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Lecciones de Filadelfia

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He tenido la inmensa suerte de volver a asistir a la convención del Partido Demócrata por tercera vez consecutiva tras las de Denver (2008) y Charlotte (2012), las convenciones que impulsaron a Barak Obama a la Casa Blanca. No tengo ninguna duda de que en Denver se hizo historia.

Sobre Filadelfia, y antes sobre la convención republicana de Cleveland, se ha escrito mucho y por todo el mundo, en un momento en los Estados Unidos en el que la división y el enfrentamiento, tanto dentro como entre los diferentes partidos políticos, recuerda mucho a la situación que vivimos en Europa, una situación de crisis de gobernanza democrática y de auge del populismo.

Dos realidades que comparten muchos elementos comunes, desconfianza hacia los partidos políticos tradicionales tras la mala gestión de la crisis económica, miedo al futuro y añoranza de un pasado idealizado, rabia como reacción generalizada y apoyo a opciones populistas emergentes, sin atender a las consecuencias que ello puede generar. Pero cada cual, Europa y los Estados Unidos, lo afronta desde su marco institucional. Las diferencias que existen entre el sistema político estadounidense y el de las principales democracias europeas, incluso respecto a las presidencialistas, son muchas y evidentes. Una de las más importantes es el funcionamiento de los partidos políticos.

Tras las dos convenciones de Cleveland y Filadelfia comienza una larga campaña electoral tras la que los votantes de los Estados Unidos deberán elegir entre Hillary Clinton y Donald Trump, nada más. Esa es la cuestión, uno de los dos se sentará en la Casa Blanca, nadie más. Para ello llevan ya muchos meses, 16 al menos, trabajando y disputando elecciones primarias por todo su país, y antes incluso años preparando el gran salto. En esta ocasión, el sistema de primarias ha permitido que dos perfiles tan particulares como el de Donald Trump, miembro del Partido Republicano desde 2009, aunque antes se declarase demócrata y antes también estuviera a punto de presentarse a las presidenciales por el Reform Party (en 1999), y el senador Bernie Sanders, de larga trayectoria como independiente, hayan protagonizado respectivamente ambos procesos en los dos partidos (además de Hillary Clinton, obviamente). Sin duda, este es un rasgo difícil de imaginar en Europa o en España, en donde las elecciones primarias no están generalizadas, y cuando se celebran, casi siempre se limitan a los militantes -los partidos y sus aparatos organizativos u organización controlan quién milita y quién vota dosificando la savia nueva-, y normalmente son utilizadas por las direcciones de los partidos para legitimar desde arriba a abajo sus decisiones. Como argumento en contra se puede decir que la convención demócrata comenzó con la dimisión de la presidenta del Democratic National Committee (DNC), Debbie Wasserman Schultz, por el escándalo de los correos electrónicos filtrados y el supuesto favoritismo de la maquinaria demócrata por Hillary Clinton. Con todo, no se debe olvidar que Bernje Sanders es un independiente y que ha estado cerca de obtener la nominación, algo impensable a este lado del Atlántico.

Probablemente en Europa nunca se habría producido un ascenso tan rápido como el de Barak Obama, viniendo apenas de la nada, sin apoyo alguno en el establishment.

En comparación con los partidos políticos europeos, los partidos norteamericanos carecen de la pesada estructura permanente característica del viejo continente, de modo que la entrada y salida de la política es mucho más sencilla, y también la independencia e incluso supervivencia y longevidad de muchos políticos cuando existen razones para ello. La flexibilidad es evidente, el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg, exrepublicano, intervino en la convención demócrata, mientras que los principales referentes históricos del Partido Republicano, como la familia Bush al completo o el senador John McCain -que se presenta a la reelección como senador federal también en noviembre a sus casi 80 años, sin que le jubile el aparato- plantaron a Trump en Cleveland.

El sistema de primarias permite resolver uno de los principales problemas que debilitan las instituciones democráticas en Europa. Los elegidos mediante primarias a la americana consiguen aunar liderazgo social y político, los dos ingredientes fundamentales para aspirar a ganar elecciones y guiar políticamente una sociedad. En Europa, los líderes de los partidos no son -ni con frecuencia parecen interesados en serlo- líderes sociales, y así nos va. Es más, el liderazgo orgánico exige, tal y como funcionan los partidos europeos, renunciar al liderazgo social. El liderazgo interno construido desde la endogamia no lleva nunca al liderazgo social.

