentirse explorador de lejanas tierras, de compartir con 200 chicos y chicas de hasta 55 nacionalidades diferentes, de hacer el primer viaje iniciático en nuestra corta vida.

No pudo ser. Pero el destino me tenía preparado una sorpresa. Me pude presentar para ir a la Ruta Quetzal como monitor y, en esta ocasión, sí lo conseguí. Recuerdo el día que me dieron la noticia como uno de los más felices de mi vida. Sabía que algo muy bueno estaba por venir.

La primera vez que vi a Miguel fue en la Facultad de INEF de la Universidad Complutense de Madrid. Había leído mucho sobre él y, entre otras cuestiones, le pregunté si me podía enseñar la técnica del famoso lanzamiento de jabalina que le valió la plusmarca mundial. Con la naturalidad que le caracterizaba fue a por una escoba y en un aula en donde estábamos el grupo de monitores lanzó el palo sin dudarlo según su particular estilo. Desde el primer momento la energía que derrochaba por transmitir conocimiento, por vivir, era un imán para todos. El ídolo se convertía en maestro. Esa sensación que viví por dentro fue indescriptible. El periodista al que admiraba, el aventurero a que quería emular, estaba junto a mí.

Durante un mes y medio en Panamá, destino de nuestra expedición, sufrimos, penamos, no dormimos, disfrutamos, lloramos, reímos... Días en los que caminamos más de 12 horas por llegar a un poblado indígena en la selva, jornadas enteras con diarreas, ríos que había que vadear con la mochila en alto porque el agua llegaba al cuello, serpientes que aparecían junto a las tiendas al alba... Vivimos la vida con la misma intensidad que Miguel. Cualquier detalle era suficiente para hacernos felices. Pero nunca fuimos realmente conscientes del valor de la experiencia. Eso llegó después. Con el paso del tiempo pudimos conceder a Miguel de la Quadra Salcedo su verdadero mérito. Enseñarnos que lo que realmente importa en el camino son las personas, los momentos y la felicidad.

Casi 10.000 jóvenes de medio planeta miran hoy el mundo con otros ojos gracias a él. Miguel supo siempre arengar contra el exceso de bienestar (decía que sufría cuando dormía y que el ocio estaba sobrevalorado). También invitaba a salir de la zona de confort para conocer el mundo real en el que, por ejemplo, el 80% de la población no tiene acceso a agua potable mientras que el agua corre en nuestras casas sin apreciarla. Siempre decía que los peores inventos del ser humano fueron los relojes y las fronteras. Y valoraba, como todas las personas inteligentes, las pequeñas cosas: el olor a petricor, la contemplación de las setas en el campo, la charla con cualquier persona de una aldea remota...

En su legado, que es largo, hermoso y muy prolífico, nos ha dejado un mundo soñado de valores basados en el esfuerzo y el respeto a las culturas que tiene a muchos adalides repartidos por todos los continentes en forma de expedicionarios. El motor del cambio tiene un verbo que da sentido a todo, viajar. Muchos, la mayoría, lo supieron agradecer y no hay duda de que seguirán sus pasos. Otros, miopes, nunca reconocieron de forma universal (tal vez con un Premio Príncipe de Asturias) a este referente irrepetible.

Sin quererlo en todos estos años se ha convertido en el mentor de la aventura de muchos Telémacos. Padre, guía, instructor, consejero,... Un hombre que ha conseguido algo excepcional, tener una familia de miles de hijos e hijas, la familia rutera. Los que tenemos el enorme orgullo de pertenecer a ella, esta mañana nos hemos despertado tristes. Todos, sin excepción, hoy hemos amanecido huérfanos. Hoy no ha sido el día que estábamos esperando.