Con todo, el sistema de primarias y convenciones de los Estados Unidos es difícilmente exportable, ni tan siquiera ha sido siempre así, sino que ha ido evolucionando, adquiriendo sus principales rasgos a partir de la segunda mitad del siglo pasado. Una evolución que, ante la crisis de gobernanza democrática europea, de crisis del modelo de representatividad democrática, puede haberse producido antes en los Estados Unidos que en Europa. Veremos cómo cambia Europa en las próximas décadas y hacia qué modelo tienden sus envejecidos partidos políticos.

La política anti-establishment -la clase o élite política, "casta" para algunos- gana adeptos por todas partes, también en los Estados Unidos. Sin embargo, probablemente en Europa nunca se habría producido un ascenso tan rápido como el de Barak Obama, viniendo apenas de la nada, sin apoyo alguno en el establishment. La derecha norteamericana que concurre con el populista Donald Trump está empeñada en vender la imagen de Hillary Clinton como puro establishment. Sin duda, Hillary Clinton lleva toda la vida en política o cerca de ella, pero no se debe olvidar que los Clinton también surgieron desde abajo tras décadas de esfuerzo, Bill incluso de las capas más humildes de la sociedad norteamericana.

En Europa, uno de los principales problemas de los partidos políticos es el de la endogamia, la cooptación vertical desde las cúpulas que antes fueron cooptadas por las direcciones previas en un proceso que nuca se interrumpe. La profesionalización de la política y la generalización del ascenso, incluso desde edades tempranas como la adolescencia en los movimientos juveniles, ha provocado que en el momento histórico de mayor apertura de nuestras sociedades la clase política actual sea más cerrada que nunca. En España más cerrada incluso que la anterior en clave generacional: los políticos españoles más veteranos comparten recorridos vitales más abiertos y ricos que los de los más jóvenes que los están reemplazando paulatinamente. Este hecho es sin duda una de las principales fuentes de deslegitimación de los partidos políticos y causa importante -aunque no única- de la crisis de gobernanza democrática que padecemos. Pero ello no quiere decir que el sistema americano no presente debilidades, la financiación de las campañas, por ejemplo, constituye una inmensa barrera de entrada para muchos -no para los millonarios como Donald Trump-, poniendo en cuestión la igualdad de oportunidades de los candidatos.

Así, aunque el comienzo de la convención fue bastante desafortunado debido a la dimisión de la presidenta de DNC, Hillary Clinton ha logrado los dos principales objetivos que se planteaba. El primero, mantener y hacer suyo el empuje de la gran coalición de intereses progresistas que aupó a a Barak Obama en 2008 y 2012, y que en 2016 había impregnado de ilusión y entusiasmo la campaña de Bernie Sanders más que la suya propia. El Partido Demócrata sabe perfectamente que necesita mantener la unidad de esa parte del electorado, la más claramente posicionada a la izquierda y de base trabajadora, y aprovechar su entusiasmo y capacidad de movilización. Para ello el apoyo explícito de Bernie Sanders desde el primer día a pesar del incidente de los correos electrónicos y la inclusión de buena parte de sus propuestas en el programa electoral de Hillary Clinton - en su "plataforma"- han sido fundamentales. En segundo lugar, en Filadelfia se ha construido un contundente mensaje destinado al voto moderado y de centro potencialmente desilusionado, o incluso asustado, por Donald Trump, a los "demócrata-republicanos" como también se los conoce, esenciales para ganar. Para ello, Hillary Clinton ha elegido como candidato a la vicepresidencia al moderado Tim Kaine, un gran amigo de España al que conozco hace ya varios años, de carácter dialogante y conciliador y que transmite eficacia y moderación, además de atesorar una gran y exitosa experiencia como gestor. Un perfil que, por su trayectoria personal y perfecto conocimiento del español, además puede garantizar un porcentaje de apoyo muy alto de la pujante comunidad latina.

Los demócratas han vuelto a demostrar que tienen un proyecto de país, que aspiran a seguir construyendo un modelo de sociedad progresista y basado en los valores norteamericanos coherente con el trabajo realizado desde 2008 por Barak Obama.

Los republicanos de Donald Trump salen de Cleveland muy alejados del centro, con un mensaje de rabia y sin esperanza en el futuro, defensivo y cargado de propuestas negativas alejadas de los principios básicos que han marcado la hoja de ruta republicana en las últimas décadas -individualismo antes que políticas sociales, tolerancia, institucionalidad desde el control del tamaño del Estado, desregulación, compromiso con las libertades básicas, papel proactivo en la escena global y rigor en la defensa del "rule of law"-. Salen con un candidato muy conocido, toda una celebridad mediática que no por ello ofrece garantía alguna en los tiempos de la obsesión por el conocimiento en las redes sociales o en los medios tradicionales -la irresponsable y disparatada dimensión "rusa" del asunto de los correos electrónicos parece demostrarlo-. Así las cosas, el ataque directo a Hillary Clinton se ha convertido en su principal argumento, aunque es evidente que lo que Donald Trump pueda hacer y decir durante la campaña es totalmente imprevisible

Por contra, los demócratas han vuelto a demostrar que tienen un proyecto de país, que aspiran a seguir construyendo un modelo de sociedad progresista y basado en los valores norteamericanos coherente con el trabajo realizado desde 2008 por Barak Obama. La inclusión en el programa de medidas claramente progresistas propuestas por Bernie Sanders, como la elevación del salario mínimo para rescatar al nuevo ejército de trabajadores pobres -working poor-, la financiación pública de las tasas universitarias, mayores exigencias ante los acuerdos comerciales como el TTP, la reducción del poder de los súper delegados en las convenciones para reforzar su carácter democrático, la legalización de la marihuana o la defensa del matrimonio gay a nivel federal. Ello ha permitido que Bernie Sanders afirmara que su revolución continúa. No se debe olvidar que en el año 2000 bastó el 3% de apoyo que obtuvo Ralph Nader con su plataforma ecologista para que Al Gore perdiera la presidencia contra George W. Bush (Bush obtuvo menos votos en el total nacional, Bush ganó Florida por 550 votos y Nader obtuvo allí 90.000).

La unidad de los progresistas es fundamental. Esa unidad exige aunar liderazgo social con un proyecto claro en torno a un programa político nítido y la solvencia de un equipo. El reto del Partido Demócrata es vencer al populismo de derechas cargado de odio que puede hacer que el legado de Obama descarrile. Hace falta mucho más tiempo de políticas progresistas para que las familias trabajadoras mejoren de manera significativa y superen los estragos de la crisis de 2008, una crisis que la Administración Obama ha logrado gestionar mejor que nadie a escala global (y no digamos mejor que Europa).

El brillante discurso de Michelle Obama, el difícil papel y la medidísima intervención de Bill Clinton -ex presidente, marido...- y buena parte de la convención se consagraron a defender y blindar a Hillary, la candidata. Hilary, la vieja luchadora, Hillary, la defensora de los derechos de las mujeres, de los niños. La mujer que luchó sin éxito por la sanidad universal, pero que 15 años después Barak Obama sí logró, la mujer que vivió 20 años en Arkansas inmersa en su trabajo de abogada de las causas sociales, una mujer con un trayectoria encomiable eclipsada por la posterior y sofisticada y a veces distante imagen de senadora de Nueva York o secretaria de Estado, pero que sigue ahí. Una mujer que perdió las primarias en 2008 y que siguió luchando, una "change maker" -en palabras de su marido-, una mujer que no tiene nada que ver con la caricatura que los republicanos hacen de ella. El tercer día, el presidente Barak Obama ensalzó su figura, tenacidad y carácter, su capacidad y preparación, "queda mucho por hacer", dijo. A partir de hoy, la campaña que se adivina dura y probablemente sucia va a tener mucho de Hillary Clinton contra ella misma. Un proyecto que debe continuar, un partido político, un equipo, una familia incluso, contra el estereotipo fabricado para derrotarla.

La solidez del proyecto político de Hillary Clinton es fundamental para evitar el riesgo que supondría armar una campaña exclusivamente contra Donald Trump como principal argumento. Aunque no sea el principal argumento, ideas no van a faltar. Elizabeth Warren, por ejemplo, responsabilizó al magnate inmobiliario y de los casinos de propiciar la especulación y el desorden financiero que alimentaron el crash de 2008 responsable de casi todos los males actuales. Michael Bloomberg fue durísimo con él y con su trayectoria como empresario.

Un proyecto que es también el de un modelo de sociedad, el de la sociedad que se desea y a la que se aspira, algo que por desgracia se olvida con frecuencia en Europa en el debate político. En mi opinión el potentísimo discurso de Michelle Obama abrió el camino para volver a soñar como se hizo en 2008 con su marido Barak. Ella fue capaz de describir los elementos básicos del modelo de sociedad que en los Estados Unidos sigue en construcción, la ruta siempre difícil de progreso para seguir alcanzando sueños generación tras generación, con esfuerzo y sin retrocesos. El irrenunciable ideal de justicia e igualdad de oportunidades que simboliza como nadie una descendiente de esclavos inquilina de una Casa Blanca construida no hace tanto por esclavos. Michelle Obama acertó al destacar el significado simbólico y el papel que la presidencia representa como modelo y referente de todos, y no sólo en liderazgo sino también en dignidad, algo inimaginable en alguien como Donald Trump. Al escucharla, fue imposible no pensar en lo que representa Barak Obama, en su histórica honorabilidad.

El alcalde de Nueva York Bill de Blasio fue más directo: el liderazgo razonable y progresista de Hillary Clinton es necesario, dijo, y no el liderazgo repulsivo de Donald Trump. Bill De Blasio, Michael Bloomberg, Joe Biden y el propio Barak Obama insistieron mucho en la solvencia económica del proyecto demócrata frente a la palabrería y los eslóganes republicanos. Un proyecto para seguir creciendo -la economía estadounidenses lleva 28 trimestres consecutivos de crecimiento- y poder crear cada vez más empleo de calidad, mientras que los republicanos no parecen dispuestos a salir del discurso económico negativo.

Hillary Clinton está obligada a convencer y a emocionar. La convención ha logrado la unidad de los progresistas norteamericanos, incorporando a Bernie Sanders al proyecto. Bernie Sanders probablemente tendrá una influencia importante en el futuro del Partido Demócrata, pero antes hay que ganar las elecciones. Sin unidad en las filas progresistas, es imposible derrotar a la derecha. En uno de tantos debates a los que he asistido estos días, Robby Mook, el jefe de campaña de Hillary Clinton, nos aseguró que ella ganará con su discurso positivo, aglutinará al país en torno a su proyecto frente a la negatividad de la alternativa, y garantizará que la economía sirva a la mayoría, a los trabajadores y no sólo a una élite, consiguiendo que la situación mejore para todos. Ojalá.

El Partido Demócrata es una organización que supera la dimensión y alcance de de los viejos partidos europeos, una plataforma progresista real, una inmensa coalición de ciudadanos que se ha modernizado y transformado profundamente durante los años de Barak Obama. No puedo sino desearle una vez más mucha suerte, y hacerlo desde la esperanza por lo importante que es para todos que los demócratas continúen y mejoren el trabajo de Barak Obama. También lo digo con cierta sana envidia.

En Europa y en España se critica el bipartidismo norteamericano ignorando el inmenso esfuerzo que los progresistas realizan para aunar en una plataforma única todo su afán para derrotar a la derecha. Una crítica, la del bipartidismo, que hasta ahora sólo ha servido para fragmentar el espectro político con mucha mezquindad y desde el enfrentamiento, y dificultar aún más la búsqueda de soluciones para los preocupantes problemas que nos acechan. Si los partidos políticos pierden su capacidad de pactar y ofrecer respuestas quizás haya llegado el momento de intentar otras fórmulas, al estilo de las grandes plataformas políticas como el Partido Demócrata capaces de integrar tantísimos intereses y voluntades en torno a un único proyecto ganador, progresista y transformador.